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Historias de la cripta

Un ello freudiano desentrenado pedía a voces negar la conciencia a los decepcionados por la independencia interruptus de Cataluña días atrás. La broma duró poco pero ha costado mucho. Sin embargo, el superyó coteja estas sensibilidades con otro color y reordena prejuicios y arrebatos de condena. Sí es cierto que se hace extremadamente complicado entender que gente adulta, formada y en plenitud de sus facultades, llegara realmente a creer que Cataluña sería proclamada una república independiente a las bravas frente a un aparato de orden que dura cuarenta años en pie; no obstante, la historia -de la propaganda y la desafección- también invitan a ceder algo de luz a quienes depositaban esa confianza en un presidente, Carles Puigdemont, que conviene recordar está ahí de rebote y bendecido por el inhabilitado Artur Mas, prohombre de la afrenta constitucionalista.

A la causa independentista, ya ha quedado en negro sobre blanco, le llega prácticamente con cualquier media verdad para convencer a quienes no perciben la vida en libertad como un privilegio, sino como un derecho subjetivo. El propio Puigdemont hacía cábalas con la verdad después de chafar la existencia a los que lo apoyaron -muchos de los cuáles, véase el arraigo, le gritaron ‘traidor’-: «No somos delincuentes, somos gente normal que quiere votar». Paradójico aunque muy cristalino, pues él no está ahí por eso ni para eso. Joan Tardá, tullido, lo expresaba con acento afectado en una prosa de realismo mágico que un neófito no podría rebatir, primero exigiendo mediación para después, pum, atestar otro golpe con el tan efectista y heroico «nunca daremos un paso atrás».

No es sano ni ejemplar reunirse a dialogar con una parte que ambiciona jugar a otro juego, menos aún si ha confirmado que pondrá la extorsión sobre su propio tablero. El rintintín del diálogo y la negociación, trucos de magia chapucera para el discurso reactivo, calan en quienes no conocen más que de oídas en qué se fundamenta esta oleada catalanista de hedor supremacista; por suerte, es pirotecnia que no convence ni al periodismo internacional formado ni tampoco a quienes aquí sí predican la sana costumbre de valorar y sentir el vivir en orden y en paz. Un par de cosas sí ha conseguido este todavía no histórico desafío separatista catalán: una, que se haya revelado sin apenas esfuerzo algo que parecía oculto, un sentimiento de pertenencia –patriota, con lo que conlleva– que estaba censurado y reducido únicamente a las explosiones territoriales de relación directa con lo banal, en comparación, de los éxitos en el deporte. Las banderas en los balcones, para entendernos, y la apuesta de la calle por el respeto y el entendimiento.

La otra consecuencia hay que traducirla: las tres principales fuerzas políticas del país han hecho por demudar cuentas pendientes para alinearse, probablemente no porque consideren que Puigdemont y cía representen una amenaza real, sino porque les ha cedido sin condiciones la oportunidad manifiesta de mostrarse fuertes frente a un imponente y, esto sí muy peligroso, discurso del odio que separatistas -y adláteres, que los tienen- fraguaban desde su cripta. A esos caídos del independentismo enfadados y tristes, ululantes de esperanzas autárquicas, gente de a pie infectada, les ha llegado el mensaje en el idioma universal de la vergüenza. Ellos aún no lo saben, o tardarán mucho en asumirlo: pero frente a sus narices, todo el rato, había un país que pese a todo sí los tenía en cuenta. Y no era el suyo, sino el de todos.

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