Mireia Belmonte

Heroínas en el cajón


Que a Mireia Belmonte le guste especialmente cuidar sus uñas no le ha frenado a la hora de sacarlas en una entrevista a Inés Baucells en ABC, aunque como casi siempre hayamos preferido quedarnos con el titular anecdótico –el que menciona el mayor interés por el pelo de Ramos que por sus récords; paradójico que haya que recurrir al fútbol para quejarse del trato preferencial por el fútbol- antes que con el principal, también ferozmente buscado por la joven. Mireia, quien también es escrupulosa a la hora de descolgar el teléfono y mira mucho cuál es el target potencial al que llegarán sus enfados, tiene razones para aletear contra los medios, pero muchas más para hacerlo contra el Consejo Superior de Deportes, por ejemplo, que es, aunque cada vez menos, quien le llena el plato.

Mireia es una bestia. Acababa de cumplir los 17 cuando se colgó la primera medalla, en Debrecen, y no ha parado desde entonces. De hecho, suma 22 en este tiempo, menos de seis años, incluyendo dos platas en los pasados Juegos Olímpicos de Londres. Y pese a estos numeritos, que la hacen ya la mejor nadadora española de la historia, denuncia que en el Mundial de piscina corta de Berlín –donde batió los últimos dos récords- tuvo que costearse el hotel, viajar de mala manera en autobús, y todo sin trabajo de recuperación profesional que la preparara para competir en las mejores condiciones. Hitos, en todo caso, que ponen de relieve el drama por el que pasa la natación española, que aunque se mantiene por razones obvias –resultados- como uno de los ojitos derechos del CSD en los últimos años por razones obvias, ha sufrido como todos los recortes en las subvenciones en los últimos años: un 46% desde 2010, y un 15% desde el pasado año.

La cifra oficial, concretamente, ha quedado fijada en 2,48 millones de euros, y no se espera que para 2014 vaya a subir. Las nadadoras de sincronizada, que también sueltan medallas con una facilidad pasmosa, llevan más tiempo que Mireia denunciando esta situación: antes de competir en Londres, la canaria Thaïs Henríquez me contó, en otra etapa de mi vida y durante una charla agradabilísima, que una nadadora profesional notaba la crisis como cualquier hijo de vecino. Sentenció a los medios (“A veces hay que dar gracias de que se acuerden de ti cada cuatro años”), pero sobre todo apuntó al plano económico: “Nosotras no recibimos un sueldo como sí pasa con la natación masculina. Y dependemos de premios y subvenciones por medallas. Si no ganáramos, no comeríamos”. Contra el corolario, más números, como ocurre con Mireia: siete medallas, repartidas entre equipo (tres), dúo técnico y libre (dos) y sólo técnico y libre (otras dos): de ahí que el tijeterazo en la piscina, aunque se deje notar, todavía sea menor, comparado con otras disciplinas que el CSD parece querer quitarse de encima cuanto antes.

Porque, ¿sabíais que en España existe la halterofilia profesional? Quizás esta revelación llegue justo a tiempo, antes del cierre de su Federación, o similar. Las atribuciones del CSD a la halterofilia, hoy día, dan para lo justo y algo menos: en 2010 estaba en torno al millón de euros, pero en marzo de este mismo año se hizo oficial el salvaje recorte hasta casi la mitad de aquel entonces (511.000 euros), lo que también supone un 31% menos respecto a lo invertido en 2012, año en el que Lidia Valentín, la más firme exponente actual de este deporte en nuestro país, se quedó a cinco kilos de colgarse la medalla en Londres. La haltera leonesa atiende encantada a ZoomNews y aunque reconoce que ella vive de su deporte, sí expresa su preocupación a largo plazo: “Es de los deportes con menos patrocinadores y está claro que si se sigue recortando, desaparecerá”. Lidia explica en qué han afectado esos cambios: “Antes teníamos fisio diario, hoy cuatro días a la semana, antes teníamos psicólogo y ahora no, menos concentraciones…” pero igualmente apunta que su Federación ha sabido adaptarse al cambio y apretarse el cinturón: “Administran muy bien el dinero y a día de hoy no me ha afectado nada personalmente”. Sobre la atención de los medios, ríe: “Si Mireia se queja, de lo nuestro mejor no hablar…”. Y aunque la federación haga malabares, conviene apuntar que la halterofilia fue en 2012 el deporte en el que la subvención del CSD representó mayor porcentaje de los ingresos finales, rozando el 87%. Seguir recortando no sería ajustar, sino enterrar.

Lidia Valentín

Lidia Valentín

No anda mucho mejor el piragüismo. Maialen Chourraut, bronce en los Juegos Olímpicos en la prueba de K-1, alucinó cuando le contaron que le correspondían 30.000 de premio por parte del COE por terminar tercera en su prueba y saltar a la fama por un par de días. La guipuzcoana, que ha sido madre recientemente a sus 30 años, no esperaba que a triunfar le correspondiera una ayuda económica extra, y respondió, henchida de naturalidad: “Los ahorraré, me harán falta. Tengo 29 años y no he estado nunca en el mercado laboral”. Era como si se lo oliera: a su deporte, cuyos ingresos totales proceden en dos terceras partes de las subvenciones del CSD, también se le ha maquillado: de los 3,55 millones de euros de 2010, al 1,76 de 2013. Cifras respetables, pensará un neófito, de no ser por las exigencias que la práctica y profesionalización en concreto de este deporte –y que la propia Chourraut reivindicó en diciembre de 2012- exigen: “No somos profesionales, no tenemos contrato. Ya teníamos problemas antes para llevar adelante tanto concentraciones como competiciones internacionales, porque los presupuestos no daban más de sí”. El recorte a su deporte, desde su bronce en Londres, se sitúa en un 23% que a corto plazo es una burbuja de aire en una vena.

Uno ve, por ejemplo, a Yelena Isinbáyeva retirarse momentáneamente para ser madre, con un oro en un Mundial y el récord del mundo de Zúrich (5,06 en 2009) a sus espaldas, literalmente, tratada y creída en su país y en medio planeta como una deidad –componendas políticas aparte- y, en comparación, no tiene sino que entregar toda su vergüenza a Mireia y darle la razón en todo. En Londres, por ejemplo, Rusia pagaba el oro a 100.000 euros, apenas un millón de pesetas por encima de lo que pagaba el COE a los atletas españoles (94.000). La diferencia estuvo en que Rusia volvió con 24 oros (2,4 millones de euros en premios para ellos) y España, con tres (282.000 euros). Cierto es que en disciplinas objetivamente minoritarias sin apenas licenciados y cuyo mantenimiento consume un recurso excesivo es de lógica moderar: pero también, que el recorte estructurado pero descontextualizado en disciplinas donde mandan las mujeres, va a terminar por agravar la discriminación positiva –como ocurrió en el pasado Mundial de natación de Barcelona, donde fue recurrente la oda al deporte femenino-, y por cabrear a nuestras exponentes. Mireia, que entenderá que Ramos no tiene la culpa, ha sido la primera. Pero irán más.

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