Barack Obama Donald Trump

Aires de histeria


Dejó escrito Robert Frank a finales de los noventa que el nuevo lujo y muy al final el orden del mundo y de las cosas lo articulaba de pronto la abundancia innecesaria de todo. Se refería primero a lo material y ponía como ejemplo el destacado endeudamiento de las familias de clase media que morirían por distinguir sus hogares: más chimeneas, más plazas de garajes, piscinas más grandes, más hijos, más bicicletas por hijo. Hoy que cualquiera tiene al alcance diversas formas de expresión hedonista contantes es más habitual ver encarnado el lujo del exceso en lo inmaterial, véase como ejemplo mundano y próximo las opiniones. Ya es leyenda rectificar; no digamos informarse. El precio de la desinformación lo pagamos todos, no solamente los periodistas atados de pies y manos a un modelo que les exige resultados al minuto y una adaptabilidad furiosa a la profesión que casi nunca se traduce en estabilidad. Debe ser por eso que tras el fenómeno Donald Trump y su elección como presidente de la Casa Blanca -casi sesenta y cuatro millones de estadounidenses se pusieron de su parte-, los primeros en desnudarse y quemar la ropa hayan sido los propios medios norteamericanos a quienes la profusión del bullshit no les ha llegado para colocar en Washington a la candidata que pretendían y que ha terminado, como se esperaba, lidiando su derrota con velados desaires institucionales y, lo más importante y reconocible en nuestras vidas, la desviación de responsabilidades.

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La victoria de Trump en Estados Unidos ha generado lo que pocos resultados democráticos en los últimos años: una acérrima división teórica entre conformes al sistema y repentinos antisistema que no se reconocen como tales y que antorcha en mano claman indistintamente por lo coherente y lo respetable como si siempre fueran compatibles. Este nuevo orden de las opiniones al que refería al principio lo han expresado fielmente todos los jóvenes y mayores que se han lanzado a la calle en su país a propugnar, algunos transgrediendo lo legal, que no es respetable para nada que la mayoría haya elegido una opción que ellos en particular no consideran digna. Es lo que podríamos conocer por el drama de la democracia sumergida, la adscrita sin condición a las líneas de los digitales y las horas en televisión. A la campaña anti-Trump se ha sumado, en cualquier rincón del mundo, cualquiera que haya codificado sus mensajes a través de los medios de comunicación y no de la revisión honesta de los valores que querría aplicar sobre su mundo. Esto también tiene nombre (voto oculto), y su génesis ha recorrido el mundo real desde Maquiavelo a Freud: el valor neto de una sociedad, preparada o no para participar con plena conciencia del proceso que sitúe a sus gobernantes electos al frente de sus geografías, se guarda en silencio. Podemos presumir, comparaciones odiosas a un lado -artificio, madeja, oropel barato- que el Donald Trump candidato no era honesto para consigo mismo; tampoco lo fueron, en definitiva, sus detractores dirigidos por medios igualmente deshonestos y qué decir tienen los anónimos encuestados que hasta el último día callaron, valiéndose de uno de los derechos indelebles, su verdadera intención de voto.

Se dice que la elección de Trump ha crispado al planeta porque el pueblo ha elegido -y cabe abundar en esto- a un personaje no familiarizado con la política, al menos la tradicional, que se ha destacado en campaña con fanfarronerías difícilmente excusables que no sondeaban las nuevas sensibilidades que se nos empuja a abrazar sin hacernos preguntas. La otra realidad es que mientras los medios estadounidenses hacen autocrítica porque también eran responsables de lo que callaban, la mayoría de los europeos siguen dando espacios a opiniones diversas y nada representativas sobre lo que esperaría al concierto político global en los próximos años. A toda esta disonancia han contribuido los aires de histeria de quienes en Estados Unidos se dicen muy coloquialmente demócratas y que por ejemplo en España hemos tenido a bien traducir por “de izquierdas“, cargándonos con ello mucha de la significación que se desprende de un país a otro en el camino transatlántico de sus ideas. Medios que siguen propugnando la infamia y que ahora revelan como causa nueva y perentoria la verdad y la comprobación robótica de lo que se dice en función de su tono o sus gestos, de repente han descubierto que Obama fue el presidente estadounidense que más inmigrantes ha deportado en la historia. Hasta le tenían un apodo, ‘deporter in chief‘ (deportador en jefe), cristalino y desde luego más preciso que cualquiera que se le pueda poner sobre su administración y desempeño a un presidente electo que hasta el 20 de enero no toma posesión de su cargo.

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En lo que vamos acostumbrándonos a esta perturbación escasamente razonada de quienes de pronto ponen en jaque el sistema y sus conclusiones, se nos van abriendo paso las urgencias reales y las hambrunas latentes de ideas poco convencionales que ya sospechábamos alejadas del consenso. Pasa así con una parte del feminismo que no ha podido aceptar que la mayoría de mujeres blancas estadounidenses hayan optado por Trump, cuando en realidad esto dice más a favor del feminismo y de la absoluta libertad de la mujer occidental que cualquiera de las consignas que se griten entre cristales y agresiones a causa de lo mismo. Del voto oculto latino, al que Trump ha sabido dirigir parte de su discurso enfocado a reconocer y separar prejuicios, tanto igual: cabría preguntarse, al menos, si todos los latinoamericanos que se llevaban las manos a la cabeza en las horas inmediatamente posteriores a la elección habían oído decir a su nuevo presidente que deportaría a todos los inmigrantes o si en cambio les había llegado el mensaje reescalado. Esto podrían advertirlo dos nuevos hechos, uno de ellos absolutamente casual: que el número de inmigrantes indocumentados con antecedentes a deportar o encarcelar sea todavía mayor a los tres millones que estima Trump o que los medios, buscando su buitre dispuesto, atinaran precisamente con todos ellos mientras enseñaban al mundo las lágrimas y la desesperación. En España hemos arrendado el discurso antidemocrático -no en su sentido, en el nuestro- planteando otra vez la idoneidad del sufragio universal de forma implícita en cada duda que obtenemos y mercantilizamos sobre la decisión última de los votantes, valiéndose estos de un sistema abierto y más o menos moderno cuyas alternativas en primer lugar no darían pie a elegir nada. Nadie, menos aún los medios que impactan sobre el ocio, puede permitirse el lujo de dejar huérfanas las abiertas y consideradas opiniones del siempre alerta primer mundo. Si es tiempo de bullshit, let’s do bullshit.


Foto de portada: EFE | Michael Reynolds

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