Ahí lo dejo

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Como Pedro Sánchez es un producto del marketing político -y el primer presidente de la democracia española diseñado en un laboratorio-, cualquiera de las virtudes que se le atribuyen merece cuando menos la contención en una cuarentena prolongada. Esto le facilita mucho dos bendiciones que cualquier otro primer ministro soñaría solo con rozar: uno, la inmunidad a la crítica. Por su rostro resbala toda aspecto ético, cualquier atisbo de vergüenza, y no repara en significarse constantemente como un sociópata de la peor clase -la autoconsciente-. La segunda bendición inestimable es la vacuidad: no necesita grandes pretextos, no da explicaciones y se autojustifica con interminables comparecencias -las primeras de las cuales, durante la crisis del coronavirus, estaban lamentablemente manipuladas- que según la neolengua occidental se hace pasar por transparencia independientemente del contenido de sus digresiones marca de la casa.

Al comienzo de la crisis, el ministro del Interior, Grande-Marlaska, arrojó una piedra a la oposición cuando esta todavía no había dicho esta boca es mía. Pedro Sánchez, que es un sátrapa impúdico, ha ido siempre un paso más allá aprovechando de hecho su condición innegable de presidente del gobierno. Todo lo explica su lenguaje no verbal, ya largamente explicado otras veces. La forma más rápida que tiene de negar a la oposición su condición, de deshumanizarla y deslegitimarla para el debate político, es evitando el contacto visual en sus turnos de palabra en el Congreso. Todavía ahí es frágil. Cuando levanta la mirada, pierde los estribos enseguida: se muerde el labio, abre los brazos, enarca las cejas, arruga la frente, cabecea. Todas las líneas de expresión aparecen al unísono cuando el interlocutor encuentra una razón. Y en ese sentido, quizá solo en ese, Pedro Sánchez es un libro abierto. No soporta la oposición. No aguanta el mero ejercicio de diálogo (rara vez contesta lo que le preguntan, es un absoluto experto en rodear respuestas directas) y, como un narcisista de catálogo, no pierde la ocasión de cerrar los turnos de réplica-.

Alguna vez, inflando el pecho, ha recordado que está ahí porque los españoles han querido, aunque no sé a cuántos votantes del PSOE le cuadraban el 10N los números del pactismo – y de los apoyos de los nacionalismos regionales-, siendo esa salida hacia la democracia representativa (más bien hacia el sistema D’Hondt, centro de las iras de los partidos aspirantes en anteriores legislaturas). Pero por encima de todo lo expuesto, sobresale su nulidad expositiva. Quizá la prueba más transparente haya sido su último ataque al gobierno de la Comunidad de Madrid -objetivo priotario y óptimo- para lo que se ha valido únicamente de lo publicado en medios sobre las órdenes que se dio a las residencias para no derivar enfermos de coronavirus a los hospitales públicos. Ni que decir tiene que Madrid no ha sido la única comunidad en ponderar unos pacientes sobre otros, pero según la forma en que se ha expresado el presidente de España al respecto («ahí lo dejo»), no parece que la denuncia vaya tanto por lo humano como por lo ideológico -lo cual directamente invalida su exabrupto-. Al fin y al cabo, los documentos son, otra vez, trazos de traición filtrados convenientemente (como aquel documento fantasma publicado por El País durante una rueda de prensa de Díaz Ayuso y que por cierto, no demostraba nada).

Cuando Pedro Sánchez pide patriotismo y altura de miras casi se pueden oír las risas enlatadas subiéndole por la laringe. Y no se puede saber si se refiere a sus oponentes o a sus socios, principales responsables de la inflamación dialéctica llevando a primera plana la provocación, el insulto y la hipérbole pueril -escasamente medida pero teledirigida a los medios, también los sociales, con exacerbada teatralidad-. Es curioso, porque objetivamente esta oposición a la oposición (brutalmente efectiva en el encubrimiento de los innumerables errores propios) es asumida felizmente por una parte no desdeñable del electorado, que incorpora los miramientos de su ilusión totalitaria. Esto lleva a pensar que la izquierda no ha temido un solo segundo por el cetro de la propaganda durante la crisis del coronavirus; y que si la derecha pretende rebatirlo, ganará más por el estoicismo -en ningún caso sumisión- que por la confrontación directa, donde la posición de poder de los unos -y el último turno de réplica- siempre facilitará la labor al editor de informativos. Lo tétrico es que nadie en el PSOE parece dispuesto a honrar la memoria de Rubalcaba, quien en vísperas de las elecciones de 2004 dijo aquello de «España merece un Gobierno que no les mienta, que siempre les diga la verdad». No parece tampoco que marginar verdad alguna vaya a poner en jaque al gobierno de los uno o dos casos, el sinsentido de usar mascarillas o los fallecidos despreciados que ya no se cuentan.

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