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La victoria del hincha


Siendo entrenador del Werder Bremen a principios de los noventa, un periodista le recriminó a Otto Rehhagel -que años después llevaría a Grecia a conquistar la Eurocopa más sorprendente que se recuerda- el juego desplegado por el equipo alemán a pesar de la racha de victorias que le había aupado al liderato de la Bundesliga. El técnico germano, que arrastraba estas críticas desde un inicio de temporada pobre en resultados, no se calló: «El primero siempre tiene razón. Por tanto, yo tengo razón. Cuando vaya el quinto, podrás decirme lo que quieras». El fútbol no es un deporte en el que los resultados a corto plazo deban necesariamente dar y quitar razones dado que no siempre gana el que mejor juega -mejor no tiene por qué ser bonito ni vistoso-, pero el mensaje de Rehhagel -aun con ese tinte revanchista del que lleva aguantando tantos palos- era el necesario de un entrenador, que al fin y al cabo se debe al hincha y no al espectador.

La diferencia entre ambos la explicó Marcelo Bielsa en la conferencia en que anunció que abandonaba la selección chilena: «Lo único insustituible en el fútbol son los hinchas, que es distinto al espectador. El espectador es un tipo que mira y disfruta o no dependiendo de la belleza que se le ofrece. El hincha es otra cosa. ¿Por qué es insustituible? Porque se enfrentan Boca y River en plena huelga de futbolistas, juegan los reservas y los hinchas llenan la cancha igual. Porque lo que sienten es amor por la divisa». Claro que hay hinchas que priorizan el jugar bien o un estilo determinado, pero suelen venir de equipos saciados que están hartos de celebrar. Nadie se imagina a un hincha del Zaragoza actual renegando del juego de su equipo tras ganar una Copa del Rey o a uno del Milan tras haber reconquistado el Scudetto.

Fernando Santos, como el resto de seleccionadores, no tenía la misión de evolucionar el fútbol, ni de descubrir nada ni de contentar a aquellos que solo entienden como espectáculo un estilo de juego concreto. Su único cometido era inundar de alegría un pueblo al que históricamente la suerte le había dado la espalda cada vez que había visualizado la gloria como una posibilidad real. Así, Portugal fue rehaciéndose de la mano de su entrenador cada vez que la adversidad hizo presencia a lo largo de la Eurocopa. La selección lusa había mostrado un ataque estático de calidad, pero la falta de acierto de Cristiano en los dos primeros partidos y sus problemas en defensa impidieron que su clasificación para octavos fuera más holgada.

Fernando Santos no tenía la misión de evolucionar el fútbol, descubrir nada ni contentar a aquellos que sólo entienden como espectáculo un estilo de juego concreto

El giro táctico que Fernando Santos le dio al equipo para poder neutralizar mediante un repliegue bajo a una Croacia que venía realizando un torneo brillante hasta el punto de anular por completo su ataque, afrontar el reto de parar a Bale en semifinales sin Pepe -que merecía conseguir algo disociado de Sergio Ramos para acabar de poner en perspectiva el mítico central que ha sido-, el paso del 4-4-2 en rombo al 4-5-1 tras la sobrevenida lesión de Cristiano en la final o la apuesta por Eder para pasar al 4-3-3 y activar a Nani fueron soluciones para mantenerse en pie ante cada zarpazo en contra, y esa es la gran riqueza que puede aportar el entrenador en esta guerra donde cada vez hay menos diferencia entre contendientes. Claro que Rui Patrício, el palo de Gignac o los penaltis frente a Polonia pudieron dejar un desenlace distinto, pero Portugal maximizó lo mejor posible sus opciones de salir campeón llevando a cabo un fútbol acorde a sus recursos. Pensar que debió hacer un tipo de fútbol que no siente, un fútbol para el que no tiene jugadores que lo sepan desarrollar es incoherente con su derecho a intentar ganar.

Por suerte, los hinchas seguirán siendo los dueños de esto y a los espectadores neutrales no les queda otra que seleccionar lo que les gusta para disfrutarlo sabiendo que nadie les debe nada, porque ellos son los primeros ‘traidores’ que cuando no les guste el fútbol de un equipo se irán a ver a otro. Ellos no llenarán la cancha para ver a los reservas del River-Boca.


Alberto Egea es colaborador de Perarnau Magazine y Kaiser Football. Puedes seguirle en Twitter y leer aquí todos sus artículos en The Last Journo durante la Eurocopa de Francia. Esta colaboración ha sido remunerada


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2 Comentarios en “La victoria del hincha

  • DeSqueran

    Magnífico artículo.

    Sobre “jugar bien” y ganar: tal vez no gane siempre quien mejor juega, pero entonces, ¿cómo sabemos quién es el mejor? ¿Quién se atribuye el poder de designar al mejor, por encima —y ésta es la clave— de los propios resultados? Y, al nombrar “el mejor” al que no gana, ¿no se está sugiriendo que éste “debería haber ganado”? Yo, personalmente, me someto a este ascetismo de considerar siempre el mejor al ganador (si no interfieren otros factores, como las decisiones arbitrales flagrantemente injustas).

    Comparto esta distinción entre el público-espectador (que sólo mira) y el público-participante (el “hincha”). El espectador juzga el partido en función de si el espectáculo lo divierte o no; el que participa, en función de si su equipo se ha empleado a fondo o no. Pero juzgar el fútbol sólo, o principalmente, por su calidad como espectáculo, es devaluarlo, reducirlo a simple entretenimiento. Cuando el fútbol es, ante todo, un deporte; y, por lo tanto, una competición. Y en la competición, es la lucha lo que importa —la lucha y el resultado, por supuesto: el resultado, siempre dentro de los límites de la deportividad, es lo que determina la ‘verdad’ del deporte. El espectáculo en el fútbol no es más que un sub-producto de la lucha por vencer. Dos equipos que compiten con todos sus recursos, físicos, técnicos, táctico-estratégicos, mentales: ahí, y en ninguna otra parte, está la belleza del fútbol.

    Porque incluso el ‘espectáculo’, tal como se suele entender (brillantez técnica, goles), es un sucedáneo del verdadero espectáculo del fútbol, que incluye muchas más cosas. De hecho, un partido ‘feo’, trabado, y jugado entre dos equipos de capacidades limitadas, puede ser un espectáculo grandioso si tiene lucha y emoción —y si se se mira sin anteojeras y ‘tomando partido’.

    Así pues, para mí, es evidente que “jugar bien” es jugar de la manera en que un equipo puede competir mejor. El equipo contrario es la prueba de verdad, la piedra de toque, del juego de un equipo. No “se juega bien” en abstracto, en un ejercicio solipsista, sino en competición con otro equipo. Y, por cierto: “los hinchas que priorizan jugar el bien o un estilo determinado” probablemente no sólo estén “hartos de celebrar”, sino también de golear a equipos muy inferiores, incapaces de ofrecer resistencia. Así que no sorprende que sea precisamente este tipo de hincha el que se escandalice cuando su equipo da con un adversario que sí puede competir: ofendido en su sentido estético y moral, dictamina que “así no se juega al fútbol”. Sin duda, este tipo de hincha tampoco es imprescindible.