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Zizou tenía razón


Berlín, sobre las diez y veinte de la noche del 9 de julio de 2006. Hace hoy diez años. El balón se ha alejado de Zidane y Materazzi, pero no así el juego. Se mascullan cosas con empate y un ojo en la lontananza de los penaltis cuando el italiano sobrepasa lo que Zidane considera los límites y, pergeñando venganza por la ofensa, se vuelve para clavarle sus ojos de veterano marinero. Se ha soltado el cinturón de seguridad. Tiene el trofeo de mejor jugador del torneo en el bolsillo, es su último partido como profesional, ha marcado con clase el gol de su equipo en la final, picando la bola sin vergüenza y con retales soberbios propios de los dioses a los que han tirado del cielo. Y lo mancha todo con un potente cabezazo al pecho de Materazzi, quien sorprendido intenta devolverle la agresión mientras cae, levantando la pierna hasta la cintura del agresor. Cuenta la leyenda que el gesto lo vieron sólo los presentes, hasta que medió la televisión. El debate sobre la imposición del tecnos no ha tenido recorrido y parece un atraco a plena luz del día: porque la tecnología es cara, sí, pero no más que las mariscadas, y desde luego no es tan perecedera, aunque eso se puede averiguar como de hecho está empeñada en hacer la FIFA con sus bizcos ojos de halcón que no resuelven nada.

La escena, por suerte, forma parte de nuestras vidas y de las vidas del fútbol. Es puro pop-art y hasta se puede pasear por la playa. A Zidane le cayeron tres partidos que no cumplió pero que cambió por servicios a la comunidad, y una multa pequeña. Menor fue la de Materazzi, a quien le cayeron dos partidos por la provocación que un año después admitiría con sonado orgullo. Pese a que el italiano ha dado diferentes versiones de su insulto y se ha ido desdiciendo con los años, prevalece el guión de la ofensa racista y familiar. Marco explicaba en una entrevista que mandó a Zidane de vuelta al infierno porque éste había gastado el juego psicológico prometiéndole su camiseta al final del partido. Tiempo después, Ulises Sánchez Flor se inventó que ambos coincidieron en un hotel de Milán con motivo de un Milan-Real Madrid y que quedaron en paz con un abrazo. Nadie en el hotel vio el abrazo y días después, Materazzi salió a desmentirlo. Que se cruzaron, sí. Que se vieron, sí. Que se saludaron, puede, bueno, quizá, porque si algo conservó siempre Materazzi fue un rictus de inclemente que detiene su perdón, dejando retazos de la historia en los medios como si en realidad preparara él la versión cinematográfica de los hechos.

Zinedine Zidane volvió a la vida pese a la pasional intervención de los medios franceses, y no hace tanto que posó de traje con la Undécima del Real Madrid tras participar anteriormente en la Décima como consorte del ancelottismo festivo, una década después de perpetrar la Novena de corto. Hablamos de intervención activa en tres Champions en color. Durante este camino se ha permitido otras licencias, como la de ganarse fuera de los micrófonos de las salas de prensa madridistas un ralo conjunto dudoso de capacidades y méritos, hostigado como siempre por la prensa que nunca falta a estas cosas. Materazzi fue elegido un año después el mejor defensa de la Serie A y en su apocalipsis hizo temblar el Bernabéu con Mourinho en 2010. Lloró más ese día que el día que Zidane le cabeceó el pecho, porque Trezeguet falló su penalti y fue Italia la que ganó. A día de hoy y en vistas de los Pellè, Giaccherini, Sturaro o Zaza, no sabemos si en el cabezazo el francés llevaba implícito un mensaje, el de las favoritas malditas, porque desde entonces sólo han ganado España, que ya se ha quitado ese disfraz, y la Alemania de Löw. Francia o Portugal rematarán el ciclo en Saint-Denis.


Foto: noticiaaldia.com

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