La camiseta era un mantel

luka modric croacia argentina 2018

«Y ya lo ves, y ya lo ves, tu camiseta es un mantel» le cantaban los hinchas argentinos en Nihzni Novgorod a los croatas. Tu camiseta es un mantel. Los argentinos arrastran esa mística falsa y tendente a lo grotesco de animar mucho; animar mucho, ser muy ingenioso en el cántico, mover mucho los brazos, como el que está pidiendo que le tiren un jamón en la cabalgata de los Reyes Magos, está muy bien visto por el nuevo periodismo deportivo. Te da cierto aura de superioridad. Es algo ligado intrínsecamente al odio al fútbol moderno, que por omisión se relaciona con la ausencia de entusiasmo o de espontaneidad en las tribunas de los estadios. Los argentinos cantaron y cantaron, como en ellos es norma. En el estadio también. Cantaron mucho. Más que Willy Caballero, que también cantó. Y eso es decir mucho.

Si uno repasa las alineaciones titulares puede llevarse una sorpresa. El portero croata juega en el Mónaco, que el año pasado ganó la liga francesa y llegó a semifinales de la Copa de Europa; de los centrales, uno juega en el subcampeón de Europa, Liverpool; el lateral derecho, en el Atlético de Madrid; la medular es la esencia de Madrid y Barcelona; por la derecha, un tipo que le metió dos goles al Bayern en la final de la Copa alemana; por la izquierda, el mejor jugador del Inter, y en punta, el delantero suplente de la Juventus de Turín.

¿Qué pasa en Argentina? Dos de sus futbolista de inicio, Meza y Enzo Pérez, juegan en su liga. Ninguno de los croatas lo hace. Argentina sigue siendo una de las favoritas clásicas en las previas de todos los Mundiales porque tiene a Messi y porque allí jugó una vez Maradona. Guarda dos copas en su vitrina pero no gana nada desde 1993. Sin embargo tienen los mejores publicistas del mundo: sus aspiraciones se transforman en corrientes de sentimiento globales gracias a la magia de la propaganda, que conecta de modo magistral el pulso esquizoide de su afición con ideas universales de emoción y delirio colectivo reconocibles hasta en la última aldea groenlandesa. Naturalmente, Argentina era favorita. Tenían a Messi.

Los croatas fueron una fiel infantería. Destacaron cuando Napoleón invadió Rusia hace doscientos años en su ejército multinacional. Dice el sargento Bourgogne en sus memorias que oyó decir a unos camaradas franceses que habían visto a croatas asando carne humana en la pavorosa retirada desde Moscú. Fueron gente briosa bajo la corona austrohúngara. Al abuelo de Luka Modric, otro Luka Modric, pastor en una aldea serbocroata cerca de Zadar que también se llama así, Modric, lo mataron al principio de la última guerra, estertor del cadáver imperial Habsburgo. El nieto pasó la guerra balcánica pegándole pelotazos a una pared en el hotel donde convivía con cientos de refugiados. Del Hadjuk Split, el club con el que soñaba, lo desecharon por enclenque. Anoche en Nizhni repitió el balonazo de su vida, el de Manchester con la verde del Madrid: un pelotazo tras requiebro, con el interior, duro y seco, marcando una curva primero ascendente y luego descendente que clavó en su sillón a Argentina, a Croacia, a España y al que le dijo que no valía para el Hadjuk.

Toda la Argentina de Sampaoli huele a obsolescencia, a pasado de moda. A artrosis

Mascherano fue clave en el mediocentro del Liverpool que eliminó al Madrid en 2009. Han pasado 9 años. Mascherano dejó de jugar en el medio para hacer carrera de central en el Barcelona. En la misma Argentina jugó sus mejores partidos de jefe en la defensa, alcanzando la final de Maracaná hace cuatro años. Sampaoli lo prefirió a Banega, por ejemplo. O a Di María, que se antojaba utilísimo como carrilero en el 3-5-2 que dibujó al principio del partido. Se decidió por Tagliafico. Di María llegó a la cumbre de su trayectoria en el Madrid como interior reconvertido por Ancelotti en el plantel de la Décima. Ya no tiene la mecha explosiva de entonces pero conserva gol y carisma, justo lo que le sobraba a la media croata que se le oponía enfrente. Sampaoli prefirió a un bisoño del Ajax y a otro que juega en River. Todo en su Argentina huele a obsolescencia, a pasado de moda. A artrosis.

Rubén Uría dice en Sport que Messi es como un Ferrari abandonado en una granja. Si una cosa tiene Messi es que no le van a faltar juglares que borren las manchas de sus fotos. Rusia es tierra experta en eso: Stalin mandó borrar a Trotski de todos los retratos, de los libros, de la memoria de la gente. Lo cierto es que contra Croacia Messi dio menos pases que el infortunado Willy Caballero, otro que aprendió a jugar de pies con Guardiola, según él mismo declaró el año pasado. La narrativa dominante sostiene que Messi juega rodeado de matracas pero esa misma narrativa, empeñado en compararlo Maradona (y en esperar a que lo supere) no puede soslayar que esta Argentina que se debate en Rusia como un náufrago del Titanic no tiene peores jugadores que los que acompañaron a Diego Armando en México. Parece agotada la vía del descrédito colectivo argentino, sobre todo cuando Ronaldo demostró que igual que hace dos años en Francia, el éxito portugués depende de cómo respire él tanto como las mareas oscilan según la Luna.

