Nuestros queridos fracasados

guardiola mourinho 2018

Ni el menos sensato de los optimistas esperaba nada del verano de 2018 hasta que nos recuperó a Guardiola y Mourinho. Han pasado seis años desde que el primero tirara la toalla en Barcelona -luego ha vuelto como estandarte de una nación aburrida y hostil-, pero lo que dejaron en España aún da para que los voyeurs del conflicto humano se sirvan festines culpables sobre, eso sí, rescoldos de trascendencia cuestionable. La era de ambos en LaLiga -pero sobre todo en la Champions, como entrenadores de Barcelona y Real Madrid- implicó un precedente oportuno en los medios de comunicación temáticos y generalistas del país. Muchos tuvimos la suerte impagable de vivirlo desde dentro. La época de las ruedas de prensa televisadas y anunciadas como un espectáculo más de este deporte, estatus ya despreciado sin ellos. De los periodistas en carne viva aullando desprecios y montando su negociete particular, huyendo de Karanka, arrasando con cualquier atisbo de ética, improvisando altercados. Después, en lo deportivo, el Barcelona siguió ganando y el Real Madrid tomó el testigo del entrenador que lo devolvió a la élite como equipo de fútbol y como club. Al contrario que en otras cruzadas, no hizo falta barrer restos y escombros. Más bien, las fingidas víctimas se sirvieron de los escombros para organizarse en nuevos frentes de ataque mejorados, versátiles y ya perfectamente encajados en el desahogado servicio del lenguaje digital. De las nuevas narrativas, los memes y los trolls. El cuadro de abominados es imparable en la profesión de la necesidad: Mourinho y Guardiola fueron, y continuan siendo, con reservas autoimpuestas por el mercado, un vehículo de adhesión con fecha de caducidad -lo que marquen los entendidos en márquetin- para sobrellevar días, semanas o meses regulares.

Dejaron huérfanas de debate las tertulias de casquería, pero Guardiola y Mourinho se trataron fuera de España para gusto de los observadores internacionales. Se encontraron primero en una Supercopa de Europa con Chelsea y Bayern, pero no fue lo mismo. Guardiola ganó de rebote en la prórroga. Mourinho ganó la Premier. Ambos abandonaron Múnich y Londres a trompicones, ninguneados uno por sus futbolistas y otro por sus superiores. Que los tiene y siempre los tendrá. Una serie de recortes de vídeo de cariz autorreferencial salpicados a los medios sobre su teatral y efectiva forma de llevar el vestuario del Manchester City ha recuperado el tono de la sangre que se dedicaban antaño. Era cuestión de tiempo que entrenando en la misma ciudad no obligaran al fiel a posicionarse de nuevo en la distancia. Mourinho ganó con el United la Europa League que detestaba en sus buenos años. Eleonora Giovio, una de las fabuladoras estrella de la factoría de El País de la era Mourinho, publicó un título valiéndose de la altruista jerga militar (Esfera Libros, 2013), sobre el vacío de credibilidad y poder que dejaría su marcha. Primero fue la Décima y luego llegó Zidane, heredero de esa espléndida libertad de decisión sobre los suyos, campeón de las tres Champions que disputó. En comparación, ha quedado mucho menos del Barcelona que presagiaba la prensa amable en la época de Guardiola, que tatareaba sin letra Els Segadors cuando labraba al sol. De los canteranos que iban a dominar una década, nada. Fontás, por ejemplo, ya está en Estados Unidos. Jeffrén, autor del quinto gol en la sonada manita a Mourinho en 2010, en Suiza.

Pero los nostálgicos no lo son del fútbol sino de la ideología, del credo. Del toque y la belleza. Recelaron de cualquier entrenador posterior aunque ganara lo mismo o más y mejor, como fue el caso de Luis Enrique, y seguramente nunca se recuperen de esa mitomanía fraudulenta. Lo mismo en Madrid, con un matiz: Mourinho no ganó tanto pero educó al madridismo en la guerra, alternativa de la que no se oía hablar desde los 80. Un Madrid a remolque, ansioso, en inferioridad. Con una masa social torturada y pesimista, triste, plagada de caras de vagón de metro. El público posterior a Mourinho sí ha sabido valorar, y de qué forma, la virtud derrochada en sus títulos. En alardes de autoridad y reivindicación megalómana, ambos son gemelos. Esto lo reveló el mismo Guardiola. La diferencia es que a uno lo llevaron en volandas los poderes fácticos y a otro lo pretendieron instruir en los cócteles y sumideros de la comunicación sin que esto surtiera el efecto deseado para sostener una rivalidad de propaganda blanca. Guardiola fue, por así decirlo, una arma más en la constante y respetable batalla del mundo contra el Madrid, cariz que lo acompaña todavía e incluso en su reverso político. Fueron mucho más que entrenadores para dos equipos diseñados para rebatirse, razón sobrada para recordarlos con cariño en lo profesional y medida admiración en lo personal. Tanto es así, que los hay que pretenden ser los dos a la vez. Jürgen Klopp, por ejemplo. A la hora de la verdad, es difícil creer a quien con dos dedos de frente quisiera ponerse en el pellejo de cualquiera de los dos, no por la presión a soportar sino por a cuánta renuncia de su verdadero yo equivale fingir que esto es sólo fútbol.


📷 | Sports Illustrated

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