Semana Santa Sevilla 01

Del barrio al mundo

Cada año, por Semana Santa, en España hay lunas llenas y debates repetidos. Ambas circunstancias son constantes, inherentes a esta fiesta. Es como si la izquierda necesitara afirmarse sobre los clichés habituales que la vertebran, como si de suyo se sintieran obligados a desempolvar las apulgaradas cuestiones del laicismo y la aconfesionalidad del Estado, la ocupación de los espacios públicos y el altanero desdén para con la religiosidad mayoritaria del país. Ocurre que estos no son debates comme il faut, porque están viciados de origen: ni las cuestiones se plantean canónicamente, ni la intención que se pretende es dilucidarlos en pro de una mejora de la organización de la vida pública. Todo es agitación y propaganda, naturalmente, además de un inevitable empeño en mantener en guardia a la tropa más fiel del electorado.

He vivido cuatro Madrugás sevillanas. Son noches extrañas. Flota sobre la piel de la ciudad una excitación difícil de definir, que la eriza. Algo así como la inefabilidad lorquiana. Trasciende lo meramente religioso. É vero. Hay mucha gente en la calle. En una ciudad, es decir, en una ciudad del tamaño y población de Sevilla, por lo normal no hay transición entre el día y la noche: los bares siguen abiertos, las terrazas llenas, las avenidas permanecen atestadas de coches, motos y autobuses, las tiendas cierran pero continúan las heladerías, cafeterías, restaurantes, McDonalds, Starbucks, kebabs. No obstante, hay un punto, tras la medianoche, en que todo se calma y disminuye la intensidad de la vida. En la Madrugá de Sevilla no ocurre así. La ciudad bulle desde el Jueves Santo a primera hora hasta el crepúsculo del Viernes Santo, sin interrupción. Eso se nota especialmente más allá de las dos de la madrugada, cuando ya están en la calle la Macarena, el Gran Poder, el Silencio, la Esperanza de Triana, etc. El alumbrado público y la estrechez de las calles se combinan, proyectando ángulos de sombra y zonas amarillentas, ocres, que iluminan aceras por las que siempre está pasando alguien. Todo está abierto y lleno. Las iglesias, de par en par desde el Domingo de Ramos, se dan una ligera tregua, pero palpita la vida dentro: se custodian como los fuertes yanquis cuando salía la caballería en busca de indios, y se toman posiciones para ver regresar los misterios y los palios en primera fila, en curioso y desconocido privilegio.

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La ciudad respira y huele tan mórbida como debía oler la Sicilia de El Gatopardo. Está rompiendo la primavera. Suele hacer calor durante todo el día, pero alrededor de la medianoche cae el relente. Fluye la cerveza a borbotones, como si la dieran. Se aglomeran multitudes en torno a las calles principales por donde salen las hermandades más esperadas, se pelea la gente por un sitio. La mezcla de tanto perfume inciensado, de tanta expectación y alambique y también de tanto cansancio, genera una atmósfera tan sugerente como peligrosa: por eso no resultan inverosímiles las carreras, la gritería, los insultos procaces y las peleas al paso silencioso de los Cristos y las Vírgenes, porque se agudiza lo sensorial, y los estímulos son contradictorios: pasa una talla del siglo XVII solamente acompasada por el rastrear de las alpargatas de sus costaleros al tiempo que dos borrachos rompen una botella de ginebra y concitan el murmullo reprobatorio de una calle entera. Es como el barroco en tiempo real, un exceso encarnado por la vida derramada en medio de la ciudad.

El anticlericalismo que brota con la primavera es muy viejo, más que el hilo negro. Es un fenómeno cíclico que se ha dado en España siempre, por temporadas. Una especie de reverso marginal y tenebroso de la condición cristiana y católica de España desde la Edad Media, a veces matacurismo, a veces simple exabrupto. Como posición política, por tanto, es un anacronismo. Pero uno muy útil y exitoso, vista la frecuencia con la que partidos del espectro izquierdista recurren a él de una forma u otra con el objeto de agitar y azuzar a sus bases. Una de las notas más comunes de éste anticlericalismo revenido, y ciertamente insoportable, es la confusión: confusión conceptual y terminológica, por otra parte habitual en el discurso político nacional. Lo normal, para cuestionar la legitimidad de las cofradías de Semana Santa y sus cortejos procesionales, es que se le dirija el reproche abstracto de “España es un Estado aconfesional pero la Iglesia sigue ocupando la vía pública”.

