Un Madrid de todos los días

cristiano ronaldo sergio ramos 2018

Desde la llegada de Zidane el fútbol del Real Madrid había estado en continua transformación, con cambios de estilo y de esquema, con altibajos de juego pero con la victoria como denominador común. Las desconexiones competitivas que tantas ligas habían costado al equipo blanco en los últimos tiempos fueron enterradas por el aliciente creado por la racha récord de los 40 partidos oficiales sin perder, ese que hacía apretar los dientes inconscientemente en el día a día para prolongar la magia una semana más, que repercutía en una autoestima desbordada que empequeñecía al rival en los momentos cumbre, de los que el Madrid se había adueñado completamente. La plantilla del Madrid tenía jugadores de perfiles tan distintos y con tanto impacto sobre el juego que cambiar un par de ellos convertía al equipo en una realidad distinta, a la que Zidane iba dando acomodo con distintos dibujos. El Madrid era imposible de estudiar para los rivales porque apenas tenía patrones marcados. Casemiro era el mediocentro titular, pero los de Zidane eran capaces de merendarse el mediocampo del Barcelona en el Camp Nou con Modric de pivote por detrás de Kovacic-Isco y hacer lo mismo con el del Atlético en el Calderón dejando libre al malagueño por detrás de la pareja croata. Mientras en cada partido gordo explicaba por qué era campeón de Europa, en la rutina el Madrid sacaba de partidos con un fútbol discreto, no ya victorias, sino inyecciones de megalomanía con cada gol en el descuento, con cada remontada, llegando a convencer a los rivales de que el poder de ese escudo no era un delirio de grandeza sino una fuerza –que alcanzaba su máxima expresión en la cabeza de Ramos– que enderezaba el destino irreversiblemente hacia la victoria del Madrid.

La capacidad de dominar los partidos a través del balón mostrada en algunas fases de los partidos ante los mejores equipos de Europa justificaba el paso hacia adelante en la planificación hacia un equipo con cuatro centrocampistas que radicalizara su apuesta por la posesión en pro de consolidar un estilo definido acorde al perfil predominante de sus jugadores. La pérdida de individualidades que aseguraran por sí mismas cierta cuota goleadora –Morata y James– exigía la creación de un modelo de juego definido que promoviera la generación de ocasiones en cascada, idea para la que se disponía de la mejor materia prima del continente. Una idea de fútbol ofensivo que diera facilidades a jugadores como Asensio o Isco para incrementar sus cifras goleadoras por pura inercia, de la misma forma que ha sucedido con Sterling o Sané en el Manchester City o con Salah o Firmino en el Liverpool. Con Benzema se disponía del mejor delantero para ese equipo destinado a arrollar con balón. Un maestro jugando de espaldas que ofreciera recepciones entre líneas que permitieran progresar, que entendiera cuándo toca acelerar o pausar un ataque, que acudiera a tirarle una pared a Isco, le limpiara una diagonal a Bale o cayera a banda para montar un rondo con Marcelo y Modric.

zinedine zidane karim benzema real madrid 2018

Benzema era la llave para convertir cada partido en un asedio, aceptando, eso sí, que no aseguraría 25 goles por temporada. El peso en el reparto goleador lo debían asumir pues Cristiano, Bale y el delantero reserva, y aquí sí que el Madrid planificó con excesivo optimismo. Si el objetivo es que Cristiano llegue a tope a los meses donde se reparten los Balones de Oro, el Madrid necesita una certeza atacante que combine desborde y gol sin altibajos prolongados a lo largo de la campaña, que convierta el juego en puntos en la primera vuelta, que es donde se ganan las Ligas en los últimos tiempos. Algo que ya no pueden asegurar ni el portugués por edad ni Bale por fragilidad física. El galés, en plenitud, sería el jugador ideal, pero si los médicos no han podido con él en cinco años, parece una temeridad seguir haciendo de Bale parte capital en la planificación. La subestimación de la figura del nueve suplente solo se explica desde la euforia que reinaba en el club en el momento de tomar todas estas decisiones. Se puede entender –aunque cuesta, viendo su rendimiento en Francia– que no se adivinara el potencial de Mariano, pero confiarle ese rol a un chaval de 20 años que viene de pasar desapercibido en el 8º equipo de la Bundesliga (Mayoral disputó más de 20 minutos sólo en 4 partidos en toda la 2016/17 con el Wolfsburgo), al que en momentos delicados vas a dudar si meterlo al campo por no exponerlo, por mucha confianza que se tenga en él, es asumir un riesgo exagerado.

