Radio Isco

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Un reconocido periodista se sentaba, al calor de la oportunidad, a darse explicaciones a sí mismo en primer lugar y a los suyos, aquellos sobre los que ejerza un poder suficiente, en segundo plano. Pese a los esfuerzos en conciliar, no fue natural hasta el tramo último de monólogo, cuando emitió la factura al jugador de primer nivel que en sus redes sociales expuso su banalidad, llevándole entonces más fama y visibilidad de la nunca soñada. Las palabras clave de la disculpa fingida fueron las siguientes, punto por punto y transcritas con esmerada precisión: «Creo que (Isco) es desagradecido con la COPE. A esta emisora hubo un momento que más que cadena COPE había que llamarla Radio Isco, estuvimos dos años dando la matraca con Isco, Isco, Isco… No pides que te de las gracias, pero no esperábamos este tiro de gracia». Ya está. Cualquier intento de desviar el debate, si hubiera lugar para uno tan cargante, queda empañado -hasta para los propios receptores originales de la retahíla de peros- por el espasmo de perdonavidas ulterior. Siendo Isco como ha sido, en efecto, un futbolista protegido por parte de la prensa y a quien se ha utilizado, como a muchos otros antes y durante, en diversas direcciones para contaminar la agenda y generar las grietas necesarias, esta expresión de transparencia profesional («Estuvimos dos años dando la matraca») no puede sino agradecerse. Por lo gráfico del estado real, que parece rentable, de un periodismo deportivo turbio y alcabalero, de EGM y palquito, inerte en la denuncia y predispuesto a la reyerta, dispuesto a contar cada gota de sangre en la pared.

Como en otras ocasiones, el periodista se ha arrogado su derecho a réplica empeñado en quedarse con la última palabra. Pese al desglose triste de audiencia no segmentada que abandona sus campañas a medias, el suyo no deja de ser un mensaje con notorio alcance, incomparable eso sí al de un futbolista que afea, textualmente, una doble vara de medir en lo que respecta al trato a los protagonistas, en aparente igualdad de circunstancias. Ese es el «tiro de gracia»: que te han vuelto a pillar. Y no lo ha hecho un podcastero en chándal con la puerta de la habitación cerrada y la cena enfriándose en la otra punta de la casa, sino un tipo con poder sobre tu profesión y tu desarrollo. En consecuencia, un activo imponente de tu fin de mes. A este periodismo de caspita literaria tan peligrosa le persigue la maldición de los reservados y las alumnas universitarias encandiladas: se creyeron todos y cada uno de los elogios de madrugada y siguen montados en ese tren, acríticos. En otro tiempo, esto también es verdad, la confesión periodística de las campañas coreografiadas y su encubierto objetivo de aliado habría causado un revuelo mayor, de no haber sido precisamente por los podcasteros et al., pequeños villanos de extramuros aliados entre sí, inasequibles al desprecio. No es que los compañeros necesitemos precisamente explicaciones al engranaje del negocio, porque a diferencia de los otros, hemos vivido y hasta participado de vergüenzas del estilo, ocultas siempre bajo la impresión de la libertad, que ahora impresiona justo a los que peor la pagan porque no se atreven a la objeción.

David de la Peña, amigo y colaborador de esta casa, un tipo estupendo y honesto, echaba un capote a los compañeros en lo que se ha entendido como respuesta corporativista a un mal comprendido y común, el de las fobias por delante. Al final de su texto empleaba una anécdota triste e impresentable. Hace años que cualquiera, en el medio que sea, aprende a medir a quién cuenta dónde trabaja si es periodista. Un periodista orgulloso de su trabajo es un periodista sin enemigos, y un periodista sin enemigos no es más que un colaborador necesario; pero existe un tramo de diferencias entre ganarse enemigos por la vía personalísima del menosprecio o la falta a la verdad completa y el ganarse enemigos por lo contrario, genuinamente periodístico, que se entiende es ejercer de garante y perseguidor democrático, delator de tramposos y hampones. Esto último, como ha quedado sobradamente demostrado en el nulo acecho a la operación Soulé que ha acabado con Ángel María Villar fuera de la RFEF tras casi tres décadas de mandatos renovados, se estila peor porque el modelo de negocio no repara en periodismo deportivo de investigación, sino en el archiconocido basural de lacayos y cortesanos, sea lo fino que sea, que se consume de forma compulsiva, pero no responsable, en los canales que seducen a los anunciantes. Respeto y envidio a quienes aún no han tomado parte de campañas puntuales de animadversión. Yo sí he sido testigo de caprichos sucios, aunque negarme a participar me apartara de la foto y en consecuencia pueda contar los amigos en la profesión con los dedos de una mano y media. Una cosa sé seguro: mejor, por experiencia, es no deber absolutamente nada a nadie. Como tampoco lo debe Isco.

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