Fatma Samoura

Así blanquea la FIFA la cuestión racista


La nueva FIFA de Gianni Infantino ha decidido que ya no es necesario luchar específicamente contra el racismo en el fútbol. Es lo que podría inferirse del cierre de su comité especial destinado a tal causa, y sobre todo es lo que ha defendido la secretaria general del organismo, Fatma Samoura, quien para quien no lo sepa aún, se convirtió en mayo de este año en la primera mujer en desempeñar un cargo de donde el anterior responsable -Jerome Valcke- salió cubierto de millones y acusaciones. Entre ellas, por ejemplo, la de revender entradas y acreditaciones de prensa durante el Mundial de Brasil. Este es un jardín que conviene pisar de cuando en cuando para refrescar la valoración del relajado compromiso que para con el fútbol mundial guardan realmente sus responsables más directos.

Samoura, senegalesa de 54 años, ocupó el cargo de secretaria general tras 21 años sirviendo a la ONU en hasta seis destinos de África. Durante todo este tiempo de experiencia probada en territorios de exigencia alta, no dedicó un solo minuto al fútbol. Para redondear su cuerpo argumental, Infantino defendió en su día que Fatma había trabajado «en algunos de los problemas más desafiantes de nuestro tiempo» y añadió que había «demostrado su habilidad en construir y liderar equipos, así como en mejorar el rendimiento de las organizaciones». De ahí que choque que haya sido ella misma la que haya salido en defensa de este peculiar apagón del grupo especial antirracismo de la FIFA, vivo y en marcha desde mayo de 2015.


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La decisión no ha encontrado defensa dentro ni fuera del mundo del fútbol, pero Fatma juega una carta concreta difícil de contraargumentar sin ánimo bélico en tiempos de tregua dialéctica: su sexo y su color de piel. Probablemente Infantino también tuviera esto en cuenta a la hora de anotar su nombre, pues es la respuesta rápida a cualquier observación objetiva que se haga sobre el asunto que nos ocupa: «Mi presencia aquí demuestra que la FIFA mantiene una política de tolerancia cero contra la discriminación, no sólo racial sino de cualquier otro tipo, incluyendo la violación de los derechos humanos». Cualquiera diría que Fatma ha sido abducida por el cargo, pues es de sobra conocida la trama familiar que protege y retroalimenta a quienes caen en una silla dentro de la organización. Pero cunde profundizar, ir un poco más allá.

La simple visualización de la problemática racista en el fútbol nos envía de vuelta inevitablemente a Rusia, donde se disputa el Mundial de 2018. Un país que prácticamente copa todas las acusaciones y sanciones por racismo que impone la UEFA. La última, hace no tanto, durante el Rostov – Ajax de Europa League que el órgano europeo ha valorado ajena a la denuncia por el lanzamiento de plátanos por parte de la afición local. Yaya Touré, ahora más relevante por su mediático desencuentro con Pep Guardiola en el Manchester City, ya animó en su día a que los jugadores de color boicotearan el Mundial de Rusia tras recibir los abusos de la grada del CKSA Moscú. La lista de casos, con la página de disciplina de la UEFA en la mano, se hace demasiado larga. Es evidente que Rusia, organizador del próximo Mundial, tiene un problema grave y acusado con el racismo. Entre otros males.

¿Tendrá algo que ver el cierre del comité especial antirracismo con Rusia 2018? Públicamente nunca: la FIFA sólo se ha limitado a reseñar que el trabajo de la organización -cuyo empeño, por cierto, se ha criticado también- había finalizado. Un argumento pobre y difícilmente justificable si tenemos en cuenta que no hay vez que el fútbol ruso se asume a Europa que no incurra en alguna forma de discriminación sobre el oponente. De ahí que todos los que se han posicionado hayan coincidido en el adjetivo («bochornoso») y en el origen. La más transparente en su opinión ha sido la organización Kick It Out, «perpleja» por la decisión ante la celebración del Mundial en Rusia, «país conocido por su racismo y sus actividades abusivas contra minorías». Aquí es imposible no recordar a Joseph Blatter sugiriendo en 2011 que el racismo en el fútbol se combatía «con un apretón de manos».

Puede que la oscura y sorprendente elección de Aleksander Ceferin como nuevo jefe de la UEFA, con el apoyo incondicional del ruso Vitaly Mutko y todas las naciones colindantes, no haya ayudado en absoluto a derogar una reconocible hipocondría respecto al próximo gran evento que el fútbol servirá a las televisiones y las columnas de opinión. Como tan cierto es que se hace duro de digerir y de creer que una mujer africana que nunca ha servido al fútbol y que ocupa en la actualidad el segundo puesto más importante en este deporte, deseche públicamente la lucha dirigida contra el racismo y contra unos derechos humanos que Aministía Internacional sí ha vigilado con mayor estrechez, sacando en retorno unas conclusiones sensiblemente diferentes. Llegados a este punto, puede que sea el momento de reconocer de una vez que en la FIFA sólo han cambiado las caras de los muñecos. Falta tirar de las cuerdas y llegar a los ventrílocuos.


Foto de portada: ESPN

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