Por un 2019 sin influencers

into the dark new year new you

Como personalísimo deseo de 2019, Blumhouse desarrolló un capítulo arrollador de su antología estacional, Into the Dark, en el que moldea el opio del pueblo con seductora sintonía: New Year, New You. Su directora, Sophia Takal, sabe de esto: ya en Always shine (2016) enseñó por donde trasiega su percepción de este mundo hipnótico que nos indigna: el oscurantismo del reconocimiento efímero, la necesidad, el crujiente bazar de influencias de impo(s)tación, la verdadera y calamitosa cara del hombre. De la mujer, tanto en la anterior obra como en esta, porque el juego de psicosis siempre rinden a otro nivel con protagonistas femeninas. Sobre todo si se trata de pedir cuentas al narcisismo. Carly Chaikin (Mr. Robot) es Danielle, una youtuber en auge a punto de dar el salto a la televisión. La atmósfera: un cambio de año  en casa, una fiesta de pijama crecidita, con tres excompañeras de apreciación distinta que representan, parece, las diferentes capas de aceptación de la fama ajena: una que la envidia y responsabiliza de su caos, otra que sólo la repele y puede vivir sin odiar y una tercera, prototípica (pasada de peso, divertida a la fuerza aunque desgraciada, necesitada de un rol diferente) que podría perfectamente representar el porcentaje de usuarios que se dejan aconsejar por influencers según los estudios de mercado, dispuesta a comprarle incluso lo que no puede tocar. La felicidad, parece. Una mercancía idónea para trabar el conflicto y desvelar la voluntad. New Year, New You no es siquiera el mejor capítulo de Into the Dark, pero sirve de excusa para volver a plantearse este coqueto subgénero casi sociológico que parece querer sublimar Black Mirror y que en el cine de terror va dejando recurrentes aproximaciones, con sus necesarias interpretaciones, como las recentísimas Searching (Aneesh Chaganty), Unfriended -y quizá su secuela-, la sorprendente Like.Share.Follow de 2017 o sin ir más lejos el trabajo independiente de Netflix, Cam, con Madeline Brewer (The Handmaid’s Tale) al frente. Por no hablar de la desbordante Assassination Nation (Sam Levine), todavía un juego infantil comparado con el día a día. Las implicaciones de esta producción costumbrista no son tanto derivadas del archiconocido y boyante vacío de poder en la ascendencia tecnológica como esa desmesurada cara pretendidamente simulada que está obligando a ascender del ser humano: el vestigio salvaje de una naturaleza que la armonía social había logrado camuflar o contener. Cuando Danielle, la youtuber, ve amenazado su status, rompe su crisálida la psicópata que verdaderamente encierra en ella, invisible tras los consejos, seguidores, visionados y retornos de inversión: Suki Waterhouse (por cierto, también en Assassination Nation: parece que toda una generación está dispuesta a fortalecer el revisionismo de su propia idiosincrasia) lo tenía todo planeado. Como en Black Mirror, nada merece la pena sin el último giro. Y como en Black Mirror, todo es verdad. Salvo aquello de que en 2019 vayamos a librarnos de esos profetillas a sueldo que hoy dan consejos, mañana escriben un libro y pasado se saltan un semáforo sin que en ninguna de las tres obras vaya implícita una diferenciación verdadera. Desgraciadamente, la farsa va a seguir ahí.

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