Zidane Real Madrid

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El Madrid lleva años diseñando su plantilla desde la gula, desde un afán incontrolado de paladar exquisito que únicamente encuentra su frustración en que dichos planteles sólo puedan ser de 22 jugadores. Como no hay escuela, ni maestro ni precedentes que puedan explicar cómo gestionar semejante trasatlántico, el club ha ido dando bandazos en busca del pastor que ordenara tanto exceso. Ancelotti acabó rindiéndose a las jerarquías y partiendo la plantilla en titulares acomodados y suplentes frustrados –desconectando de la competición a tipos como Keylor, Coentrao, Arbeloa o Khedira, que tanto hubieran podido sumar cuando en abril se fundieron los plomos–, y cuando Benítez vino a cambiar esto para desempeñar la tarea de entrenador propiamente dicha –lo que se haría con cualquier plantel que no fuera el del Madrid: instaurar una forma de hacer las cosas que todo el grupo acate, decidir sin presiones, equilibrar el grupo con jugadores con hambre de perfil más bajo como Casemiro o Lucas Vázquez que exigieran a los cracks, poder decir lo que quiera en las ruedas de prensa sin miedo a que se despliegue un circo cada vez que no responde lo que exige el guion, etc.– se dio cuenta que todas esas verdades que traía en forma de Bale mediapunta como en Gales, Cristiano delantero centro o rotaciones que oxigenaran a los que lo necesitan, necesitaban de carisma para hacerse buenas. Y como el carisma tiene mucho de saber imponer cuando estás en una posición superior –Valencia o Liverpool– y mucho de saber convencer cuando estás en una posición inferior, Benítez capituló.

Y ese es el sino del entrenador del Madrid: saber que va por detrás de la plantilla y no al revés. Admitir que está en una posición inferior, transmitir al grupo que cada decisión se toma porque no queda más remedio y ahí, con los jugadores sometidos desde la compasión hacia el técnico, empezar a liderar. Sepultado el perfil administrador de Carletto primero y el intervencionista de Benítez después, el Madrid pasó al impacto del mito, sin saber muy bien qué tipo de técnico era Zidane. Más que nada porque ni él mismo lo sabía. La receta para maximizar el rendimiento de un colectivo tan talentoso como tendente al capricho, o no existía o estaba por inventar.

Ese es el sino del entrenador del Madrid: saber que va por detrás de la plantilla, admitir que está en una posición inferior…

Desde el primer momento, Zidane entendió que el gobierno de esa plantilla no necesitaba ideales sino soluciones, y cuando vio que por razones de tiempo el fútbol asociativo no le daba para competir, no le remordió la conciencia el meter a Casemiro y hacerse fuerte desde el repliegue. Por creativa y revolucionaria, la planificación de esta temporada dejará un precedente para estudio en el club. Negociar el reparto de minutos, la dimensión de la parcela del campo de cada uno, respetar el grado en el escalafón de ciertos jugadores incluso cuando el rendimiento no lo sostenga o contener al tipo que viene a invadir por méritos propios dicho lugar jerárquico, eran suertes que formaban un castillo de naipes que no se podía permitir el más pequeño soplido. Se trataba de dejar de buscar lo justo –eso que parecía que iba a ser a principio de temporada cuando jugaban los que mejor estaban y que solo era el inicio de un recorrido diseñado a largo plazo– para encontrar lo útil. Y hacerlo en nombre de la frescura física, involucrando a todos de una manera u otra, era una forma perfecta de camuflarlo.

La clave era captar a Cristiano para la causa, porque eso haría que en la cabeza de cada jugador retumbara algo así como: si Cristiano cede, cómo no voy a ceder yo. El dame y te doy entre francés y portugués era ganar o ganar para ambos: ‘Tú juegas de nueve, yo te armo un ataque basado en centros al área; tú renuncias a las tablas de goleadores, yo te llevo en un estado óptimo a los partidos donde se reparte la gloria’. Liberado de la fatiga mental de ser el mejor cada día y cada vez más altruista con su equipo –sabedor de que tres cuartas partes del Balón de Oro están en ganar más títulos que Messi–, Zidane va camino de prolongar la leyenda de Cristiano durante unos años y a un nivel que hubieran sido imposibles si el francés no se mete en su cabecita.


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Zidane creó dos equipos distintos que nada tenían que ver el uno con el otro. Uno definido, inaccesible, aislado de la meritocracia y compuesto por señores de la Copa de Europa, que formaría ante rivales top, y otro rutinario que, moldeable a lesiones y descansos, extirpara el bajón de tensión de los titulares en los partidos mundanos que tantas Ligas han costado en este siglo para sustituirlo por la ambición de tipos de nivel cercano, igual o superior que aún deben ganarse ese estatus que solo dan las matrículas de honor en las grandes noches. Con este caldo de cultivo estos suplentes que no nacieron para serlo tienen minutos de sobra para demostrar que son potencial infrautilizado, algo que da vida a un vestuario donde nadie se siente marginado y genera riqueza al club, que mantiene o incrementa la cotización en mercado de estos jugadores.

La conexión con el jugador y el vestuario siempre irá por delante de la  sabiduría táctica del entrenador porque de nada sirve explicar el mejor plan si el que debe asimilarlo no tiene predisposición a escuchar. El Madrid tiene plantilla para ser referencia mundial en el juego, para arrollar con balón, y esa distancia con el espectáculo prolongado en el tiempo que se le adivina a tanto talento será lo que perpetúe esa opinión dividida y generalizada que mueve a Zidane entre el genio y el aprovechado del plantel gigante que le cayó del cielo. Pero eso será porque lo vemos con el prisma que usaríamos con cualquier otro club. En el Madrid hay muchas capas antes de llegar al juego y Zidane las ha superado todas para acabar desplegando un fútbol de ideas simples plasmadas de la forma más potente por los mejores futbolistas del planeta. Y eso un éxito sin precedentes. Porque como dijo Mourinho sobre Messi, una cosa es dirigir una plantilla de primer nivel y otra cosa es dirigir la plantilla de este Real Madrid.


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