Otro hombre muerto en el fútbol

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Ha muerto un policía en Bilbao, un ertzaintza. Se llamaba Inocencio Alonso García. Pasó cerca de San Mamés. Iba a jugarse y de hecho se jugó, el partido de vuelta de la eliminatoria de Europa League entre el Athletic y el Spartak de Moscú. El policía murió en mitad de los violentísimos tumultos que provocaron ultras del Athletic, al parecer del grupo conocido como Herri Norte, y ultras rusos. Según fuentes de la misma Ertzaintza los enfrentamientos en los que se vio envuelto el agente muerto fueron iniciados por los ultras vascos y aunque no fue golpeado, el policía se desplomó a causa de un infarto. Llevaba doce horas seguidas trabajando en el dispositivo de seguridad de un partido declarado de alto riesgo, según ha contado el secretario general del sindicato unificado de ertzaintzas en Herrera en COPE. Doce horas en una atmósfera de tensión extrema en las que sus compañeros requisaron a ultras indígenas y extranjeros palos, cuchillos, puños americanos, etc.

Pasa con el fenómeno ultra una cosa que recuerda al auge del fascismo. Hay mucho aficionado y periodista fascinado por la estética, por la movilización multitudinaria, por la coreografía, los tifos y los cánticos. Por el ambiente. Sobre todo, también, por la violencia que ejerce el otro. Es algo repetido a lo largo de la Historia. Una cosa muy humana. El que no se atreve siente se siente inclinado, en una relación incluso de sumisión parecida a la del siervo con el amo, hacia el que sí se atreve.

Esta fascinación colectiva es la fuente de legitimidad que todavía permite a estos grupos, Herri Norte, Ultras Sur, Frente Atlético, Boixos Nois, Indar Gorri, Supporters Sur, Biris Norte, y a todos los demás, sobrevivir en una sociedad cada vez menos tolerante con la agresividad y con la delincuencia organizada en general. Reproducen actitudes y comportamientos propios de los grupos filofascistas que en los años 30 surgieron como setas por todos los países de Europa. En realidad son como parodias diminutas de esas organizaciones, miniaturas cuyo pretexto es el fútbol. Por eso sobreviven y no han sido erradicadas en un mundo que por fortuna evoluciona sin cesar hacia la expulsión de la violencia de todas las relaciones sociales.

Si los ultras continúan siendo una amenaza para la seguridad de las personas que van al fútbol en paz y confianza es en gran medida por culpa de muchos clubes y de muchos periodistas. Durante décadas estos grupos cohabitaron con el resto de las aficiones, incluso dominándolas desde una posición de privilegio gracias a la interacción parasitaria con los equipos de fútbol. A cambio de «un buen ambiente» y de «tranquilidad» las directivas de Primera División compraban a cafres, a menudo con un historial penal considerable, dejándoles un lugar en los estadios y cediéndoles una cuota de la recaudación de taquilla: en el propio Santiago Bernabéu, Ultras Sur gestionaba su tribuna en el fondo sur con total independencia del club. Y de la ley.

Para muchos periodistas y para muchas de esas directivas enfrentarse a esta gente y ponerle nombre y apellidos a sus comportamientos dentro y fuera de los estadios era una cuestión de mucho riesgo. Leyendo columnas y comentarios recientes de gente tan prestigiosa y con tanto currículum en el mundillo como Michael Robinson o Alfredo Relaño, sigue siéndolo. Sólo Barcelona, primero, con Laporta, y Real Madrid, luego, con Florentino, acometieron el gravísimo problema social de los ultras. Lograron limpiar sus estadios y sanear a sus aficiones a costa de enormes problemas de seguridad personal: asalto a tumbas, amenazas públicas, muñecos y sábanas colgando de puentes urbanos, infinidad de amenazas en redes sociales a quienes se suman a proyectos de regeneración como la Grada Fans, etc. Sin embargo, es el único camino conocido para terminar con la peor lacra del deporte profesional en el siglo XXI.

Una vez se apagan el ruido y los focos de periodistas (…) los ultras vuelven a su feudo privado dentro de los campos, y hasta la próxima ocasión

Hace falta valor, no obstante. La solución habitual suele darse cada vez que ocurre alguna tragedia como la de Bilbao. Últimamente suele ser el Atlético de Madrid y el grupo ultra de sus aficionados, el llamado Frente Atlético, los que ocupan la actualidad mediática. Hace tres años por un asesinato, el del ultra Jimmy de Riazor Blues -el segundo en la cuenta de los ultras del Atlético, tras el de Aitor Zabaleta- y hace poco, por el acuchillamiento de un joven ultra atlético a manos de otro en los aledaños del Metropolitano. Ocurrió en 2014, tras lo de Jimmy, que Cerezo, el presidente del Atlético, proclamó públicamente que el Frente Atlético no pisaría más el estadio Vicente Calderón. Duró meses el destierro. Una vez se apagan el ruido y los focos de periodistas y aficionados están centrados en alguna otra cosa, la situación vuelve a la normalidad, es decir, los ultras vuelven a su feudo privado dentro de los campos, y hasta la próxima ocasión.

