Los mil perdones de la metanfetamina

beautiful boy

Como Beautiful Boy es una película no inspirada, sino directamente construida sobre un relato de destrucción familiar real, su dosis moral no carga de la misma manera que si fuera una publicitaria ficción. Quizá sea esta la razón máxima por la que ha escapado incomprensiblemente a la lista final de los nominados al Oscar. O será que no es lo suficientemente incómoda para los académicos, o que la campaña no resultó como se esperaba -en Estados Unidos fue puesta en cuarentena por la crítica justo por parecer dirigida a la temporada de premios: lo que allí llaman Oscar bait-. El caso es que la historia de Nic Sheff (Timothée Chalamet) y sobre todo de su padre, David Sheff (Steve Carell), diseñada o no para enredar en la fibra sensible de la crítica, integra en lenguaje cinematográfico lo que a pie de calle duele infinitamente más: la desolación del adicto, el laberinto de autodestrucción, cómo encaja esto en la dinámica de un hogar más o menos convencional -los padres de Nic Sheff están divorciados- y las consecuencias inevitables del enfrentamiento, el dolor y la rendición final, cuando no queda más espacio para la lucha. Cuando la familia no tiene más que bajar los brazos y esperar lo inevitable. Beautiful Boy no da lecciones, sólo enseña un abismo. En concreto, el abismo de la drogadicción. Contra la ilusión de las ‘tres Cs’ de los centros de rehabilitación (no lo he causado, no lo controlo, no lo puedo curar), el eterno vaivén del que destruye: primero pide comprensión o espacio, luego dinero, luego ayuda. Este sí es un bucle familiar y repetitivo. Esto tiene que quedar bien claro: el protagonista de la película no es Timothée Chalamet, que está inconmensurable en el papel de adolescente estrella que necesita experimentar y, ya se sabe, ampliar sus horizontes: el protagonista es su padre. Carga con su desarrollo mientras reconstruye su vida, equilibrando lazos de una vida pasada con lo que debería levantar sobre una vida presente. «¿Por qué no puedo escribir a Nic? ¿Ha vuelto a drogarse?», pregunta uno de sus hermanastros cuando en efecto conoce que Nic no estará con él tampoco esa vez. “¿Es raro verme después de tanto tiempo?», le había preguntado antes, en la playa. «Al principio sí, pero luego no. Siempre eres el mismo». Y vaya si lo es.

Beautiful Boy no da lecciones, sólo enseña un abismo


¿Se sale de la drogadicción? A duras penas. No siempre bien. Nunca intacto. Lo peor: no estás decidiendo sobre tu vida, sino sobre la de los demás. Desde luego somos libres para drogarnos, nadie puede negarnos la experimentación como parte del proceso. Desde luego todo eso tiene una edad. Una época. Una etapa que pasa, como lo es la propia vida. Un tipo oscuro de trámite. Pero nadie debería ser tan libre como para decidir cuánto daño infligir a los suyos. Lo hacemos demasiado a menudo y sin importarnos en qué nos convertirían esos recuerdos, esas cicatrices, todas las conexiones perdidas: la desconfianza, la pérdida de lo inmaterial, el cambio. Nada puede evitar eso tampoco. Beautiful Boy estira la esperanza cuando Nic cambia de bando y pasa a vivir con su madre, que también rehace su vida con un hombre joven, activo y deportista que reactiva al muchacho y lo enfrenta con lo que podría merecer la pena más allá del subidón artificial. Nada funciona. Sólo muy al final, a las puertas de la muerte, cuando David se ha rendido -así se lo hace saber a su exmujer-, estalla una conexión a otro nivel, un último chispazo, que levanta a Nic del suelo aun cuando parecía no pretenderlo. Esta vez era la última. La última de verdad. «No podemos salvar a las personas», argumenta amargamente su padre antes del desenlace. «Pero sí estar con ellas», repone su exmujer. A costa, claro, de uno mismo.  Siempre. Del sacrificio que por altura moral ninguno está dispuesto a acometer. Por eso el subtítulo: siempre serás mi niño. Y los acordes de aquel tema de John Lennon: «No tengas miedo, el monstruo se ha ido y tu padre está aquí». Como pocos o ninguno de los monstruos se van a tiempo, padre e hijo escribieron sus memorias y sobre ellas montó Felix van Groeningen esta película, a medio camino entre lo peor del hombre y el public service announcement de una sociedad, la estadounidense, donde la droga no tiene parangón como agente de la muerte. Por lejana que se sitúe, por divertida que la prescriban.

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