La guerra de los mudos

Como epílogo a su transgresora jugarreta radiofónica, Orson Welles se dirigió a una audiencia todavía alborotada, testigo del choque entre dos civilizaciones que no admiraban proporcionalidad, con un esperanzado «espero que se sientan aliviados al saber que nada de esto iba en serio». Un corolario que agradecería, por parte de la razón, cualquiera de los que durante el mes de octubre han asistido al espanto independentista agarrados a las garantías del Estado de derecho. O cualquiera de los que, con el peligroso paternalismo constitucionalista, perdieron el tiempo imaginando una disculpa de naturaleza humana -cobarde- que soslayara las amenazas que han caído del lado del mal y devolviera el veneno a las glándulas. No ha sido así ni remotamente, y los percusores del taconeo -sin la oposición- sobre el cuerpo jurídico catalán del 6 y 7 de septiembre no han dejado ir una sola oportunidad de prolongar la broma que ha derivado en fractura; de enfatizarla y convertirla en bandera del delirio supremacista que, al fin, ha dado con algunos de ellos donde se presuponía desde el comienzo: la cárcel. La relación de apellidos martirizados -objetivo único de las causas sin base argumentativa- casi se recita de carrerilla, como ocurre con las alineaciones de equipos de fútbol de leyenda: Junqueras, Turull, Rull, Borrás, Forn, Romeva, Bassa y Mundó además de Vila, este el único bajo fianza gracias a una consciente maniobra a título personal con eco partidista. Así se disuelve, se entiende, la primera de las afrentas públicas al bienestar y queda respondida, de forma cautelar, la apuesta de la parte blanda del gobierno separatista por canalizar el siempre próspero negocio del odio a través de los sermones victimistas que la población catalanista, prescriptores premium incluidos, ha extendido a un espectro internacional que nunca los ha tomado tan en serio como ellos mismos pretendían.

members of former catalana government
Foto | thetimes.co.uk

Aunque en realidad y visto desde el espacio esta historia sólo responde a los esquemas más fundamentales del juego democrático, actores satélite, medios, opinión e indocumentados apuestan, con las manos en la masa, por la retórica ya descaradamente de bloques. Muchos de ellos, además, se arrogaron todo el derecho a permanecer en silencio durante el tiempo que duró la amenaza al orden que encabezaron estos adultos y algunos que siguen huidos, cuya percepción de la lucha, qué sorpresa, se reduce al cacareado eco de las nuevas tecnologías frente a la desilusión de las personas -igualmente adultas y aparentemente formadas- a las que lograron engañar. Como nadie puede concebir que ningún ser humano en plenas facultades opere tan torpe e irresponsablemente sin conocimiento de causa, cabe pensar que el agravio separatista, más la correspondiente y justa -y tardía- aplicación del artículo 155, esperaba justo esto de su intimidación: llevar al límite, como apuesta a largo plazo, a un Estado sin ánimo belicista ni, mucho menos y de revancha pese a lo que opinen, encantados de encontrarse micrófonos por el camino, los antagonistas. Ahora vuelven a tener bien sujeto el mango de la sartén para voltear su relato: una oportunidad glotona de todo de cara a las elecciones del 21 de diciembre a las que no deberían concurrir por integridad secesionista, pero a la que irán a toda costa con tal de no perderle la boca a la ancha y célebre teta pública. Todas esas lágrimas impostadas, las voces quebradas del independentismo de burocracia tramposa, acabará por suerte donde toca, que es en un lugar seguro apartado del torrente ciudadano del que también queremos apartar a los violadores, los corruptos, los asesinos y los psicópatas en general. Quién sabe: puede que un día necesitáramos que la justicia nos funcionara a nosotros. Luego está lo de la dignidad: al menos Orson Welles llegó a disculparse, pero sin embargo a esta gente les falta echarse a bailar en corros, congraciándose por haber hecho las cosas tan mal.


Foto de portada: time.com

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