Facebook, el periodismo y la democracia


Cuando Donald Trump ganó las elecciones presidenciales estadounidenses, muchos periodistas, analistas, politólogos y encuestadores se echaron las manos a la cabeza y se preguntaron, públicamente: ¿cómo se nos ha podido pasar? El crédito colectivo de un gremio imprescindible para la salud del pacto social ha quedado en entredicho más que nunca en este mes de noviembre, en parte por la tendenciosa cobertura de la campaña entre Trump y Clinton, en parte por el papel fallido de futurólogos que muchos periodistas se arrogaron temerariamente, y en parte por la constatación evidente de que un gran porcentaje de la población percibe la realidad de un modo distinto a la manera en que la cuentan los cronistas convencionales. Es decir, los periodistas. Se han entonado algunos mea culpa colectivos, editoriales; lo cierto es que algunos de los medios más prestigiosos del mundo, como el New York Times, traspasó alguno de sus cuidados límites deontológicos durante la campaña electoral más sucia -vicious, es la palabra en inglés- de los últimos tiempos en los Estados Unidos de América. A raíz de todo esto, como consecuencia (parcial, diríamos) del ejercicio de autocrítica, se ha puesto el foco en el fenómeno galopante de la post-verdad y en uno de sus manantiales (llamarlo fuente sonaría paradójico u oximorónico): la red social Facebook.

ESPECIAL » Elecciones en Estados Unidos

En los últimos días, tanto Google como Facebook han comunicado que cortarán la fuente de ingresos principal de todas las páginas y sitios web dedicados a la elaboración y difusión de ‘fake-news’: la publicidad. En un comunicado publicado precisamente en su perfil oficial de Facebook, Mark Zuckerberg expresaba su preocupación por esta circunstancia, al tiempo que cuestionaba la aseveración de que esas noticias falsas difundidas en Facebook fueran decisivas para “cambiar” el resultado de las elecciones, considerándolo “improbable”: “De todo el contenido de Facebook, más del 99 por ciento de lo que la gente ve es auténtico. Las noticias falsas y los embustes son sólo una pequeña cantidad. Las mentiras no se limitan a una sola tendencia política, ni siquiera a la política”. Sin embargo, Zuckerberg añadía que no quiere manipulaciones ni mentiras en Facebook; que ha exhortado a su comunidad a señalarlas, y que se están haciendo progresos. A pesar de todo, “identificar la verdad es complicado: mientras muchas mentiras pueden ser completamente desacreditadas, una gran cantidad de contenido, incluyendo los que proceden de fuentes convencionales, ofrecen a veces contenido veraz con algunos detalles equivocados, u omitidos. Incluso una gran cantidad de historias expresan una opinión con la que muchos estarán en desacuerdo y la señalarán como incorrecta, aunque sea  factual”.

Zuckerberg proclama que ellos deben ser extremadamente cautos a la hora de convertirse en “árbitros de la verdad”, al tiempo que inició su nota afirmando que la meta de Facebook es “darle a cada persona una voz”. Esta idea es capital. Mike Cernovich, editor de la página ‘Danger and Play’, es una de las voces emergentes de lo que ha dado en llamarse la ‘Alt Right’, o derecha alternativa. Andrew Marantz, redactor de The New Yorker, describe la Alt Right como “una vaga militancia online compuesta por nacionalistas blancos, neo-monárquicos, conspiracionistas, nihilistas beligerantes y trolls de las redes sociales” que no tiene “una ideología consistente” sino que responden más bien a una “etiqueta”, como los snobs o los hipsters. Cernovich tiene 170.221 seguidores en Twitter y 12.346 en su página de Facebook. Cernovich, al igual que Zuckerberg, cree en el potencia de las nuevas plataformas digitales como tribunas unicelulares, aunque el movimiento al que cabe adscribirlo a él, como a los fundadores y redactores de breitbart.com o “ABC News”, y más, pueda ser considerado propiamente como el reverso extremo y peligroso de esa cualidad emancipadora de Facebook. En un perfil publicado por The New Yorker titulado “Trolls for Trump”, Cernovich le declara al periodista Marantz: “Los medios siguen pensando en sí mismos como un poder. Lo que no han descubierto todavía es que alguien como yo es percibido como el nuevo Cuarto Poder. Quizá ellos deban revisar su privilegio estructural. Los medios paternalistas están dando paso a unos más democráticos. Esto desquicia a los periodistas, porque ellos solían tener el control. Pero ya no pueden controlar a la gente nunca más. Todo el mundo tiene una voz ahora”.

