Iago Aspas Celta de Vigo

Contra el pasteleo

El fútbol español sigue muy lejos de poder decirse honesto y prueba de ello son las reiteradas escenas circenses a la que acuden los muertos cada final de liga. Esta, claro, no va a ser una excepción: sobre todo ahora que el Real Madrid se arrima al título con una visita a Málaga, la ciudad que encantó a José Mourinho, que impulsó a Adán y coaguló a Casillas, el lugar de donde salió Isco y al que fue Pellegrini. Sin nada tangible en juego más que el honor, que no debería ser poco, valor a la baja para los resueltos. Para intentar reducir estos menudeos de cochambre deportiva, ni siquiera bastó la reorganización de los incentivos por derechos de televisión en función del puesto en la tabla: casi siempre trae más a cuenta dejar favores a deber. La temporada pasada fue el Villarreal de Marcelino salvando a ‘su’ Sporting o el Granada andando ante su público frente a un Barcelona que se jugaba el título y que ese verano les cedería a Sergi Samper -casi inédito y a todas luces insuficiente para que los andaluces mantuvieran la categoría-. Antes, en 2015, también con el Barcelona de invitado, el Deportivo logró mantener la categoría empatando un 2-0 en el Camp Nou; aquel resultado enviaba a Segunda al Eibar, que luego se salvaría por el descenso administrativo del Elche. En esa ocasión las cámaras captaron a varios jugadores del conjunto gallego acogotados, susurrando a sus rivales en cada acción a balón parado, pidiendo clemencia, bondad, un sacrificio de dignidad a la luz de la luna. No pasó nada, claro, más que cumplieron todos en papelón. Si no pasó en 2007 con el escandaloso Athletic-Levante que mantuvo a los bilbaínos de pie con la venia de Ángel María Villar, si no ha pasado con la cuarentena de imputados por el Levante-Zaragoza de 2011 (Gabi, Iborra, Ballesteros, Juanfran et al), por qué iba a pasar de pronto. Justo ahora, que todo se ve y todo se oye.


ATHLETIC-LEVANTE (2007): EL PARTIDO DE LA VERGÜENZA


Es inevitable que siempre en las últimas jornadas de Liga se arracime el pasteleo, fuerte por la inopia de medios y la aquiescencia de directivos. Con nombre y apellidos no se puede siquiera insinuar nada porque lo normal, que también es de recibo, es poder demostrar cualquier cosa sucia. Es imposible meter mano a un equipo que no mete la pierna, como es difícil -e injusto- apuntar al que mete la pierna precisamente por el orden inverso, cuestionar sus motivaciones sean cuáles sean. Es de perdedores, del peor tipo además, dejarse ganar: pero también dejar constancia de lo fácil que es motivar un esfuerzo extra con un aporte vitamínico verde del lado justo. Se dice, como con rintintín digno de pasarela, que es más feo dejarse perder que apretar ese botón para correr a tientas, cuando en el fondo son dos expresiones idénticas de miserabilidad: una, por cuestiones obvias; la otra, por desacato. No es tanto cuestión de romanticismo como de puro amor propio, algo de lo que el aficionado medio al fútbol puede entender con mejor o peor ojo, pero sobre lo que puede cuestionarse abiertamente cuanto quiera. No sólo medios, profesionales y oficinas son responsables: también la funesta convención social solidaria, ritual deportivo de aristas que siempre acaban perjudicando a alguien (uno mismo, en el más extremo de los casos). Volviendo al asunto de aquel Athletic-Levante de 2007, cuando el Código Penal no recogía aún el amaño como delito y cuya investigación duró 57 días: jugadores del club granota, con el presidente Julio Romero a la cabeza, miraban sobre todo por el retorno que este favor podría granjear de vuelta: «No es que te vayan a dar nada, pero les estás diciendo: cuidado que nosotros no estamos en contra de los tuyos». Así como Marcelino no estuvo en contra de ‘su’ Sporting -pero sí contra el Rayo Vallecano– y el Barcelona no estuvo contra el Deportivo -pero sí contra el Eibar-. Siempre, siempre quedan víctimas.

La razón pura del conocido pasteleo es cristalina y atiende a la vulnerabilidad de un deporte precioso malversado por intereses cruzados en momentos muy puntuales. Como quiera que sea que algunas actitudes deleznables de los que luego esputan consignas por los jóvenes, los niños y las niñas y el fútbol base sólo responden a la intimidad de sus conciencias o de sus cuentas menos corrientes, el aficionado sólo puede darse el soberbio placer de sospechar. De por sí es triste y blasfemo acudir a todos estos partidos ya ceñudos, pero se hace más cuesta arriba todavía llegar a interiorizar que cualquiera tenga la piel del mismo grosor que uno y que en realidad no pasaría nada si Málaga, Eibar o Celta se conchabaran en distintas direcciones para elegir campeón de Liga. Allá cada cual con su perdición: pero donde los torpes patinan casi siempre es en abrazarse a esa tesitura traslúcida de mercenario al vuelo, de fracasado de postín, con su fobia, su promesa en el bolsillo y su homilía de honradez disimulada en tiempos de mil cámaras y cien mil ojos desamparados, conspiradores, veloces y también ciegos. Da bastante asco.


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