No sólo es el miedo al ultra y a su violencia lo que impide erradicarlos. A menudo la existencia de estos grupos sirve a grupos periodísticos con intereses creados como herramienta de presión sobre determinadas juntas directivas. Pasa con descaro en el caso del Madrid. Desde casi toda la prensa deportiva se desprecia o cuanto menos, se habla con un asombroso desdén, del esfuerzo que hizo el club por sustituir a Ultras Sur por una grada heterogénea conformada por personas que, al modo europeo, aceptan no infringir normas de comportamiento en el estadio (como la exhibición de símbolos políticos o el cantar himnos ofensivos para con personas o instituciones y, por supuesto, el mantener actitudes xenófobas o racistas) a cambio de animar con alegría y sin complejos a su equipo. La acusación habitual de ˜«oficialismo» y de «grada artificial de Florentino» esconde una iniquidad interesada cuya mezquindad reside sobre todo en el hecho de que ese desprestigio público enaltece a quienes han sido expulsados, en este caso, del Bernabéu: los ultras.

A menudo la existencia de estos ultras sirve a grupos periodísticos con intereses creados como herramienta de presión sobre determinadas juntas directivas

Naturalmente cuando pasa algo como lo de Bilbao todo son mensajes de condena y promesas de enmienda colectiva. Lo de siempre. Nadie quiere violencia en el fútbol y queda muy bonito salir al campo con una camiseta en la que ponga STOP VIOLENCIA. Otra cosa es tomar medidas pragmáticas, drásticas, y de verdad. Poca gente está dispuesta a asumir las consecuencias, a pagar el coste. No era raro ver no hace mucho a ultras de Supporters Sur o Yomus, o los mismos del Frente Atlético, interrumpiendo los entrenamientos de Betis, Valencia o Atlético de Madrid. Con total impunidad. La cosa no ha alcanzado aún los extremos de Italia, donde además de muertos también han conseguido parar el inicio de un derbi de Roma o tirar un vespino grada abajo de San Siro. Pero luego llegan los partidos y se acuñan términos que siguen blanqueando a unos neonazis (aunque algunos, como Biris o Herri Norte, se declaren ‘antifas’) con antecedentes penales, xenófobos y agresivos, como el bengaleo, el embobamiento colectivo con las performances en los fondos (como lanzar pelotas de tenis antes de un partido, billetes falsos o historias similares). El fútbol, que es del hincha, continúa secuestrado por minorías hiperviolentas que se sienten importantes y dado que nadie en muchos clubes los echa de verdad, lo son; minorías cuyo interés en el juego y en lo que significa es nulo, y que ocupan un espacio que no les pertenece movidos por el afán patrimonial de estas tribus nihilistas interesadas sólo en el dinero, el poder, el estatus y la violencia por la violencia.

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Muestra de la grada de San Mamés durante un partido contra el Shakhtar Donetsk en 2014

Al calor de la avalancha rusa sobre Bilbao que había puesto sobreaviso a las autoridades y a los medios de comunicación, se atribuyó a los ultras del Spartak la muerte del desgraciado ertzaintza. Al final, según se fue conociendo, la participación de los ultras locales no sólo fue pasiva, sino que en muchos casos fueron quienes provocaron los enfrentamientos. El fenómeno ultra ruso sorprendió en 2016 durante la Eurocopa por su novedoso carácter paramilitar: una organización y una coordinación inusitada, entrenamiento marcial propio de las guerrillas balcánicas y una motivación feroz y belicosa que no se conocía en Europa occidental, acostumbrada al hooliganismo desordenado y casual, puramente etílico, de los ultras ingleses. La cosa es que Herri Norte, que es un grupo ultra bilbaíno destacado sobre todo por llenar de banderas en apoyo a los presos etarras San Mamés y por servir de excusa antaño al Athletic de Bilbao para no guardar minutos de silencio en homenaje por los asesinados por ETA, aprovechó la rusomanía (o rusofobia) para pasear la guadaña por su ciudad. A estas horas, el debate escala ya posiciones ideológicas típicas: no hay más que pasearse por ciertos ‘antifas’ o ‘euskaldunes’ para darse cuenta de que, en el fondo, que haya muerto un hombre, y que por culpa de tipos sádicos y crueles pueda morir gente que va a ver un espectáculo deportivo, sigue sin importarle en España a casi nadie.


Imagen de portada: Verónica Benavides

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