«Es una lección necesaria el comprobar cómo la gente miente más que el Gobierno»

Contaba Arcadi Espada al final de su libro “Periodismo práctico” una anécdota ilustrativa: “Hace años se interrumpió un partido de fútbol en Roma debido al rumor que corrió por el estadio (alojado en diversos SMS) de que la Policía había matado a un niño. La suspensión estuvo a punto de provocar una catástrofe. La verdad de la gente es el rasgo cada vez más significativo de la comunicación digital. Una verdad opuesta a la mentira oficial, gubernamental. “Una noticia falsa convenció a más de 50 mil personas, que otorgaron mayor crédito al espectador que tenían al lado que a la Policía”, escribió entonces un periodista. Es una lección necesaria, y de benéficas consecuencias imprevisibles, el comprobar cómo la gente miente más que el Gobierno”. Este libro fue publicado en 2008, cuando Facebook, así como Twitter, aún estaban en pañales, sobre todo en España; Whatsapp no existía y el SMS y el correo electrónico eran los medios habituales para la multiplicación exponencial de esta “verdad de la gente”. Hoy, en 2016, Facebook es el soberano absoluto de esa “voz” popular y, a la vez, individual, pues todo el mundo tiene la suya y todas esas voces acaban, como los ríos de Jorge Manrique, fluyendo hacia el mismo mar.

Facebook media Zuckerberg

Foto: Robert Scoble (Flickr)

Facebook, con sus sucesivas actualizaciones funcionales y mejoras, es el vehículo perfecto para la difusión de noticias. Tanto es así que su diseño parece ir caminando hacia su conversión en el agregador de noticias ideal. Es decir, hacia lo que hasta ahora se conocía como un periódico. Tecnológicamente, ofimáticamente -si es posible usar esta palabra ya obsoleta-, Facebook puede sustituir hoy mismo tanto a los periódicos digitales como a las páginas webs: su timeline es mejor que el de muchas de las páginas de los principales periódicos del mundo; su alcance e impacto es abrumador, mucho más que el de Twitter, puesto que es una aplicación absolutamente transversal (cada persona con acceso a Internet, tanto en Occidente como en casi todos los países del llamado Tercer Mundo, tiene una cuenta en Facebook, a la que accede a cualquier hora desde cualquier sitio, clicando en la app móvil); todos los medios de comunicación tradicionales tienen un perfil en Facebook, donde comparten todas las actualizaciones al minuto. Por si fuera poco, además de los perfiles, Facebook Pages permite interactuar con figuras públicas, asociaciones, clubes, sociedades, asistir a entrevistas o ruedas de prensa por streaming, acceder a ingentes archivos fotográficos, de vídeo. “Nunca se ha mentido tanto como en nuestros días, ni de manera tan desvergonzada, sistemática, constante”, escribió  el filósofo francés Alexandre Koyré en 1943, refiriéndose al nazismo y al fascismo, movimientos articulados esencialmente por la mentira organizada. Es un interesante ejercicio de imaginación distópica el fabular con un Hitler con smartphone.

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No obstante, la ventaja tradicional de los medios de comunicación frente a Facebook (entendiendo Facebook, el Facebook actual, el refinado artilugio comunicativo de 2016, como el último peldaño de la escalera que comenzó en la blogosfera) consiste en los filtros: desde el primero e inmediato, el del propio profesional que ha de trabajarse la noticia, cribarla, revisarla y comprobar su veracidad y su interés general con diligencia y honestidad, al del redactor jefe y el editor. El periodista controlaba el proceso y aún más: había una distancia casi insalvable, digamos cultural, entre la élite periodística, a menudo urbana, y la mayoría de los receptores de las noticias que esa élite manufacturaba. Esto, naturalmente, no existe en Twitter, donde cualquiera puede hablar o poner verde a un periodista, directamente; tampoco en lo que se vuelca en Facebook desde páginas como la de Cernovich, o Breitbart, o ABC News, sitio web dirigido por Paul Horner, quien declaró al Washington Post el otro día que “él había puesto a Donald Trump en la Casa Blanca”. “La gente es definitivamente tonta. Sólo quieren hacer circular las cosas, nadie comprueba la veracidad de nada ya. Es decir, así es como Trump ha sido elegido. Él sólo ha dicho cualquier cosa que ha querido, y la gente ha creído cualquier cosa, y cuando las cosas que él ha dicho no se han convertido en verdad, a la gente le ha dado igual. Lo aceptan sin más. Es terrible, no he visto nada igual jamás”.

