Keylor Navas

¿Y si hubiera un Dios?


No hay milagro que Keylor Navas no atribuya a lo extraordinario: a algo que el hombre moderno no controla, por desafecto, ni se atreve a relacionar con el bien. Tanto cuando para como cuando se refiere al destino, el portero es fiel al credo. Según su particular interpretación de la vida, Dios dejó a De Gea en Manchester, Dios le mantuvo a él en Madrid y si lleva sólo 3 goles encajados en 12 partidos liderando además casi todas las estadísticas individuales entre todos los porteros de Europa, es porque Dios está con él. Tal es la distancia que ha tomado la sociedad española para con las creencias, que todavía a alguno hay que codificarle el mensaje. Y no sin cierta sorna, muchos todavía se llevan el índice a la sien y lo hacen girar cuando un triunfador remite a Dios: «Está como un cencerro».

Sin embargo, hay que reconocer que lo de Keylor Navas en su segundo año en el Real Madrid no es algo a lo que se esté habituado, no ya dentro del cosmos madridista, sino del universal que atañe a todo el fútbol: en dos meses ha hecho olvidar lo que el órgano consultivo de las tertulias tiene a bien considerar un mito todavía en vida. El lamentable último año a nivel individual de Iker Casillas en el club de su vida efectivamente hacía presumir que cualquier avance apuntaría al cielo: sin embargo Keylor no sólo está mejorando a Casillas, sino también a todos los compañeros con los que comparte vestuario, y puede que incluso también a los rivales, por qué no, a los que desespera en cada ocasión. Todo, dice él, con la ayuda de Dios. ¿Y quiénes somos la chandala para negárselo?

Porque, seamos honestos de una vez: no creemos en Dios ni creemos en los que creen en Dios. En su fuero interno, Keylor encuentra paz y equilibrio en sus creencias: por eso explica que no guarda rencor y también por eso entiende con tanta fuerza el individualismo que le está haciendo brillar. Soslaya el trabajo y la preparación, la ciencia que diría Benítez, y se ampara en lo que el hombre moderno no alcanza a comprender. Poco les falta para escandalizarse y apartar a los niños de la tele: «¡Mirad, allí: un creyente!» cada vez que Navas vuela o achica un mano a mano. Y casi están en lo cierto: ¿cómo amparar los milagros que pertenecen al ámbito de la obstinación a los hados que nos vigilan? Cualquier vago podría entonces dejarse en manos del creador. La religión, como el fútbol, hay que hacerla entender.

En otro orden de cosas: qué buen final de etapa está firmando Álvaro Arbeloa. En franco descenso y loable silencio, el capitán consorte del vestuario, el que más habló en el vestuario antes de la final de Lisboa y sin duda el jugador que más y mejor ha defendido al Real Madrid desde su vuelta a su casa en 2009, ejecuta al parecer otro milagro de sobriedad. Ante la falta de minutos, todavía no ha dado un titular. Nadie ha hablado por él. No ha roto ni erosionado nada. Su hieratismo le precederá, como decía la canción, a la buena consideración de su afición cuando le llegue el turno de dar un paso a un lado. La discreción puede que no dé títulos: pero el saber estar ante una situación laboral contraria derivada de la inexcusable marcha del tiempo (en enero cumple 33) hace héroes, sobre todo en este contexto de salidas en falso que sólo pueden paliar aquellos señalados.

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