El salto imposible

real madrid 2018

Cuando se cerró el mercado de fichajes, el Real Madrid se enfrentaba a una realidad que obligaba al vestuario a cambiar drásticamente la forma de entender la competición. Durante años, el club repitió inicios de temporada con errores individuales que entorpecían el desarrollo de la idea colectiva, y que solo eran explicables por fallos de concentración propios de la falta de tensión competitiva del que siente que tres tardes buenas en primavera pueden justificar estos lujos otoñales que ya forman parte de la cultura del club. Tener a Cristiano Ronaldo en plantilla suponía muchas veces no tener que pagar peaje por estas desconexiones. Salvo en esa fase inicial de evolución a nueve de área que Benítez inicio con él y que Cristiano no supo aceptar hasta que llegó Zidane, el portugués no dejó de mantener una relación con el gol que no se rompía ni aun cuando no conseguía relacionarse con el juego. Con él, el Madrid sacaba adelante partidos para los que no hacía méritos, se libraba de esas malas dinámicas que desencadenan los malos resultados y le permitía sobrevivir hasta marzo, donde el núcleo duro del vestuario ya considera que se juegan encuentros acordes a su grandeza.

La temporada pasada, en la que Cristiano sólo marcó en tres de sus primeros quince partidos en Liga, se empezó a poner sobre la mesa que el paso de los años erosionaría esta regularidad, y que el hecho de no entender cada partido como si fuera el último comenzaría a tener consecuencias. Que las ligas no se perderían por el plus de Leo Messi sino que se tirarían en noviembre. Ya sin Cristiano –y sin Morata y sin James y con Bale no como incertidumbre de plus al equipo sino como incertidumbre de si el Madrid tendría o no un líder en ataque–, al equipo blanco no le bastaba con un entrenador dócil que hiciera equilibrios dentro y fuera del campo para mantener activados a tantos jugadores que eran sinónimo de gol o de ocasión de gol por sí mismos, más que nada porque ya no los tenía. Ya no tenía esa determinación individual en área contraria que justificara esa arrogancia competitiva que aúna lo intimidatorio en grandes escenarios y lo bohemio en el día a día. Jugar bien era el único camino que le podía acercar a ganar con continuidad. Nada del otro mundo. Lo normal en cualquier equipo que no tiene a Messi o Cristiano en plantilla.

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Los blancos pasaban a necesitar un técnico que construyera una estructura definida y duradera con balón y sin balón, conllevando esto el enésimo intento de salto imposible del Madrid hacia la madurez como club: que los jugadores se sometieran al entrenador y no el entrenador a los jugadores. A las cifras goleadoras que necesita un equipo como el Madrid había que llegar a través del juego –repartiendo goles o generando supergoleadores–, como habían hecho el Liverpool o el Manchester City la pasada campaña o como ha comenzado a hacerlo el Chelsea en la presente. Cristiano marcó 42 de los 127 goles del Madrid la pasada campaña, mientras el Manchester City hizo 143 y ninguno de sus jugadores anotó más de 30; el Liverpool comenzó la temporada pasada con un tridente ofensivo en el que ninguno superaba los 15 goles por Liga para acabar marcando 135, incluidos 44 de Salah; el Chelsea empezó esta temporada con dos nueves de área de números discretos y con Hazard cumpliendo su séptimo año en Inglaterra sin haber llegado jamás a 20 goles en una campaña sumando todas las competiciones, ni aun siendo generalmente el lanzador de penaltis de su equipo. A día de hoy el Chelsea ha marcado dos o más goles en 8 de las 10 jornadas de Premier y Hazard lleva 7 goles en 9 encuentros disputados, camino de emular a Dries Mertens como milagro goleador de Maurizio Sarri. El arte de estos tres genios de los banquillos está en diseñar finalizaciones creativas en el último tercio de campo, hacer de la presión colectiva el generador de ocasiones de gol más potente, memorizar movimientos hasta ejecutarlos sin pensar y hacer ver el gol a sus jugadores como una parte más del juego que también se puede aprender.

La decisión de fichar a Lopetegui fue absolutamente coherente (…) no se tenía que ganar a los jugadores porque conoce a la mayoría

Sin embargo, plasmar estas ideas sobre el campo exige compromiso en el entrenamiento de campo –esto no es sólo dar el 100% en lo físico, sino esforzarse por comprender, por repetir hasta la memorización, por aceptar y entender tu rol aunque en principio no te guste–, humildad para asumir que el juego posicional sacrifica la libertad individual de la mayoría y plena disposición a morir corriendo cuando toca en cada presión. Pero ir a entrenar para aprender, como el que va a la escuela, es demasiado para tipos que ‘han ganado todo con entrenadores que ya conocéis’. Que han ganado todo de marzo a mayo, manta de oro para esconder que han sumado 16 puntos de los últimos 63 posibles ante Barcelona y Atlético, que han convertido las esporádicas goleadas que marcaban época en los Clásicos en la bofetada de cada otoño (un 0-4 con Benítez, un 0-3 con Zidane y un 5-1 con Lopetegui ante otro Barcelona que no era el del 2-6 ni el del 5-0) y lo peor de todo, que sábado tras sábado han dejado la sensación global de que podrían ser mucho más de lo que son. El día que Sergio Ramos dijo que se sienten más cómodos con un entrenador como Ancelotti o Zidane le faltó decir: y con un delantero como Cristiano Ronaldo. Por eso Neymar o Mbappé nacieron para jugar en el Madrid y por eso Klopp, Guardiola o Sarri no nacieron para entrenarlo.

La decisión de fichar a Lopetegui fue absolutamente coherente acorde al contexto. No es un genio de primer nivel, pero no se tenía que ganar a los jugadores porque conoce a la mayoría, sabe qué puede sacar de ellos y apuesta por un fútbol acorde a exprimir tanto talento. El Madrid demostró ante Getafe, Leganés o Roma el equipo que podía ser. Sin embargo ese juego posicional y agresividad en la presión tras pérdida que sólo se explican con trabajo de entrenador, saltó por los aires en Sevilla, y con ello toda esa corriente positiva que llevaba a que Bale se sintiera líder del ataque, que los de arriba fueran convencidos a presionar, o que Mariano la enchufara por la escuadra al cuarto de hora de debutar. La primera parte del Pizjuán es dolorosa de ver. El pase a la nada de Marcelo en el primer gol, las dudas de Varane en cada envite, la pérdida de Kroos que acaba con el larguero del Mudo Vázquez, el contragolpe del 2-0 tras un córner a favor,… Y de ahí la cadena de siempre: pasividad que deriva en errores, errores que derivan en dudas, dudas que merman la convicción en lo que estás haciendo, resultados negativos, dinámica negativa. Y si cuando estando bien desconectas, cuando quieres volver es tarde porque todo se ha contagiado de pesimismo. Porque, como decía Antonio Machado, es muy difícil no caer cuando todo cae.

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