Messi dejó malas vibras, como dicen allá, desde el himno. Todos miraban al frente con circunspección, nadie cantaba atronadoramente, como suele suceder en los equipos sudamericanos, pesaba la tensión vivida desde el partido contra Islandia, pero él se tocaba la cabeza como si tuviera jaqueca. Nunca fue muy expresivo, no es como Cristiano, al que se le adivinan las palpitaciones desde Funchal, pero Messi también transmite. Últimamente sólo parece conectado al gran corazón de su hinchada cuando enfrente está el Madrid. Si la presión se le bajaba a Messi a la sien, a sus compañeros los volvió locos. Lo gritaron todo desde el comienzo. Parecían un equipo de Guardiola llevado al manierismo, al manierismo desquiciado del que se ve al borde del precipicio.

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En el campo fue invisible. Durante la primera parte Argentina soportó el envite porque Croacia se limitó a buscar a Mandzukic con timidez: no debe ser fácil verte de repente favorita ante la selección más publicitada de todas las Copas del Mundo. Uno se pregunta, ¿qué sería de los argentinos sin los anuncios lacrimógenos, sin las voces en off desgastadas, sin esos spots en los que parece que el mismo Cortázar está relatando la toma de Troya? La cámara no dejaba de enfocar la grada y los argentinos cantaban como para espantar un mal inmenso, un terrorífico pavor. Probablemente, para alejar el horror al vacío. Messi deambulaba y apenas la pedía, era como si estuviera otra vez en Roma una noche de abril. Más allá de la burla que parecen merecer sus compañeros de selección entre la opinión publicada de todo el mundo, a un tipo que tiene cinco balones de oro y que aspira a ser el mejor de siempre se le pide algún arranque de orgullo. Alguna cosa. Algún dámela que los arrollo, algún taurino dejadme solo.

No hubo nada de eso. Croacia despilfarró dos ocasiones claras en la primera pero la tercera, pasado el primer compás de la segunda parte, decidió el partido. Willy Caballero desmintió la teoría de que los porteros modernos deben aprender a jugarla con los pies como antes sólo se le pedía al 8 del equipo y le regaló el gol a Rebic. Rebic había ya ajusticiado al Bayern, hace sólo dos meses, en la final de la copa alemana. La cosa es que Croacia rebosa de jugadores así. El que más y el que menos ha jugado la Copa de Europa, o se ha dado de navajazos con algún grande europeo. En Argentina todos parecen exfutbolistas, tipos que juegan allá de vuelta de Europa, gente que parece peor de lo que es. La psicosis nacional es inquietante y perturbadora.

La psicosis metió el 2-0. Desde el gol de Rebic Argentina se aniquiló. Intrascendente, el único slalom cayendo sobre el área croata fue de Meza. Esas cosas se le piden a Messi. Qué menos. Uno recuerda a Bale en las semifinales de la última Eurocopa, 2-0 abajo contra Portugal, y lo rememora subiendo la pelota desde su propia portería hasta el área de Rui Patricio. Sacando y rematando sus propios córners. Messi se tocaba la nariz y agachaba la cabeza. No se crece ante el castigo. No es un miura.

Cristiano se niega a perder, o al menos a no reclamar una oportunidad de cambiar el destino; Messi se evade

La gente se suele reír de Ronaldo, entre otras cosas, porque jamás se muestra manso ante el castigo. Eso lo lleva a veces a protagonizar escenas grotescas. Pero siempre ocurre que se niega a perder, o al menos a no reclamar una oportunidad de cambiar el destino. Messi se evade. Quizá tenga algo que ver la obsesión colectiva que atenaza al país. Un hombre sabio, Ancelotti, dijo que para él la Décima podía ser una obsesión o un sueño, y que prefería tomársela como un sueño. Mourinho ya dijo algo de ese estilo un poco antes. Al final los eruditos de este mundillo extraño pero pasmosamente simple tienen razón cuando hablan y conviene escucharlos. Todo es más fácil de lo que parece. Argentina vive enjaulada en su propia paranoia mundialista. La belicosidad en torno a la albiceleste ha terminado jibarizando a sus propios jugadores. Influye también saber que están viendo al mejor fulano nacido en el país desde Maradona, y que se le están pasando los mejores años. Puede que no vuelvan. Cada vez falta menos.

Argentina no está eliminada pero no depende de sí misma. A Messi le quedan balas. No sería la primera vez que un individuo arrastrase a un colectivo en un torneo así y lo alzase desde el fango hasta la gloria. Todo es posible. De momento la certeza es que el tipo que ha destruido el fútbol europeo en los últimos tres años a base de golazos y carisma mantiene intactas sus opciones de ganar una copa que nadie antes que él consiguió en la nación de Eusebio, Futre y Figo. Su adversario histórico, enfrentado a una sombra confusa en la que se mezclan la proyección narrativa que de sí mismo imaginó medio mundo y la silueta rechoncha de Maradona, afronta un partido cargado de misterio, de presagio de muerte. Nunca antes hubo de escalar montaña semejante. Le diferencia eso de Cristiano, o de Modric, niños hechos a arrostrar tempestades. El chico del derechazo a la cepa de Willy fue MVP de la liga bosnia, la más cruda de los Balcanes, con menos de 20 años, después de que en Split lo declarasen inhábil para la competición. Con del 0-3 de Croacia a Argentina, no sólo se va a decidir una Copa del Mundo. También un legado.

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