Mourinho Juan Mata Manchester

Lo que Manchester ha unido


Dos semanas después de probarse el disfraz de Alex Ferguson a destiempo, José Mourinho abordó de frente una de las problemáticas que prensa española e inglesa ya empezaban a rumiarle: el futuro de Juan Mata. Mata, uno de los futbolistas con la cabeza mejor amueblada de la élite, perdió el favor de Mourinho en la etapa que ambos coincidieron en Londres, hasta tal punto que en enero de 2014 el jugador se desvistió y huyó a Manchester. Ya entonces pudo sorprender, por antecedentes, la ausencia de reproches mutuos entre ambos sobre todo teniendo en cuenta cómo las crónicas habían inflamado una relación profesional del tipo de las que suele diversificar sus víctimas pero que a menudo penaliza al que menos tiempo lleve. Sólo Mourinho y un par de técnicos más en el mundo, pueden permitirse librar batallas contra futbolistas y ganarlas recurrentemente. En ocasiones, como en su último año en el Chelsea -el posterior a la salida de Mata-, esta autoconsciencia rompe contra los salientes del resultadismo. Futbolistas como Eden Hazard, que es una bomba de relojería, se han hartado de recordarlo. Otras veces, como en Madrid, el océano de caspa se hace innavegable.

A finales de julio, Mourinho aseguró que contaba con Mata, atribuyéndole esta sonada inteligencia que brilla en un deportista cabal: «Sabe que sé que es bueno». En su primer año en el que presumiblemente será su último gran proyecto deportivo en la élite, pues Mourinho difícilmente pueda aspirar a algo más excitante que devolver al Manchester United a la gloria, el tubalense recibió unos pocos regalos del mercado para alargar su plantilla. Mata, que sonaba entre los damnificados por la llegada del técnico, esprintó para reciclar su trato con él y aferrarse a su confianza. Funcionó. «No espero que pida irse. Espero que siga trabajando como hasta ahora», terció. Algunos medios ingleses batieron las alas inventando. The Sun, muy proclive a esto, fabuló que Mourinho habría amenazado a Mata con jugar apenas uno de cada tres partidos si se quedaba. A día de hoy, ha disputado el 80% y está entre los ocho jugadores con más minutos de la plantilla. A posteriori, perturbados prescriptores y silenciosos nómadas de la verdad a deber cabecean cuando entrenador y futbolista se intercambian elogios tras las victorias.

A 17 de febrero, el Manchester United tiene mejor porcentaje de victorias (62,5) que Arsenal, Liverpool o Manchester City

Esto no fue siempre así. En noviembre, después de una fatal racha que alejó al United de la cabeza de la tabla -un triunfo en siete encuentros consecutivos durante octubre-, Mourinho flaqueó y por primera vez en mucho tiempo apuntó al suelo con la frente. Ha mantenido, en momentos puntuales, su carácter intacto. Apenas se ha permitido algunas bromas. Pero en noviembre recordó a su familia, todavía en Londres, y habló del estigma de huir de los objetivos. De lo solo que se sentía. Con cada gesto ante la cámara crujía un poco, y se esperaba al otro lado que finalmente se deshiciera en pedazos y desapareciera como tal. Esto hubiera dicho tan poco de su carrera, que se pagaba todavía mejor que se rehiciera y siguiera siendo Mourinho. Tras superar la polémica con Wayne Rooney, capital en Old Trafford pero sumido en una inagotable crisis de identidad que creo le aprieta desde que se hizo famoso, reposó su equipo sobre las piernas de Mata y Ander Herrera, que respondieron. Este último llegó a agradecer a Mourinho pocos días después su confianza y su trabajo, algo sin duda recíproco, y le responsabilizó de su llamada con la selección española.

Mata, a sus 28 años (29 en abril) está de vuelta de las guerras civiles. Bien sabe, como cualquier ser inteligente, que todavía es preferible un superior más frío a uno amigo y cercano, banal o transigente. Mata se ha reconvertido a futbolista polivalente -el camino más corto a la nada glamourosa intrascendencia de los habituales- que esta temporada ha disputado minutos de mediocentro, algunos de ellos en paralelo a Paul Pogba. Él y Herrera han dejado sin sitio, además de a Rooney, a Schweinsteiger -nunca lo tuvo-, Schneiderlin -fugaz paseo por el teatro de los sueños- y a Fellaini, que parece aguantar, como Mkhitaryan, en el expositor de retos personales de Mou. Se insinuó que despreciaba el talento  de Mata y que esto afectaría al jugador en la selección, propiedad de Vicente Del Bosque, quien contaba con él aún menos que el portugués. Lo llamaba, claro: pero no lo ponía. Vicente, al contrario que Mourinho, tenía muchos papeles de colorines para envolver los caramelos al network. Hay que saber jugar a esto. Luego, la producción futbolística del ex del Valencia se ha disparado. Su felicidad, también. Explica Mou algo muy sencillo que sin embargo suena a disculpa: «Una cosa era el juego del Chelsea, y otra el juego del United». Lo que quiere decir es que todavía es entrenador de fútbol. Pierde otra vez el sensacionalismo de saldo, ganan aquellos que se se han leído las instrucciones del juego.


Foto de portada: metro.co.uk

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