La furia ácida

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Nunca vi tan lejos a la selección española de la alemana como en un amistoso disputado en agosto de 2000 que acabó con una honorable vaselina de Raúl sobre Oliver Kahn para maquillar lo que a mediados de la segunda parte ya era un 4-0 primoroso. La Eurocopa pifiada semanas antes había comportado el primer escarceo de siglo de España, por entonces todavía furiosa pero mal conjuntada, con la pereza: luego llegó Corea y después, el Mundial de 2006, las dos citas previas al secuestro en las que expectativa y realidad se desencontraron -nadie esperaba nada de la Eurocopa de 2004- con los medios, y el especial arbitraje extranjero, como cooperadores necesarios. Entonces, por cierto, sí se podía hablar de los escándalos. No sólo era una opción, sino que además parecía una obligación, una responsabilidad para con la verdad. Hoy son delirantes, salvo si dañan la imagen de cualquier otro deporte que no sea el fútbol y a cualquier otro protagonista que no sea el tradicional enemigo común. También hubo agravios en el gol fantasma de Míchel en México 86 y sobre todo la sangre de Luis Enrique en el 94 -que, quién lo diría, hizo español a Piqué-, pero nada como un buen alboroto grupal como el de Corea, con todo dispuesto para sueños altos, para alinear la repulsa y la condena. No han vuelto a equivocarse gravemente en contra -si acaso, a favor: que le pregunten a Portugal en Sudáfrica 2010-, así que la cuestión arbitral, además contemporánea de la mejor época de la selección, ha quedado convenientemente apartada de las portadas. Hasta que vuelva a hacer falta.

Casi dos décadas después, la distancia entre Alemania y España definitivamente se ha acortado. En este tiempo, Joachim Löw ha ordenado, midiendo los experimentos, una selección que sólo pudo ganar durante el tiempo que España se acodó en el bar rodeada de fotos viejas y recuerdos tristes. Le ha costado sudor y diatribas, pero su transición, Copa Confederaciones mediante, sigue ejemplar. Ha explicado su método a doce promociones de futbolistas, de Lehmann a Ter Stegen y de Schneider a Draxler, sin más compromiso que el necesario con un puñado de jugadores, contados con los dedos de una mano, no sólo imprescindibles sino también dignos que han calculado perfectamente el paso a un lado. A Schweinsteiger, por ejemplo, se lo comió el fútbol: pero cualquiera intuiría que un futbolista del perfil Lahm se habría perpetuado a toda costa en cualquier vestuario y sin dar pie a réplica. La buena generación de futbolistas jóvenes, muy adaptados a la velocidad del mercado y el juego actuales, que Löw ha tenido la suerte de seleccionar en cada una de sus etapas, habrá ayudado. Pero un día marchará y Alemania quedará floja, incorpórea. Su carrera de desgaste persiguiendo a España -obsesión que el mismo Löw reconocía a las puertas de 2014- obligó a tomar decisiones drásticas y deseleccionar estrellas, como Podolski o pronto Neuer, porque ganar es el medio y no el fin. Si el medio no persevera, no hay razón para incidir en el error.

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(AP Photo / Martin Meissner)

La furia española, indignada de nuevo estos días, y con rutinaria teatralidad, por las acusaciones de la Malta del 83 de amaño y dopaje del 12-1, atiende al despertar con el camino paralelo a la prosa, que es uno similar a este de Löw. Por supuesto Julen Lopetegui tiene sus favoritos, como volvió a demostrar el 1-1 amistoso en el que presumiblemente podría haber probado nuevos jugadores en las posiciones de siempre. Flexible con el sistema pero sereno para con sus convicciones, y aun así humanizado, Lopetegui va a los Koke, Thiago e Isco como Löw iba a los Klose, Mertesacker y Özil: a toda costa y sin preguntas. Otra de sus apuestas de generación, Rodrigo Moreno, va camino de revelarse como la más valiente, toda vez que el nueve de la selección, que no necesariamente ha de ser un nueve para golear como tal intangibles aparte, encaja en el juego entre líneas con una naturalidad casi erótica. Con mucha menos presión de la heredada por ganar -trabajo que debe a la deplorable última etapa de su antecesor-, Lopetegui ha cerrado una fase de clasificación prácticamente perfecta en la que España ha recuperado el orden y la fiabilidad arrastradas en los desencuentros casi correlativos de 2013, 2014 y 2016. Han pasado seis años, seis, desde la Eurocopa de Polonia y Ucrania y España, en absoluto por sorpresa, va a Rusia entre las candidatas. Si el objeto no despista y la derrota no plantea más que las cuestiones técnicas debidas, y si se deja a Lopetegui elegir libremente, es probable que España tarde menos en alcanzar a Alemania de lo que Löw invirtió en ser feliz.

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