Si los médicos no han podido con Bale en cinco años, parece una temeridad seguir haciendo de él parte capital en la planificación

Es muy difícil ganar una Liga sin la continuidad que da una idea de juego clara. Si miramos en la Premier, en los años de dispendio económico en fichajes –en ese periodo de transición mientras los grandes entrenadores se adaptaban a ese fútbol esquizofrénico–, salieron campeones los equipos que supieron darse un orden más o menos austero, sin importar que tuvieran peores plantillas. En España, el Barcelona ha tenido a Messi, pero la idea de juego y sus matices siempre le han dado un punto de retorno al que volver, sostenido por una generación de jugadores –Piqué, Busquets, Iniesta, Leo…– que incluso en los momentos en que el club se ha alejado de ese modelo han hecho que no lo pareciera tanto, porque no pueden pensar el fútbol de otra manera. El Barcelona va camino de conquistar su séptima Liga en diez años, dejando de hacerlo ante dos bloques históricos –el Madrid de Mourinho y el Atlético de Simeone– y ante un Madrid 2016/17 que, por excepcional, no se puede tomar como modelo a seguir. Más que nada porque mantener como suplentes al 9 del Chelsea, al 10 del Bayern, a Isco, Asensio y a Pepe sin que ninguno levante la voz en el vestuario o fuera de él es un milagro que sólo lo pudo sostener un contexto muy concreto marcado por el carisma de Zidane y una dinámica positiva sin precedentes.

En los duelos directos de Champions todo cambia. Ahí, donde un solo partido puede justificar mediáticamente una temporada nefasta, donde un esfuerzo corto e intenso le puede liberar de la obligación de creer en una Liga en la que hace meses que ya no cree, el Madrid concentra energías, simplifica ideas y renueva el optimismo al ver como premio la gloria inmediata. El Madrid posee una estirpe de jugadores que han hecho suya esa competición y eso es mucha ventaja. Sergio Ramos y Cristiano Ronaldo son el paradigma perfecto de que nuestras creencias influyen en nuestra conducta. El central andaluz lleva años sintiéndose el mejor, incluso antes de estar entre los mejores, mostrando el atrevimiento propio del que se siente héroe, gozando en situaciones en las que otros rezan porque no les toque vivirlas. Hay centrales que forjan el carácter cuando dan un salto de nivel, pero en el caso de Ramos el juego ha ido por detrás de su megalómano carácter hasta equipararse: de un tiempo a esta parte ya sí es tan bueno como él mismo se creía. Con Cristiano pasa lo mismo. Cuando se autoproclama mejor jugador de la historia no hay duda de que así lo siente. El carácter de ambos es el carácter del Madrid de este último lustro, del que se han contagiado un grupo de jugadores que sienten que en los días que se reparte el prestigio cada momento del partido les corresponde, cada metro del campo les pertenece, mientras los rivales piden permiso, pasan de puntillas y piden las cosas por favor.

El Madrid posee una estirpe de jugadores que han hecho suya la Champions y esa es mucha ventaja

Es duro que quede la percepción de que el Madrid es claro favorito para ganar la Champions en el mismo curso que pierde las aspiraciones al título de Liga en enero y cae eliminado en Copa en casa ante el Leganés. Que una plantilla de este nivel quede para cinco o seis partidos al año, que pueda llegar a hacer depender la temporada de un gol en el alargue o una tanda de penaltis cuando tiene potencial para hacer de ese fútbol fantástico su identidad propia, deja la sensación de que nos estamos perdiendo algo muy superior con esta generación. Aunque quizá haya que caer en esa tanda de penaltis para acabar de darnos cuenta.

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