Jose Mourinho Pogba Manchester United

¡Tú otra vez!


Cuando podía, porque estaba en posición de juzgar desde arriba, José Mourinho puso en entredicho la altura de la Europa League para sus futbolistas. Entonces acababa de dejar Madrid por Londres, donde fue recibido como un semidiós y de donde salió encamado y aislado por algunos de los mismos futbolistas que han subido al cielo la Premier con Antonio Conte esta temporada. Mourinho entonces (2013) estaba siendo consecuente: había ganado la Champions League con Oporto y Milán en años anteriores -títulos históricos para ambos equipos- y topado con la crudeza de la singularidad madridista en sus años en España. En el Real Madrid se las vio con los mejores Barcelona, Bayern y Dortmund de la última década si no más (se dice, en el caso de los culés, que los ojos humanos nunca verán un equipo como aquel; bravata que hay que mantener en cuarentena) y justo cuando parecía arrinconado contra el peculiar tono de su personaje, se reencontró con los blues y ganó la Premier. Luego llegó la hecatombe: cuando Hazard, Matic, Ivanovic o su coetáneo John Terry fueron descolgándose de la causa, Mourinho cayó deprimido y abandonó el sueño azul. No muy lejos, se preparaba el vacío en Manchester que él estaba predestinado, por nombre y capacidad, para rellenar. Logró hacerse con el sitio, se acomodó y se puso manos a la obra. La Europa League, resquicio europeo de un equipo a la baja y sobrepoblado, resultó un estorbo crucial hasta que al final el técnico vio en ella la vía rápida a la Champions 2017-2018. Como de hecho ha sido.


LO QUE MANCHESTER HA UNIDO


Los encargados de construir la competición han sido los no habituales en Premier, a priori el lugar sagrado del proyecto que nace: Blind, Romero, Mkhitaryan, Valencia o Rashford han sido el Manchester de la Europa League, torneo a la caza de un digno campeón tras los años de dominio del Sevilla. Y a través de esa transparente genialidad, con toda la especialidad con la que el portugués acierta contagiar a los suyos como ningún otro, espolearlos hasta las brasas y retorcerlos allí para encontrar en sus fluidos liberados algo de ganador, ha acabado cumpliendo -con creces- la amenaza: tres títulos en la temporada 2016-2017 sin proponer, dicen los expertos, lo que el fútbol requiere de una colección de nombres así. La atomización de la plantilla ha sido precisamente la baza a su favor en una temporada larga, con rincones y aristas, en la que se ha despedido a un Wayne Rooney que se despojó del disfraz y dado la alternativa en otro planeta a ese monstruo clásico que es Zlatan Ibrahimovic; siempre a la espera de alguna genialidad de Pogba, para siempre el jugador más caro de la historia, por debajo de la expectativa general pero a la altura particular, campeón continental y extremidad del tubalense en el campo en el sentido más abstracto. Mourinho aceptó el cargo de Manchester muy consciente de que tendría que pasar tragos así -ganar competiciones que ni siquiera habría querido disputar, no por considerarlas inferiores sino por no querer tener que conformarse con ellas-, pero al final ha acudido a su inteligencia esa perversión maquiavélica que tantos adeptos ganó en Madrid. Hasta ha hecho por llevarse mejor con Guardiola.

Lo realmente poderoso del mensaje enviado al mundo por el United de tan críptico triplete -a costa de un Ajax de niños muy animoso pero totalmente minimizado por el rojo- será esperar a ver si, inversión y método mediante, logra reponerse a la caída de Zlatan, la muy probable salida de De Gea y el fin de la mitomanía de Old Trafford. En definitiva, si será capaz de restaurar el mourinhismo en Inglaterra y, quién sabe, si de refrescarlo allá donde dicen que dejó tierra quemada, algo incompatible a todas luces con el jardín que se cuenta crece ahora sin control.


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