La vida sin Cristiano Ronaldo en septiembre

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El Real Madrid de Julen Lopetegui desconcierta por su falta de alma. Hay quien quiso atribuir, nunca simplemente, un éxtasis de personalidad en que el equipo fuera asumiendo mayor posesión de balón de la acostumbrada. Lo de siempre: otros juegan, el Madrid sólo mata. El fútbol a tres toques. Esto fue sobre todo mientras Luka Modric y Casemiro se asentaban en el once. Eran los días en que Karim Benzema volaba entre defensas soltando el balón como si estuviera electrificado, creando sus habituales espacios y sumando a su presencia de trequartista la que se supone debería ser su habilidad basal, el gol. Ya hace unos días que cavila ese pretendido -y obligado, parece, por las circunstancias- risorgimento porque es, como le corresponde a un proyecto en auge, un equipo que está buscándose continuamente. Lopetegui sabe que para jugar y gustar a la prensa tiene a Isco y Dani Ceballos, aunque sus roles competitivos sean distintos. El segundo tiene en todo caso espacio para crecer, aunque se enfrentará a las urgencias propias y también a esa percepción integral del mundo que acompleja a los entrenadores de los grandes equipos, no siempre tan libres como desearían para tomar decisiones. Sea como fuere, el septiembre blanco ha tenido mucho de veroño: postales, impostura, azar y genios huidizos con el histórico incordio palpable adherido. No ha dado con su medida: excesivo frente a la Roma en Europa, sobrio contra Espanyol o Leganés, impotente en Bilbao e insignificante en Sevilla. Siempre se puede aludir a cómo empezó la película: con derrota en profundidad en final europea ante un rival de casa.

Planea en todas las dudas la ausencia de Cristiano Ronaldo, que sobrevive en Turín más pendiente de abril. Su 7 lo heredó Mariano Díaz, futbolista brioso, delantero de funciones limitadas por su énfasis, a quien el Bernabéu corea y aplaude parece con cierta sorna. No porque no confíe en su rendimiento sino porque indudablemente esperaba algo más de este verano. Definitivamente avanza otra época. Se escribió mucho sobre los goles que dejaba huérfano el portugués y los más oportunistas previeron ocasión de negocio en subrayar el colectivo, una misión muy loable en un deporte que se juega en equipo. El airado despecho que afición y prensa ya no disimulan contra la tormentosa salida de Cristiano nubla un poco la perspectiva que daría para reconocer una ausencia mayor que la puramente futbolista. Quizá sea más por la cuestión extracorpórea tan burlada. En Portugal pasó algo similar, aunque concentrado en un único duelo contra Italia: su 7 fue Bruma, extremo afilado y liviano de 23 años que tenía a Cristiano Ronaldo en el espejo. En vez del equipo rocoso y denso que había acostumbrado en los dos últimos años, Portugal fue ligera en los pies de Bernardo Silva, soliviantado por el halago de Guardiola y eje de la acción nacional. Cuando el fútbol cambia de pies, cambia de orden. Al Real Madrid no le faltan únicamente 50 goles por temporada: le falta una razón. Si Lopetegui renuncia a las urgencias, condición de especial sensibilidad en Madrid, lo más probable es que acabe encontrando alguna -no necesariamente la mejor- en una plantilla colorida a la que se ha servido en bandeja la ocasión de de reivindicarse tras tres Champions League consecutivas.


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