¿Y qué si bailaran?

Los perros duros no bailan

Ahora que su rugosidad tuitera lo ha presentado a los jóvenes que no conocen sus libros, ahora que se ha echado al mar para resarcirse de una temporada en que ha sido cabecilla contra el lenguaje inclusivo, Arturo Pérez-Reverte también puede decir que ha escrito un libro sobre el mejor amigo del hombre -y la mujer-: Los perros duros no bailan (Alfaguara, 2018). Una apresurada fábula de un Samaniego revirado, con sangre de tahúr, firmada a caballo y con una moraleja tan compleja como se pretenda. Es demasiado obvio (el propio Reverte lo reconoció) que Los perros duros no bailan es una novela en la que los perros son el atajo para desinhibirse, pues dicen que los animales juegan con otras reglas. Lo cual es una verdad a medias. O una posverdad. «Estamos cortando la lengua a gente muy necesaria a través de las redes. Vivimos un momento terrible que nos está tapando la boca». Esa naturaleza descarnada con la que los perros se dirigen y son libres, libres de verdad, para relacionarse con otros perros -con un clasismo impostado y por necesidad-, no está tan clara hoy día en la que se presupone una sociedad moderna y avanzada en lo intelectual. No al menos si las maneras no están alineadas con una agenda determinada, como de colores y burlada por la indefinición; agenda, término por cierto en desuso durante los últimos años que los aplastantes acontecimientos impulsores del populismo y ciertos nacionalismos ha recobrado para el debate. Volviendo a los perros de Reverte: fueron su refugio y en ellos volvió a ser él.

La novela -corta, se lee en dos tardes sin fútbol o dos mañanas sin Ikea- de Reverte es, claro, el manifiesto improvisado de alguien realmente dolido por las afrentas de la censura contemporánea. La autocensura, dice él. En la medida en que pone voz a los protagonistas de la obra, queda patente la espontaneidad soporte de ese ademán distópico en que cada cual vive una vida no prejuiciosa por la que ha luchado particularmente en solitario. Reverte ya era reportero de guerra con 22 años: hoy son muchos los periodistas de guerra de los que que aún no sabemos en qué estado han vuelto de sus horrores. Será algo que define a largo plazo. Por eso hay que ser más selectivo, según se avanza, con las guerras a librar. En Los perros duros no bailan hay combate y hay un pasado no oscuro, negro, sin fondo y sin recuerdo. El presente, por cierto, de muchos perros en España. Porque esta novela es una cana al aire, claro: pero también el desvelo que Reverte procura formalmente al mundo de este animal, que es honesto y tiene siempre más para dar de lo que su naturaleza le permitiría en un primer momento. La configuración estoica y noble del perro, patriota sin otra patria que la lealtad, sirve de notoria y transparente inspiración para inferir, de las patologías del hombre -y la mujer- de hoy, esa costumbre tan poco humana de la entereza. El nuevo zeitgeist de los pueblos acomodados por el progreso. Lobbies alevosos sincronizados para desvelar algunas de las inquietudes sin remordimientos que empobrecen la comunicación y asolan la remota libertad de ideas. Lo iremos viendo.

El protagonista de Los perros duros no bailan es un perro duro, claro. Pero es el perro duro que podría ser cualquiera. Un renegado de las peleas clandestinas no tan erradicadas del día a día en las cañadas y los polígonos como el suave e inofensivo animalismo mediático puede hacer creer por omisión. Los pocos perros de peleas que llegan y aguantan en las perreras puede dar una pista sobre cuál es, la mayor parte de las veces, su fin. De ahí que el protagonista, a tumba abierta y un perro libre -liberado a sí mismo- proponga más una batalla contra sí mismo que contra cualquiera cuando ha de reincorporarse a su pasado para recuperar a dos amigos robados para un fin similar. La primera mitad de la novela es del Reverte columnista: ácido, de segundas lecturas. Se disfruta porque es cristalino, si se busca, todo el peso de los verdaderos males y peligros que en opinión de Reverte ponen ahora en duda la integridad de la comunicación entre iguales. Es una mitad sin prejuicios, eufemismos ni piruetas. Es el reverte de finales del siglo XX, el de Patente de corso, que escribe como para pocos con la intención de ser entendido por todos. En la segunda mitad, Reverte corre: es el novelista. La novela se ensombrece, se abre la solemnidad del drama y la tensión señala la última denuncia social del autor, de corte animalista grueso. Ya no es una sobre los complejos del hombre, sino sobre sus actos acomplejados. Si los perros duros bailaran, alguno querría arrancarle la etiqueta. Este no baila, pero si lo hiciera, no habría quien se atreviera a afeárselo. Y ese respeto se lo habría ganado. Aunque luego tuviera que echarse al mar.


FOTOrtve.es

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