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Penny Dreadful: Una antología indefinida

Pese a críticas recurrentes durante su existencia como esta o estas, que atribuyen a Penny Dreadful una inconsistencia narrativa mortal de necesidad, la serie creada por John Logan y producida entre otros por Sam Mendes ha terminado siendo pasto del olvido con una tercera y última temporada cobarde aunque visualmente preciosa. Pese a que la audiencia abandonó el barco casi sin miramientos entre la primera y la segunda –siete de los diez capítulos más vistos de la serie pertenecen a esa primera entrega-, los números lograron mantener la caída en esta tercera en la que los protagonistas ya hacen introspectiva salvaje sin que alrededor se construya nada especial. Como si no hubiera necesidad de ello o se diera por hecho que al espectador había dejado de interesarle el interior de sus figurantes. De hecho, parece una entrega destinada al cierre, como se desprende de todos los conflictos resueltos casi a la carrera al final, por no hablar del torpe remiendo de los que podrían quedar abiertos.

Si bien Penny Dreadful –una de las series de terror más prometedoras de su tiempo cuando se estrenó- nacía con la premisa de romper en un mundo cómodo de monstruos descreídos, lo cierto es que al final ha dado todo menos miedo: pasa también cuando te acostumbras a las caras y personajes lineales que van y vienen sin que hay tiempo para detenerse en ninguno de ellos. Sólo la verdadera protagonista de la historia, interpretada por una imponente Eva Green de cabo a rabo –y cuyos proyectos más ambiciosos, como la próxima película de Tim Burton, podrían haber precipitado el desenlace-, mantiene al público pendiente de su sino desde el primer hasta el último capítulo, literalmente. Pero lo cierto es que 27 entregas y nueve directores después, ni tan siquiera su salida de escena parece haberse resuelto con la relativa naturalidad que requería toda la preparación previa.

Ha sido esta una última temporada atiborrada de secundarios sin alma y errores a medio tapar que al final ha derivado en lo que nadie esperaba de Penny Dreadful en su nacimiento: otro bodrio. Apenas la comentada estética, los intentos moralizadores en torno a personajes demasiado sensibles y la humanización de los monstruos por los que uno acaba sintiendo más pena que miedo –ramalazo gótico sin remedio- se han salvado en la superficie, aunque esta falta de empuje en torno al género lo haya pagado con unas cifras de audiencia más que discretas. Sólo hay que echar un vistazo a la paulatina pérdida de peso en el trabajo de los personajes interpretados por Harry Treadaway –mucho más aprovechable en la historia cruzada con el que encarna Rory Kinnear, al final un sorprendente recurso lacrimógeno- o el mismo Josh Hartnett, perdido literalmente en un desierto de ida y vuelta, para entender cómo la falta de apoyo frente al televisor ha podido condicionar demasiado el punto y final a la serie.

Se esperaba sin embargo mucho desde que irrumpiera en 2014; la primera temporada, más que decente en audiencias, fue –y no debe ser casualidad- la más completa en enigmas, entretenimiento, sustos y variantes en una Inglaterra victoriana maravillosamente ambientada. Ese maquillaje ha salvado los últimos coletazos de la serie: eso y Eva Green, impecable en el papel de alma en pena entre dos mundos. A veces daba la sensación durante la primera entrega de que sus directores no lograban conectar, de que la historia se perdía: pero siempre encontraba un hilo del que tirar. Sin embargo, la serie pareció echar el telón con el octavo y último capítulo: quizá fuera esa impresión de cierre la que motivara el adiós de tantos espectadores al inicio de un segundo período que se contempló ya desangelado, y que sin embargo se reservó giros inteligentes y sobre todo coherentes para con el peso específico de todos los protagonistas, algo que no ha tocado ni por casualidad a esta tercera temporada que acaba de terminar.

Decía que el final de Penny Dreadful tenía que ir ligado necesariamente al de Eva Green porque estas mismas son palabras del propio John Logan, que parecía interesado en cubrir el expediente. De hecho, la primera parte es todavía aceptable, se resiste a irse, y descubre algunos guiños y secretos muy agradecidos por quienes aman las sombras por encima de todas las cosas. Después, la nada: apenas se salvan los dos primeros capítulos dirigidos por el español Paco Cabezas, el segundo de los cuáles hizo récord de audiencia en la temporada –y es el único en el top diez de la serie-, y desde luego si una serie celebraría no ser juzgada en su lecho de muerte por su final, esta es sin duda Penny Dreadful, cuyo capítulo doble revela una sospechosa falta de ritmo apenas disimulada por el marchamo grupal de su elenco, al que se suman a última hora por cierto tres personajes sin fuerza ni carisma ninguno a los que no se les deja desarrollarse en condiciones. Lejos de la perfección y la bendita coherencia exigida por decreto a lo que no entendemos, sí cabe reconocerle a Penny Dreadful este resurgimiento del Londres en blanco y negro que cobija algunos de los mayores horrores legendarios del terror. La intención era preciosa y pese al resbalón imperdonable final, el que se quedara hasta el último minuto habrá sabido reconocerlo, aunque fuera entre dientes.

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