La Semana Santa no es obra de los curas ni de los gobernantes, sino de los cofrades, organización netamente popular y de origen gremial

Decía Manuel Chaves Nogales, refiriéndose a Sevilla, que la Semana Santa nacía en la entraña misma del pueblo, y que sólo de la savia popular se nutre. En 1935 escribió para el madrileño diario Ahora un estupendo reportaje en el que ayudaba a interpretar este fenómeno y desentrañarlo para el lector de Madrid, desde su particular visión de sevillano emigrado. Ya entonces explicaba que las cofradías alardeaban de su independencia respecto del poder jerárquico de la Iglesia. Esto continúa siendo así, en Sevilla y en todas partes de la Baja Andalucía, por más que obispos y párrocos combatan en singular batalla con las hermandades y sus cofrades en el empeño de obligarles a rendir pleitesía a la diócesis de turno. «La Semana Santa sevillana no es obra ni de los curas ni de los gobernantes, sino de los cofrades, de una organización netamente popular y de origen gremial que ha estado siempre en pugna con los poderes constituidos, el Estado y la Iglesia».

Semana Santa Sevilla 02
Foto: Flickr

Esta diatriba, tan antigua como el sol, tiene su origen, especialmente en Sevilla, en la naturaleza de las hermandades, «que son una fórmula social que se basa en una vida de relación restringida a las auténticas relaciones vitales del individuo: el barrio en que vive, el tallercito donde trabaja, su parroquilla, sus vecinos, su calle, su familia, su taberna. Esto es la cofradía. La supervivencia de este pequeño mundo del barrio en que se mueve el cofrade es lo que mantiene la Semana Santa en Sevilla, y merced a la coacción de este ambiente se plantan el capirote y enarbolan el cirio los más tibios creyentes y hasta muy bien caracterizados ateos». Por su condición, los cortejos procesionales de la Semana Santa de toda España son la perfecta simbiosis de lo divino y lo profano, pues nacen con la necesidad expresada mediante la Contrarreforma de contarle a la gente sin instruir, al tercer Estado, la doctrina religiosa, la vida de Cristo. Y esto se hace con la ayuda inestimable de los genios de la escultura y la imaginería barroca del norte y del sur de España.

No es casualidad que ‘católico’ signifique, en griego, exactamente eso: universal

La cuestión acerca de la aconfesionalidad del Estado carece de sentido e interés cuando afecta a tradiciones imbricadas en el origen de unidades del Ejército, como la Legión, cuyo carácter es además voluntario y no supone coste al erario público. Sí que, no obstante, hay verdad en la reclamación estética de las banderas a media asta en Viernes Santo en los cuarteles y edificios públicos: parece una superchería evitable, como que un Cristo indulte a un preso. La religión, sobre todo el catolicismo, es pública por antonomasia: he ahí la dificultad secular del laicismo a la francesa, que lleva doscientos años luchando por meter a Dios en los domicilios de sus creyentes. La religio romana era la liturgia pública, argamasa colectiva perfectamente reglada y ordenada en torno a un ceremonial institucional; la fe de las polis clásicas griegas en sus dioses las constituía como comunidad propia y autónoma, pues no era ateniense el que no crea en los dioses en que creían los atenienses, que honraban los atenienses y a los que sacrificaban los atenienses. El cristianismo ha heredado directamente de la Antigüedad esta vinculación comunitaria, y por tanto política.

La Semana Santa como estallido pictórico, artístico, litúrgico, festivo y social, combina la necesidad de evangelizar al pueblo en barbecho conectándolo a una tradición que, en graciosa ambivalencia, lo enraíza con su calle, su barrio y su ciudad, a la vez que lo inserta en una estructura que trasciende todo eso y lo dota de identidad cuya correspondencia no sólo es nacional sino universal. No es casualidad que católico, en griego, signifique exactamente eso. Universal. Con el tiempo, por otra parte, se ha convertido en una atracción turística, casi industria, sin duda de los pocos focos de prosperidad en sitios como el valle del Guadalquivir. En el tiempo de la homogeneización aparente de las ciudades de Occidente, esto hace, como dicen los anglosajones, una gran diferencia.


Antonio Valderrama, @fantantonio en Twitter, es el autor de Hombres Armados y el responsable del blog Defensa Siciliana

» Foto de portada: Flickr

 

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