Jorge Sampaoli Sevilla Barcelona 2017

La mirada de Sampaoli


Si a los chicos de nuestra generación nos hubieran dejado diseñar la plantilla de nuestro equipo del alma no hubiera sido raro juntar a Guti, Francescoli, Valderrama, De la Peña o Hagi, dependiendo el capricho de la dosis de magia que estuvieran ofreciendo en esa etapa. Nos hubiera importado poco la inconstancia, la falta de adaptación al fútbol europeo, la poca fiabilidad en el día a día, o el empequeñecimiento en los días grandes. Queríamos espectáculo a granel, del que nos importaba poco los réditos que diera al juego. Luego hubiera venido nuestro padre a decirnos que más nos valdría que ese equipo no lo presidiera Jesús Gil, que no se puede sostener un plantel repleto de tipos que necesitan espacios porque se los comerían entre ellos y que a ver quién de estos iba a correr hacia atrás a la primera que se jugaran un pase mirando al tendido.

Decía Mark Twain que cuando tenía 14 años su padre le parecía un ignorante insoportable, pero que cuando llegó a los 21 alucinaba con lo mucho que su padre había aprendido en siete años. Mientras todos acabamos dando la razón a nuestro padre, Sampaoli ha dedicado su vida entera a rebatirle. Conservando los gustos de aquel niño, el técnico argentino ha desarrollado un arte que goza de pocos practicantes –que exija carisma, conocimientos, paciencia y poder de seducción ya reduce el número a cuatro eminencias–, consistente en limpiar el talento sucio. Sampaoli visualiza el talento escondido detrás del entorno contaminante, de la pereza, de la falta de ambición o del fútbol de un equipo que no le permite salir a relucir, lo abstrae y le crea un paraíso en el que aflorar. Nasri y Jovetic dan fe. Ese paraíso es el sistema, la captación del jugador –que cautivado, se adherirá a la idea y empapará todo lo que le transmitan– y la liberación del miedo a fallar, el limitante más poderoso contra el ser humano. Los tres principios que permitían a Guardiola meter de titular a Cuenca o a Tello en un equipo de estrellas sin que nada se alterara. Los que han permitido a N’Zonzi convertirse en un mediocentro de primer nivel mientras los demás, que augurábamos una temporada entera lamentando la no compra de Roque Mesa, veíamos una debilidad insalvable con problemas para dar fluidez a la posesión, girar tras recibir o batir líneas de presión.

Sampaoli visualiza el talento escondido detrás del entorno contaminante, de la pereza, de la falta de ambición

Sampaoli, como hizo Cruyff en su día, ha inculcado esta manera de jugar sin más punto de apoyo que el respaldo de su superior. Ni jugadores ni club tenían arraigado ese estilo de juego, al que ha ido dando matices que evitaran la penalización de resultados que conlleva todo proceso de aprendizaje, aunque sin alejarse mucho ni mucho tiempo de la idea original. Algo que ha provocado esas victorias que reafirman al vestuario, potencian la autoestima y fortalecen la creencia en la idea.

En Barcelona, en cambio, sí existe esa cultura de juego y se dispone de jugadores que han llevado ese estilo a la cima, además de una afición que perdona derrotas si el camino es este porque es precisamente este camino el que le ha llenado la sala de trofeos. Escudarse en que ya no hay un Xavi o que la edad de Iniesta le limita el número de minutos para renunciar a un proyecto tan potente es dar la espalda al proceso, a lo que fue motivo de orgullo del hincha culé, a aquella foto de Messi, Xavi e Iniesta en 2010 que llevaba implícito el mensaje de ‘nosotros creamos balones de oro’. Qué no hubieran dado Sampaoli, Maurizio Sarri o Eusebio por poder tener a Busquets, Iniesta, Piqué o Messi, no ya en cada partido sino en cada entrenamiento para que el resto de jugadores se ordenaran en torno a ellos y aprendieran por imitación. ¿Hubieran dicho que Arda, Denis, André Gomes o Rafinha no tienen ADN para el juego de posición o hubieran intentado adivinar sus potencialidades para sacar lo mejor de cada uno protegidos dentro del engranaje colectivo? Estarán o no a la altura del Barcelona, pero es difícil que entiendan el fútbol culé si nadie se lo explica antes. Porque si el Barcelona pretende reemplazar a Iniesta o a Xavi solo acertando con el fichaje, sin darle una partitura, va a tener que rezar por que uno de esos tres o cuatro que serían capaces de hacerlo en el mundo –y dos juegan en el Madrid– se decidan a recalar allí. Y eso ni es proyecto ni es nada.

En un fútbol donde todo es cada vez más previsible –no por falta de creatividad sino porque el estudio y el conocimiento global llevan a que cada vez se prevean más cosas–, la apuesta de Luis Enrique por alejarse del estilo en su primera temporada tenía sentido si la idea era volver, como se vio en la segunda. En esta se ha alejado tanto que ha acabado por perderse. Es cierto que Luis Enrique cogió un equipo tocado, pero mientras los jugadores que tenían inoculado como un virus el fútbol de Guardiola siguen abandonando el club o su llama se va apagando de forma natural –Xavi, Alves, Iniesta–, en el club no hay relevo ni maquinaria para que surja. No deja de ser paradójico que la herencia que deje el asturiano en Barcelona se vaya a poder comprobar mucho mejor en el museo que en el campo.

No le iría mal al Barcelona esa mirada de niño de Sampaoli, esa rebeldía por no dejar morir el fútbol que le enamoró de joven. Ese que sigue siendo su patria. Solo ese fútbol podrá crear a los sustitutos de Alves, Iniesta, Busquets o Xavi. Ese que traiga una estructura en la que desarrollarse. La misma que les convirtió a ellos en las leyendas que son hoy.


Foto de portada: elconfidencial.com

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