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Pavana de noviembre

A unas semanas de que los rigores invernales enfrenten al Real Madrid de Zidane a los campeones continentales en el Mundial de Clubes, el equipo circula por la indecisión y el infortunio como hasta ahora no se esperaba que hiciera todo un campeón -y supercampeón- de Europa y España. Apocado, tímido y ñoño ahora, el Madrid de la temporada 2017-2018 se aseguró los dos primeros títulos del ciclo en verano para desaparecer después, dejando un rastro fantasmal en los exigentes tramos de acopio de resultados que le tienen, recorridas apenas doce jornadas de liga, a diez puntos del Barcelona. La posición en Champions League acompaña algo mejor el ritmo del éxito del ejercicio anterior, aunque añade las notas del autor propias de una competición de muy distinta genética. Se diría que el primer y más fundamental problema blanco es el gol: es el equipo de la Liga al que peor contribuyen sus delanteros y la especial trilogía de la sangre en ataque va camino de suscribir una marcha trágica si es que se pretende, como parece, que mediapuntas y veinteañeros reconduzcan siempre el timón de un equipo acostumbrado -y construido- para avasallar en el último tercio de campo. Ni Cristiano Ronaldo, por quien cada temporada hay que esperar más, ni por Benzema, agotado, ni por Gareth Bale, destruido, pasan los mejores tiempos de una línea fundamental ya no sólo para el oro, sino para la plana competición. El Madrid logra dar la cara la mayoría de las veces gracias al toque extra de calidad puntual de cualquiera de los suyos, situación anómala para con la homogeneidad grupal del pasado año que tan buenos resultados dio en lo colectivo y lo individual: pero estos fuegos espontáneos no llegan, a la vista de los números está, para plantearse una continuidad de garantías. Tan claro es que los títulos se levantan en primavera como que se les puede perder totalmente la cara en otoño, profecía valiente pero local.

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Foto | @RealEspartaB

Otros más viscerales visualizan otras amenazas, más allá del problema del gol y del «problema de fútbol» que denunció Luka Modric antes del parón de selecciones -y después de la dolorosa y contundente semana en Londres y Gerona-. El croata probablemente pensara en sus propias rodillas, en las espaldas de los laterales, las dolorosas bajas de Carvajal y Keylor o el vergonzante ratio de conversión de sus delanteros, pero bajo una depresión siempre se encuentran resortes de otro nivel. Unos lo asocian a la arbitrariedad arbitral, esencialmente dañina -y lo peor: ya no lo esconden-, aunque este concierto de jaculatorias lo teloneen los sospechosos habituales. Zidane, parco en las rotaciones este año, encuentra menos oportunidades para descansar a los principales, que quizá hayan sufrido en momentos puntuales el reposo en tramos de temporada fundamentales para cargar la cabeza con dinámicas positivas de juego y resultados. No acaba de sostenerse la trama de despachos (la historia está plagada de conspiraciones, y algunas han dado títulos, cargos, puestos y sueldos públicos) si esta no acompaña también, porque son asuntos perfectamente complementarios -y están siendo, además, tangentes cuando por ejemplo se dejan penaltis o faltas laterales o cercanas al área sin castigar-, al puramente deportivo. Donde la victoria, claro, fueron todo parabienes hasta de los enemigos, incontables y hambrientos para variar: en la derrota y el empate, la cohesión del grupo y su certeza serán a última hora lo que batan la línea de la expectativa del curso, hoy todavía temblorosa y abisal. Sí hay un cristal transparente al que apelar cuando se trate de la letanía triste del idilio gris: el plan, todavía chirriante mientras se ajusta a otra realidad, no está tan bien ajustado como antaño porque el equipo no es el mismo y el objetivo ha cambiado. La inmediatez, y de esto el periodismo prejuicioso entiende mucho en su idioma, es la parca más perseverante de la decepción. Mientras protagonistas y prescriptores lo tengan claro y hagan por remediarlo, poca trama quedará para denunciar.


Foto de portada | @SergioRamos

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