Xabi Alonso Lahm

Por los que se van

Philipp Lahm y Xabi Alonso disputaron ante el Friburgo (4-1) su último partido con la camiseta -la de la temporada que viene- del Bayern de Múnich. También se da la casualidad de que será la última camiseta que vistan en partido oficial, lo que otorga al adiós una sentida solemnidad admirativa, porque echan el telón dos de los jugadores más grandes de los últimos veinte años en un 2017 desgarrador en lo que a las despedidas de figuras futbolísticas refiere. Lahm ha sido un constante, un capataz genuino, eternamente joven y peligroso. Xabi Alonso, un pragmático héroe de prestado. El primero llegó al Bayern de niño y sale adulto y perpetuo. Ha pasado por las manos de Hitzfeld, Heynckes, Van Gaal, Guardiola y Ancelotti, cada cual entregado a una razón diferente pero todos unánimes en el requisito de fraguar la opción ganadora de su equipo en este capitán. Como el propio Bayern, Lahm ha dominado en Alemania pero también ha sido figura de Europa, aunque sin réplica rotunda en el palmarés: tomó con firmeza el testigo de la generación Matthäus y levantó la Champions League de 2013 a las órdenes de un Heynckes luego defenestrado por modernismos acuosos. Antes de aquella final fue Lahm quien atendió a los medios: «¿Debilidad? Preguntad al Dortmund, creo que no tenemos ninguna. Hemos acabado muchos partidos sin encajar goles y nos sentimos bien». Un año después fue campeón del mundo con Alemania, a las órdenes de un Joachim Löw que lo ha acompañado en la Mannschaft durante casi toda su carrera. Lahm ha sido el lateral de las grandes noches, el líder que no falta, un único jugador del Bayern indiscutido que hasta tres generaciones implicadas han escuchado en lo alto literalmente hasta su último día. Hasta le hizo bien, por el aporte publicitario que alinea, entrar en la sala de experimentos del Guardiola de Múnich, que fue altanero y gris. Lahm ya había sido centrocampista antes, pero Pep registró la marca y se la dio de beber y comer a sus fieles, que lo interiorizaron como otro éxito en época de mieles baratas. La retirada de Lahm, que se rinde muy joven (33) deja las bandas y el recuerdo de los treintañeros sumidas en un sincero duelo.

 

El que sí que no fue nunca otra cosa distinta a la visible fue Xabi Alonso. Su paso por el Real Madrid, o más bien su controvertida salida -a cuatro días del cierre del mercado de 2014- terminó por alinear su categoría de futbolista, que se adivinaba a lo lejos pero no se había disfrutado en los medios patrios más que cuando le venía la tarea con España. Como le ocurrió en Madrid, de donde acabó saliendo como un madridista más -algunos dicen que sólo de boquilla; pero aunque se despegó a destiempo, acertó-, Xabi logró luego pasar por bávaro, cediendo ante la inteligencia supina que le colocaba de jugador y lo definía como futbolista. A una campaña nacional dorada, flamante campeón de Mundial y Eurocopas -precisamente a costa de dos lágrimas de Lahm, en 2008 y 2010- sumó luego los títulos esperados cedidos por la época Guardiola. Cuando salió de Madrid, donde sí logró ganar la Champions, a dejarse en manos del ex del Barcelona, el rumor sobre su actuación creció: sólo unos pocos superaron el tabú y comprendieron todo el bien que podrían hacerse juntos en un mundo de apariencias sostenidas casi en solitario por actores ajenos al deporte. Como así fue, en definitiva: Xabi Alonso surgió tan esencial en tres años en el Bayern como el que más, quizá lo mismo que Lahm desde su irrupción en el primer equipo algo más de una década atrás. Xabi llevó a Múnich algo más que orden: llevó certeza, continuidad, el peso de una trayectoria ligada a líneas rectas y cálculos precisos. Su huida de España esbozaba un final de carrera en picado, que completaría una ronda de aplausos por cortesía antes de subirse a otro avión: y lo que hizo fue levantar la razón de otro equipo a sus espaldas. En su última temporada, además, se ha regalado el despedirse de Ancelotti, el técnico laxo favorito del madridismo, admirador reconocido de su juego y uno de los más honestos regalos que la directiva del Bayern podía hacer a sus dos campeones preferidos. Xabi es mayor (35), se sublevó en la posición de negociar los esfuerzos, cogió de la mano al capitán y nos dejaron a los simpatizantes con un hormigueo frío, como cuando veíamos llover justo el día que esperábamos sol.



Foto de portada: nieuws.vtm.be

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