Un problema de fútbol

messi world cup 2018

Dos finales de Copa América perdidas de forma consecutiva ante el mismo rival (Chile) entrenado por dos técnicos distintos (Sampaoli y Pizzi) y de la misma forma (en la tanda de penaltis) hicieron saltar por los aires la temida frialdad de Leo Messi, que tampoco había ganado la final del Mundial 2014 ante Alemania: «No es para mí». La justa exigencia que al 10 de la albiceleste le prendían fans y periodistas por lo que su figura como deportista es a la historia del fútbol acabó entonces con él. El desarrollo de los acontecimientos inmediatamente posteriores habla generosamente de su valor: decidió regresar y sorteó nuevos apaleamientos por una fase de clasificación tibia y gris con un hattrick decisivo ante Ecuador, con el que Argentina entró en Rusia 2018 conservando intactas todas las dudas alrededor del grupo y de la capacidad individual de su estrella, habitualmente superada. Todo sobre las cenizas de una crisis institucional y de credibilidad como no se recuerda en el país. El aficionado sufre lo mismo independientemente de los nombres porque no tiene capacidad de decisión, sólo voz. En la prensa, ya se sabe, es distinto: ninguno puede ni quiere entender que el considerado mejor jugador de todos los tiempos no sea capaz de decidir un Argentina-Islandia de fase de grupos desde los once metros. José Sámano escribe en El País que Messi susurra la pelota en lo que otros la patean con saña. Bien: quizá si alguno hubiera pateado con saña el penalti en vez de susurrarlo, Argentina tendría hoy menos dudas que ayer y Messi, a quien se le habría despojado de esa presión adquirida -y justa- de líder, no habría perdido otra carga de confianza devastadora. Igualmente, ya dejó entrever semanas antes del Mundial que su aventura internacional no se prolongaría demasiado, aunque por edad y dimensión nada haga sospechar que no fuera a llegar en forma a Qatar -o, mismamente, a la Copa América de 2019-.

Lo que Sámano hace en El País es una defensa muy vieja y ya nada disimulada de las decepciones sostenidas en el tiempo, en concreto con Leo Messi en el marco de las derrotas de Argentina, país entregado al fútbol para el que juegan algunos de los deportistas con mejor cartel del planeta. Únicamente quiere echar un capote al 10 y a los culés, auxiliados por la coartada infantil de que Argentina, en definitiva, no es un equipo para ganar, con o sin Messi. Que no le entienden ni juegan para él. La realidad, claro, es otra. Islandia atosigaba la línea más alta de Argentina con cinco hombres -laterales cerrados al centro sin balón y un pivote hambriento-, anulando peligro y espacios. Hemos visto a Messi salir de situaciones similares en noches de inspiración, sólo que entonces, en mitad del éxtasis, no ganaba el Barcelona sino Messi. Hace lo que quiere cuando quiere, es el mandato prosaico a su habilidad. Un empate dura lo que quiere Messi. Como todas las leyendas urbanas, esta también tiene un recorrido moderado, y la afición de Argentina -así como su prensa, insisto- no van a malograr la ocasión de lamentarlo. Por ellos discurre la pena inconsolable de creer que han perdido para su servicio al mejor de todos los tiempos -o al menos de los tiempos de tuiteros y youtubers-. Es difícil no llevarse a lo humano la paradoja y plantearse si a Messi no lo ahoga con Argentina su propio apellido, el dorsal, la banda de capitán: si no le ocurre como a otros en la historia -De Gea es otro ejemplo cercano y reciente-, que la selección pesa distinto porque llevas sobre los hombros a todo un país -porque los escépticos también se sumarán al éxito- y lo sientes cada vez que escuchas corear el himno. Que la crítica va a ser más unánime que de costumbre. Pueden esconderlo cuanto quieran en un problema de fútbol, pero tanto el problema -como la posible futura solución- pasan también por lo mental. El problema es de Messi, que clasificó a Argentina pateando balones, no susurrándolos.

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