El terror en tiempos de Netflix

apostle netflix 2018

Robert Eggers invocó en 2015 una pesada maldición sobre los directores de cine de folk horror: desde el momento en que estrenó The Witch, todas las películas ambientadas entre cimas, bosques y barro serían medidas primeramente a partir de ella. Apostle (El Apóstol), proyectada en Sitges 2018 y estrenada este mes en Netflix -que echó el lazo a la producción poco después de anunciar Gareth Evans (The Raid) qué tenía entre manos- resiste bien esta exigente comparación, sobre todo en una época en que Netflix parece haber movido ficha hacia un género que mueve millones y ya pasa por ser uno de los más rentables del mercado, subtítulo impensable hace años. The Witch envejecerá como una opera prima inolvidable: crujió en Sundance y su irregular paso por taquilla (hizo apenas 15 millones fuera de Estados Unidos) la convierten en casi una miniatura de coleccionista. Anya Taylor-Joy (Split, Marrowbone, Glass…) está algo más que correcta y la pertinente atmósfera rural, fría y neblinosa de la composición técnica de la película es poco menos que inalcanzable. Por eso trabajos posteriores localizados en bosques -para nada un original del género- no han respetado las expectativas: y por eso Apostle emerge como alternativa, aunque entre el público de Sitges cundiera la división. Este envite de Netflix al mundo hace propósito de enmienda tras el unánime pinchazo de The Ritual (cuyo papel protagonista de Rafe Spall fue reconocido en la anterior edición del festival) y a la vez que otros dos estrenos cuyas proyecciones en exclusiva en Sitges también alinearon a los devoradores del festival: The Haunting of Hill House (basada en la obra de Shirley Jackson) y el prometedor universo teen, oscuro y feminista, de la nueva Sabrina interpretada por Kiernan Shipka.

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Gareth Evans amortigua en Apostle la brujería de Robert Eggers con una trama in crescendo que pone en jaque la vía religiosa, donde reposa parte del mal contemporáneo imaginado. Un puñado de fanáticos rinden pleitesía a una deidad maltratada franqueada por su particular verdugo, cuyo designio reposa en una de las dos caras de la autoridad humana que ejercita en la isla. El choque con la pretensión moralizadora es inevitable y derrocha escenarios de terror ambiental conseguido y efectista, con apenas dos escenas de apartar la mirada, con crujidos y horror más primario. La parte de la crítica que no ha sucumbido relata precisamente que la película distrae de su lisérgico (es más una exposición de época, de siglo pasado) argumento a través de los efectos sonoros y la muy lograda con la siempre agradecida cuerda frotada -sello que la factoría James Wan ha elevado a arte- y por supuesto el waterphone en situaciones de estrés. Nada censurable, en todo caso, si se atiende a las particulares y distintas normas del terror, que primero es subjetivo y segundo no escarba entre sus fundamentos el convencer a nadie. Mucho menos esgrimir goce sensorial alguno. En Apostle, en cambio, hay para los anegados y los súbditos: casi se puede respirar el olor de la tierra húmeda y el relato, aun imperfecto, carga suficientes escapes como para llevarse a quienes chillan que ellos necesitan narrativa. Puede ser esta la primera gran entrada de terror de Netflix (a esta hora: 81% de críticas positivas en Rotten Tomatoes, 61/100 en Metacritic y 5,9 en Filmaffinity) en un mundo en el que los miedos ancestrales son relativamente contemporáneos y los terrores más subversivos parten como nunca de lo frívolo de la cotidianidad. Aquí la religión ejerce otra vez de percutor pero la línea principal es solamente el poder, su ambición y el desamparo de todo lo dispuesto a sacrificar por él: algo no tan lejano como para permitirse la falta de atención.

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