Dani Ceballos Spain u21

Perder


Ninguna derrota merece la pena. Incluso si de su examen posterior se extraen las enseñanzas necesarias para evitar, con frío empeño, derrotas nuevas, perder sigue siendo el camino más corto hacia la oscuridad. Allí, donde no queda nada, es donde van a parar todos aquellos amparados por el puntilloso sentido didáctico del sufrimiento: allí abajo, en el olvido, dormitan muchos futbolistas con pinta de estrella y palmarés de freelance. Es el lugar al que no quiere ir a parar ningún profesional, el Gólgota de la autocomplacencia y el sadomasoquismo, una península de palmaditas y de otra vez será. La España sub-21 de Albert Celades, Marco Asensio, Saúl y Dani Ceballos demostró en la final de su Eurocopa frente a Alemania cómo de cerca está el precipicio para muchos de ellos. Los cantos consoladores de los lobos al micrófono y de sus subalternos al teclado son llamadas al fracaso, invitaciones a la mediocridad. Ellos lo saben, porque se les ha educado en la victoria. Por eso, al final del encuentro, ninguno quiso llevar la medalla de subcampeón al cuello. Es sólo un recuerdo de cómo naufragaron, la foto de un hijo perdido en la guerra o un espejo viejo donde se quedarán a hacer patria espíritus que un deportista no puede permitirse invocar.

España sub-21 perdió al unísono una final dura en la que Alemania logró arrebatar, además de un sueño, una distinción. La derrota en Polonia no sólo deja marcada a una generación que ya había dado el paso -sólo la mitad de la plantilla pertenecía realmente a esa categoría; la otra mitad ya puede enseñar muchas cicatrices de batallas mayores-, también autoriza al seguidor alemán, siempre fiel, a expoliar el último lugar donde España todavía reinaba, después de hacer lo propio en 2014. La Eurocopa sub-21 era terreno vedado para un estilo que se diluye a medida, qué interesante, que pierde efecto el fanático pulso que sobre colores y fobias planteaba cada éxito de España en cualquier categoría. Durante este proceso en el que Del Bosque dejó paso a Lopetegui y Milla a Celades, el fútbol de heráldica ha incorporado valores distintos a su aburrida rectitud anterior: el desparpajo, la ambición, la demencia, lo impredecible, el caos. En lo estratégico, la respuesta de Celades al partido planteado por Alemania en la final fue un despropósito; no necesariamente porque no sea buen entrenador, sino porque no tuvo buenas ideas. El hampa batía palmas viendo a Asensio, que vive de borrar sus huellas, bajar al centro de la defensa a tocar balón.

Derrota y diligencias fuera, y pese al tirón a la transición efectiva que siempre se incentiva entre esta categoría y la absoluta, es justo el carácter de los muchachos en la derrota lo que siempre merece mayor atención. En este caso fue impecable. Ninguna de las cámaras captó una sola lágrima, si acaso cabeceos de verano ante la adversidad. Ningún trauma, probablemente porque muchos de ellos estuvieran digiriendo ya la derrota durante el encuentro. Alemania se defendía bien y amenazaba mejor ante un equipo acostumbrado a llevar y hacer valer su iniciativa. El atentísimo Kepa, portero de presente, mandaba pálido entre palos, cegado por la realidad; Vallejo, Jorge Meré, Héctor Bellerín o Sandro, que fueron titulares, también habían perdido color. De entre todos, sólo Ceballos parecía arrimarse a la confusión en lo que los demás rumiaban una tristeza conforme bastante antes de la extremaunción. Mortecinos, con el alma atada a un finísimo cordel como si volvieran de la vida en lugar de estar yendo hacia ella, parecieron niños evitando los deberes y las tareas del hogar. Nada más lejos: es sólo que la pérdida duele, y un futbolista a esta edad empieza a aprender que durante toda su carrera ésta será su principal certeza y amenaza.


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