Berenice Bejo y Uggie en The Artist

Por Uggie


Uggie tenía trece años, como Kan. Y como Kan, ha firmado un adiós prematuro que no ha disfrutado: un epílogo a destiempo, la licencia que nos permitimos los humanos cuando queremos aplacar el determinismo hijo de puta. Siendo como fue un animal de platós, fantasma en boga hoy, apareció donde le pedían: y sin embargo, será recordado por siempre como el perro de The Artist, la película que relanzó el atrevimiento y por cuya originalidad se agenció cinco premios de lo que los puristas llaman “de la Academia”. En The Artist, Uggie no fuerza más que las monerías que le enseñaron: el resto, en su faceta neta de perro, lo borda. Compañía siempre altruista y los mejores planos del filme compartidos con su protagonista, Jean Dujardin, que abraza el éxito y la decadencia de un extremo a otro de la ciudad. Aislado por un radical giro temático, el personaje que proyecta en The Artist sólo goza de principio a fin de una cosa: la incomparable amistad de Uggie. Por ejemplo, le salva de la quema cuando pierde la razón y decide arrasar con lo que fue; y por si fuera poca alabanza, también intenta disuadirle de un final fatal que no habría hecho tan redonda la historia, aunque tal vez sí más verosímil. Despojado de todas sus pertenencias, el protagonista no parece compensar tamaños esfuerzos más que con lo que los expertos llaman “la sonrisa del dueño”, que es el tipo de sonrisa que no sale en ninguna otra ocasión más que cuando tu perro te hace feliz. Un tipo de abertura al mundo que tampoco se aprende. Que fluye sin alarde. Y es regularmente fotogénica, como lo es toda la película de Hazanavicius, premiado y referenciado hasta la saciedad por el grosor interpretativo de Dujardin y la finura arrebatadora de Bérénice Bejo, que toma y atusa el papel femenino. Que no os engañen: The Artist sin Uggie habría sido mucha menos película. Habría quedado en un aparte: un conato de cine de autor con presupuesto, un copazo a fin de mes, una altanería golosa: pero siempre que hay un perro hay magia, y cuando Dujardin recogió el premio más importante de su carrera en Los Ángeles supo reconocérselo al Jack Russell de su vida, a quien aquellos que nunca han amado sólo lo vieron como un perro cuando en realidad representaba sin más a la estrella que conocimos, una de las que cuando brillan nos devuelve un destello desconocido y primario que nos atribuimos antes del éxtasis. No sé si va a caber tanta luz allí arriba. Veremos.

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