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¿Y quién salva al espectador?


Una parte muy visible de la España cainita se emperra en sobreproteger una porción de su arte que paradójicamente escapa al revisionismo: el cine. Se presenta puntual a su cita anual, precedida por el éxito de algún buen trabajo (‘Un monstruo viene a verme’ lo es), la campaña teledirigida en los medios amigos contra la depreciación de actores y actrices del país: su precariedad y su drama vital. Una monserga prima hermana del elitismo absorbido entre bambalinas. Estos mismos medios que se sientan frente a los artistas semidesconocidos que tergiversan su frustración luego son llamados a filas por los actores reales de la industria, que precensuran críticas y reconducen publicaciones. Hombre, esto así no. Pero cómo dices esto de aquella. Te suavizo un poco eso. El país fortifica una tenebrosa operación de blanqueo cuando se acercan los Goya y saca a portadas a tipos de los que nadie escucha hablar en todo el año por el neto desempeño de la que dicen su labor: y todavía cuando uno luce y destaca, en lugar de celebrarlo y empecinarse, se lo tira a quienes libremente liberan parte de su sueldo para, en el mejor de los casos, verles darse de bruces una y otra vez contra los mismos papeles, los mismos registros, las mismas caras y los mismos resultados suaves de recaudación.

Como es costumbre, la última gala de los Goya fue una reivindicación sorda pero conforme del arte. De lo que ellos consideran arte, mejor. Se ha extendido peligrosamente la creencia de que hay que arropar al artista a toda costa como si la producción total de este, pocas veces íntima y original, fuera así a pesar más en el legado histórico del país. La realidad es otra: cada cual sospecha con buen fundamento dónde pace su público objetivo y cualquier esfuerzo valiente que se separe de estos receptores se esfumará de los titulares. En otras palabras: artistas que malean un poco de su arte y se pasan al plano frívolo, que saben que tienen más que rascar de los posados en el cuché que del sudor, ya hay unos cuantos. A la hora de las alcachofas y las sonrisas con joyas prestadas, cualquiera es actor. A la hora de autocensurarse, salir del sótano a recabar las críticas que toquen y rehacerse a través de ellas, se dispara un victimismo cetrino familiar y altamente eficaz. El objetivo último es poner el cazo. Es una gaje de este y otros oficios tomar por gilipollas, en el mejor de los casos, al pagador -espectador aquí- al que nadie prefiere salvar sino al que además se le ahoga con esa descarada losa de la supremacía intelectual del artista, deudor del contenido, dueño de sus tropiezos y esclavo de sus aciertos.

Fue noticia un rato el torrente fraudulento que unos esbirros de la ilusión fantástica del cine liberaron contra esta laxitud estatal: cuatro juzgados madrileños, a la caza de los inhábiles de casi siempre que a veces tienen suerte y echan las cuentas a favor. Salvo en contadas y honrosas excepciones, se blanqueó la mayoría de la información, pese a que el presunto atraco conlleva millones. Mucha de la crítica que arreció y que injustamente generalizó sobre la industria quedó a merced del ministerio de la verdad de productoras y distribuidoras, y qué decir de los prescriptores de caché por quienes hablan los mileuristas de la profesión. Ni una referencia durante la gala. Somos inocentes. Apagón informativo y a otra cosa: la reivindicación recta. Un mes antes fue protagonista el silencio sobre la cacería ideológica en redes a Marta Etura. Hace tiempo -¿no habrá sido así siempre?- que el cine español es una causa política. Por eso Dani Rovira puede permitirse insultar («borrachos infelices») a muchos de los que han tenido la mala suerte de pagarle accidentalmente la vida, enfrentarse a los medios o faltar a sus esperanzadoras promesas -cerrar su cuenta en Twitter- sin exponerse siquiera a un frío tirón. Al espectador no hay quien lo rescate de la canallada así; el artista que no pueda contentarse con los ceros siempre tendrá a su alcance la disciplinada mansedumbre de la comunicación.


Foto de portada: Martin6D

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