Un portero que pare

jordan pickford england 2018

Un portero que pare, un central que no prenda fuego a su área, mediapuntas libres y un delantero que juegue al fútbol ha sido la apuesta fundamental de Gareth Southgate para acercar a Inglaterra al podio del mundo. Por alusiones: Jordan Pickford, tercer portero más caro de la historia, figura del Everton en su primer año con los toffees y reconocido en consecuencia por su club como evidencia competitiva. Si algo ha prestado Rusia 2018 a la historia de este deporte es la reivindicación del arquero como protagonista en su rol primigenio: parar. En una época despótica para los especialistas, de fútbol alejado y polarizado, resulta que se ha redescubierto la banalidad del balompié en área propia, destacándose su repulsión y rechazo en lo que a un grupo de porteros han empujado por diferenciar a sus países de otros menos atinados bajo palos. El de Pickford es el caso más cristalino porque ha llegado de la nada internacional para desafiar la jerarquía parasitaria de un Joe Hart siempre discutido pero nunca suplente hasta que Pep Guardiola dio luz verde a su salida del Manchester City, marcando así su posterior obsolescencia. Pickford pudo coronar un Mundial ya notable con una solemne selección de paradas ante Suecia, destacándose en el rol original de una demarcación a la que hoy se le pide otras cosas no tan relevantes y más relacionadas, a menudo, con el goce sensorial del espectador. De poco o nada sirve engañar a las cámaras con el juego de pies si a la hora de la verdad no sales a tiempo, dejas un balón muerto dentro del área pequeña o tienes a tu defensa acogotada porque sabe que te derrumbas. En el caso español, De Gea ha sido un flan temeroso cuyo pobre y desigual rendimiento con la selección lo pondría en el disparadero de no ser por el afán costumbrista y un poco blando que existe en este país para los profetas de su tierra en el extranjero. No es que el del United ahorcara a España con sus errores, y tampoco puede probarse que un mejor desempeño hubiera lanzado a la selección más lejos. Pero la realidad es que fue de los peores y su equipo lo sufrió. Pickford es la carta opuesta: decidido, fuerte y de apariencia desquiciada como los porteros de dominio clásico, controla a distancia prudencial una línea de tres en defensa -cuatro sin balón- con una solvencia maestra. Su personalidad, del tipo de la que crece a cada minuto, es una bendición para un país que viene de Hart, Robert Green, David James, Paul Robinson o David Seaman, titular en el Mundial de 2002 con 38 años.

En el resto de semifinalistas hay otros ejemplos de hasta qué punto un portero que pare puede llegar a ser garantía de homogeneidad y disputa en los momentos cumbre de este deporte. Thibaut Courtois, aun lejos de aquel muro del Atlético algo más discutido en Londres, no se ha empeñado con tanta fiabilidad en una portería como lo hace en la de una Bélgica que, por fin, se atiene a las predicciones. Normalmente, la distancia entre un portero y sus centrales en directo da una medida de cómo de juntos se encuentran en la tarea de destruir. Igual con Hugo Lloris, nombre históricamente tan codiciado como inalcanzable, valor europeo en el Tottenham y casi principal certeza de la Francia de la última década una vez superado el traumático lapso entre 2000 y 2006. Danijel Subasic, el mayor de los cuatro (34 en octubre), reventó la noche de Kasper Schmeichel y sobrealimentó la confianza de Luka Modric e Ivan Rakitic desde los once metros ante Dinamarca. Ninguno de los cuatro aparece, curiosamente, entre los 20 porteros con más paradas del Mundial. Esto sólo significa que ninguno de los cuatro países clasificados para semifinales ha llegado ahí por casualidad -aunque ya vibra en el ambiente un lamento quedo antieuropeo-, pero también que sus porteros están para servir y no para figurar. La muestra de rutina recuerda el caso de Jan Oblak, histórico ganador de tres trofeos Zamora consecutivos con el Atlético de Simeone y a la vez, uno de los porteros que menos veces se ve obligado a intervenir por partido (esta temporada, el 12º por detrás de Kepa o Keylor Navas). Este Mundial de porteros no viene sino a refrendar la verdad tradicional del guardián en pie, pues en numerosas ocasiones la sola diferencia entre uno y otro equipo se ha subrayado bajo palos. Ahora que el mercado ha perdido la referencia y que el fútbol puede restituir su credibilidad como deporte de equipo, volveremos a considerar al portero como necesidad y no complemento de una narrativa ganadora completa. No en vano, cuatro de los ocho metas por los que más dinero se ha pagado nunca han sido firmados en el último año, incluyendo a Pickford y también a Bernd Leno, a quien el Arsenal ha puesto la cara de Jens Lehmann. Si se autocumple esta profecía, es probable que la primera concesión noventera del fútbol moderno recaiga, por qué no, en el axioma atómico del balompié callejero: el portero también juega.

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