Conviene, no obstante, no achacar este fenómeno de la post-verdad a la candidez o predisposición natural de los ciudadanos, o de una parte muy amplia del cuerpo social, a tragarse cualquier bulo. Tampoco al negocio montado alrededor de este fenómeno, que ha encontrado en plataformas como Twitter o Facebook fuentes de difusión y enriquecimiento, gracias a servicios complementarios como Google AdSense, AdWords y otros, servicios que hacen ganar mucho dinero tanto a Google como a Facebook: esta razón hace dudar al mismo Horner en el Washintgon Post del vigor de las medidas anunciadas por Zuckerberg. Del auge de la post-verdad también es responsable el periodismo, es decir, periodistas, editores y comentaristas de referencia que tanto en Estados Unidos como en España, Francia, Gran Bretaña y otros países del mundo libre han contribuido al enflaquecimiento de la institución mediática. Además de la crisis económica que ha variado las preferencias de dueños y editores de periódicos (mantener una corresponsalía o hacer un reportaje son cosas muy, muy caras), hay otros factores más importantes. Es un zeitgeist, un espíritu del tiempo. La difusión de noticias cuyos titulares, sesgados, no se corresponden al contenido o cuyo contenido amplían la condición filibustera o falaz del relato; la promoción de actitudes o comportamientos que debilitan las narrativas veraces y en muchos casos, la falta absoluta de honestidad intelectual por parte de periodistas y representantes públicos, han creado un estado de catarsis que amenaza con afectar a la supervivencia de la democracia contemporánea: la gente no cree en lo que cuentan los periódicos, y mucha gente ya sólo compra los periódicos por inercia cultural, o en algunos casos, familiar. Esta es una grieta colosal dentro del sistema de equilibrios y balanzas que sostiene la civilización moderna.

La verdad dejó de ser algo objetivo y pasó a ser un arma política; así lo enseñan algunos profesores

“El populismo consiste en hacernos creer que está lloviendo a cántaros”, escribió acertadamente Espada en su columna habitual en El Mundo hace unos días. La verdad objetiva, científica y demostrable, y la aspiración periodística a alcanzarla y exhibirla, sostienen como Atlas al mundo democrático. Desde que periódicos y revistas, radios y televisiones, académicos y voces de referencia, comenzaron a poner en tela de juicio la verdad como elemento falsable, se abrió una falla: la post-verdad gotea por ella, llenando de humedades el techo del ágora pública. “Uno de los indicadores más sensibles de la calidad democrática de una sociedad es la cantidad y el tipo de mentiras públicas que circulan en ella sin provocar la reacción del cuerpo social”, escribió Fernando Sánchez Pintado en el prólogo de la edición del libro de Koyré, “La función política de la mentira moderna”, editado por Pasos Perdidos en 2015. No creer en la verdad está en el origen del fenómeno que obligó al dueño y fundador de Facebook a salir al paso de las críticas tras las elecciones presidenciales de noviembre de 2016. Es un proceso histórico, que tiene su origen en el nacimiento de los totalitarismos europeos del siglo XX, pero que no se detuvo con la derrota militar de éstos. Al contrario. Esa desvalorización de la verdad, de su valor universal, que habían llevado a cabo nazis, fascistas y comunistas y que denunciaba Koyré, convirtió la verdad en algo interpretable, en algo intercambiable, “mutable”, como decía un periodistillo español hace no tanto en Twitter. La verdad dejó de ser algo objetivo y pasó a ser un arma política; así lo enseñan algunos profesores en las universidades públicas españolas, en el siglo XXI. Cita Espada en Periodismo práctico a André Gluckman:

“Nuestro planeta no es víctima de un choque de civilizaciones o de culturas, es el lugar elevado de una batalla decisiva entre dos métodos de pensamiento. Están aquellos que declaran que no hay hechos sino solamente interpretaciones que son cuando menos actos de fe. Estos caen o bien en el fanatismo (“yo soy la verdad”) o bien en el nihilismo (“nada es verdadero ni falso”). Del otro lado están aquellos para los que el debate libre con la finalidad de separar lo verdadero de lo falso tiene sentido, de modo que lo político, como lo científico o el simple juicio pueden resolverse a partir de datos profanos que son independientes de las opiniones arbitrarios y preestablecidas”.


Antonio Valderrama, @fantantonio en Twitter, es el autor de Hombres Armados y el responsable del blog Defensa Siciliana

Foto de portada: Doug Beckers (Flickr)

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