El misterioso club de fans de Jordi Alba

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España goza de una paz sincera ahora que Luis Enrique, de una vez por todas, ha dado su brazo a torcer con cierta fracción de la opinión pública reincorporando a Jordi Alba a la disciplina -o lo que surja- de la selección tras dos segmentos internacionales sin contar con él. La razón es notoria: Jordi Alba debió, en el día a día en Barcelona, hacerse una idea concreta del entrenador y viceversa, únicamente relativo a lo personal, tan pura que no le pesó expresar el malestar públicamente. Ahora que los futbolistas predican la sinceridad en sus herméticos rectángulos de interacción digital, rechina como nunca cierta naturalidad de confrontación cara a cara. Tal era la ruptura, que al llegar Luis Enrique al banquillo de la selección española hasta el menos capacitado esperaba que el escollo primero viniera por justificar una lista de veintitrés sin uno de los laterales más verticales, tenaces y devastadores del fútbol televisado, como se ha encargado de orar la prensa durante semanas. El seleccionador, que es un puesto más permeable al oficialismo porque de su destreza y sumisión depende una proyección mundial inalcanzable con cualquier club -más exigido en el día a día y expuesto a rutinas de desgaste con peor solución-, rezongaba despejando preguntas con manifiesta autenticidad: esa misma que en Barcelona le servía para pasar por auténtico contra el circo ajeno mientras mantenía a flote el propio. Sin embargo, el perspicaz periodismo de oficina tenía su propia versión y crecía, con fiable trascendencia, una crítica ya no tan abstracta sobre cómo el seleccionador nacional iba condicionando sus listas -y con ella los resultados- por algo tan humano e imperfecto como lo pasional. ¡El lateral más decisivo de Europa!, se ha publicado. Y no es mentira, por variar: Jordi Alba, la solvente respuesta al agujero que abrió Joan Capdevila en el lado izquierdo de España en 2011, ha sido el jugador de su puesto que a más goles ha contribuido en el primer trimestre, seguido muy de cerca -sólo un gol menos, mismas asistencias- por Achraf Hakimi. No es de su capacidad futbolística de lo que conviene inspirar dudas razonables: Luis Enrique no lo quiso en septiembre y octubre, cuando ya estaba contribuyendo a esos números, porque defendía otros planes. Otra selección es posible, la España de la ilusión. Claro que el avance prudente del frufrú, sobre todo tras la derrota en Sevilla ante Inglaterra -con Marcos Alonso, otro ariete del columnismo, en la izquierda-, facilitaba la jugada de pacificación. Con la misma seriedad y artificial independencia que imponía cuando no lo llamaba, Luis Enrique defendía su nueva vida en una respuesta maestra que también, o sobre todo, ha aliviado a los sedientos. Ni una adversativa en las tertulias, ni un respingo ni una ceja más alta que otra: así, el técnico se cura de esa pesada carga de sospecha profesional y además, refuerza a la selección con el que ha sido su habitual en ese puesto los últimos años. Por su lado, el jugador remata ese proceso hábil de blanqueo entre los periodistas, aunque en su día llegara a amenazar a uno con reventarle la cabeza. Una cosa es la credibilidad y otra, el pan. Luis Enrique lo ha entendido el primero.

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