Morir a la orilla de Sergio Ramos

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El número va desnudo: Julen Lopetegui cierra su paso por el Real Madrid con las mismas victorias que derrotas -seis-, casi los mismos goles a favor que en contra -veintiuno por veinte- y lo más impactante, el peor porcentaje de victorias de un entrenador, interino o no, desde que Alfredo Di Stéfano, que en paz descanse, tomara el equipo de Butragueño, Hugo Sánchez, Hagi, Hierro o Míchel entre Toshack y Antic, de noviembre de 1990 a marzo de 1991. O lo que es lo mismo, peor relación entre partidos jugados y ganados que con Queiroz, Luxemburgo, López Caro o Benítez, sin que ninguno de ellos, eso sí, tuviera la oportunidad de entrenar a una plantilla tres veces campeona de Europa en las tres ediciones anteriores. Como parecía que esta ceniza probabilidad de fracaso no contaba ni para los más oscuros, habrá que ir, con el margen que ceda la actualidad, a la base de la ruptura. Lopetegui llegaba al Madrid después de clasificar brillantemente a la selección nacional más compacta, versátil y convincente de Europa en los últimos dos años, y su sucesor, Luis Enrique, no sólo ha conservado la espina dorsal madridista sino que ha incorporado a filas a Dani Ceballos y protegido la titularidad de Nacho. Que el Real Madrid haya invadido las convocatorias de la selección tras años de dominio y propaganda culé parece más consecuencia directa de la madurez de un equipo con sobrada capacidad de ganar que de otra condición, razón que podría exonerar al grupo de responsabilidad directa en la funesta era Lopetegui. O eso precisamente podrían querer hacer creer, por alusiones: desde la dura derrota en Sevilla a finales de septiembre, cada comparecencia pública ha llevado aparejada la duda tenaz sobre el método Lopetegui y su viabilidad. Y los jugadores, siempre cortos de emociones, no querían saber nada.

Desde la derrota en el Pizjuán, el Madrid ha ganado un partido de seis, perdido cuatro y marcado cuatro goles contra equipos como CKSA, Alavés, Levante o Viktoria Plzen. Otra vez números, aunque más oportuna es la perplejidad creciente sobre su visible capacidad de generar fútbol con Lopetegui en el banquillo. Una promesa que se ha diluido y ha empequeñecido a figuras como Gareth Bale, Karim Benzema, Toni Kroos, Marco Asensio -que ni siquiera ha reclamado la titularidad-, el habitual Sergio Ramos -oportunamente descentrado y lento en las rachas que preceden a despidos- o Luka Modric, en apariencia castigado aún por el exigente curso anterior (y quién sabe si no también por los 33 años que acaba de celebrar). Lopetegui, se veía a lo lejos, tenía una idea: ayudar a crecer en la creación a Dani Ceballos, uno de los futbolistas más prometedores de su generación y ya un activo importante en la producción de fútbol de espacios y goteo de oportunidades al hueco. Pero para justificarle a él, debía primero proponer un cambio en un tracto de la temporada siempre delicado donde las derrotas y las malas caras cuentan doble. Como se presagió tras la marcha de Zidane y la ausencia de grandes refuerzos como respuesta al adiós de Cristiano Ronaldo, tal vez fuera la hora de que el Real Madrid cambiara en lo fundamental, su núcleo. Pero como en otras grandes ocasiones, se impuso el titubeo. La Supercopa de Europa fue la primera oportunidad de proponer un nuevo orden pero el titular fue Casemiro: y el brasileño, eje y clave de la era Zidane, ha condicionado como ningún otro futbolista la posibilidad de ofrecer una alternativa. Ceballos entró, tarde como siempre suele pasar, cuando el equipo empezaba a quemarse los pies en el infierno resultadista.

Esa forma tibia que tienen los protagonistas de lamentar las malas rachas de las que son partícipes siempre deja un rastro de inseguridad. El mismo Casemiro, tras caer 5-1 en el Camp Nou, dijo en caliente que había que correr más: el tipo de comentario que sorprende escuchar de quien acaba de tener noventa minutos para vaciarse. Y como si correr fuera la solución: correr -o mejor dicho, no correr-, en el mejor de los casos, es la primerísima causa de ruptura de los vestuarios. Esa y el individualismo. Acontece que Lopetegui se ha visto sobrepasado por varios factores: el primero, la exigencia desde el primer minuto. Luego, la ausencia ya comentada y obvia de un goleador que facilite ese trayecto a la victoria. Y por supuesto, lo emocional: rotaciones y cambios muy meditados en un club cuya espiritualidad radica en el momento. Salvo que viniera por sugerencia o imposición interna, es significativo el vacío espacial a Vinícius, como Ceballos, otro agente señalado de destrucción y el tipo de jugador que corrompe con la sola expresividad corporal. La respuesta del entrenador a la tempestad ha sido el lugar común de los titulares, otro indicativo de flaqueza: trabajo, confianza, calma, tiempo. Como si no entrenara a profesionales o le sorprendiera la urgencia. En su catábasis a su limbo particular, como ha ocurrido otras veces, Lopetegui se ha revelado como un técnico agarrotado cuya capacidad, de pronto, ha quedado en entredicho: ni acción ni reacción. Por el camino, futbolistas más acostumbrados a lidiar con la decepción han ocupado su cuota de poder. Este podría ser el verdadero enemigo del Madrid del siglo XXI: su complicidad máxima con últimos responsables de la victoria… y de la derrota.

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