Guardiola

¿Es aquí lo de los patriotas?


Con dolorosa nostalgia irreparable y también un tanto sádica observo que al patriota ya no se le llama facha tal cual: ahora lo facha está más barato que nunca y se atribuye por lo general a aquello que amenaza o sencillamente contradice la escala de color particular. Este vuelo conceptual deja libre de tara histórica al patriotismo, reforzado por las banderas rojigualdas –con o sin pollo, con o sin escudo, con o sin vergüenza- de los balcones cuando se gana algo en fútbol, ya sea un Mundial o el adiós de un mito, en el sentido más amplio y concéntrico. El patriotismo ha quedado desvencijado y aturdido sin la cómoda y banal relación que le precedía, y ahora cualquiera puede ser patriota hasta en ocasiones simultáneas o en forma antiestéticas, incompatibles. En un giro dramático de los acontecimientos, se diría que incluso el patriota es hoy en España aquel que desea el mal del país a través de su bien: ergo, un patriota converso, pero multitudinario. Dentro de su patria, España esconde otras representaciones con las que convive: y a una de ellas, la catalana, se ha sumado Pep Guardiola, en condición de persona física, enrolándose en la lista de Artur Mas por la independencia de su comunidad autónoma –y tan autónoma-. Pep nunca ocultó su deseo separatista y, como ciudadano español y europeo que es, no sólo está en su pleno derecho de expresarlo sino también de apoyarlo dentro de los cada vez más difusos límites que plantea la política del desprecio. Al otro lado le espera, por tanto, la réplica que él y sus peones sin identidad tendrán que afrontar y asumir dentro de ese marco de libertades que por suerte pueden abrazar todavía.

Hubo un tiempo no muy lejano en que Guardiola celebraba los goles de España porque vestía la camiseta –y el escudo- de España más allá de las fronteras que aboga por reconocer más allá de los sueños. Como profesional del fútbol, defendió al que todavía es su país, sospecho que por ambición y por parca connivencia editorial a partes iguales. De lo que hay un rastro deleble es del orgullo. Guardiola tuvo primero esa patria, la española. Por llevar la bandera de España en las medias o la camiseta o el pantalón, merced a esos diseños del siglo XXI tan bien traídos, casi se le habría poder puesto la morbosa etiqueta del guerracivilismo. Pero no caigamos en la trampa: Pep era un futbolista y punto. Luego salió a Qatar y allí asumió, como va camino de hacer Xavi Hernández, la patria qatarí. Tan convencido volvió de la aventura, que defendió públicamente al país donde encarcelan a los homosexuales y además, tendió su mano a la candidatura para organizar el Mundial de 2022 que tantas vidas ejecutivas –y nepalíes en realidad- se está cobrando. Cambió de la patria qatarí a la catalana con su vuelta a Barcelona y su éxito incontestable: y desde entonces ya no ha vuelto a virar, que sepamos, en pos del éxito, la ambición o la necesidad. Es un influencer. Recuerdo cuando hace un año arrancó una corriente crítica hacia los famosos que se tiraban agua por encima para apoyar la lucha contra el ELA: son unos posturitas, decían. Posturitas aficionados en todo caso, nada que ver con el de Galdós; posturitas porque sólo eran famosos y nada más que prestaban su cara bonita a la causa. Pero al menos nadie les llamó patriotas. Nadie les llamó fachas.

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