Hasta el viento tiene miedo

real madrid 3-1 psg

De entre todas las condiciones que el Madrid pone a sus resultados, algunas orgánicas y otras futuristas, la de la adhesión del Bernabéu en las noches europeas es la más erótica. La comunión no se razona. Se ha escrito tanto y tan bien al respecto que sólo queda pasarlo bien, igual que un errante rezonga en el limbo con la mitad de su cuerpo vibrando una vida que no le pertenece. El espeluznante PSG, dopado hasta las cejas de dinero prestado, concurría, se entiende, para reivindicar la época verdaderamente oscura que el madridismo juvenil ha superado surfeando chistes ajenos. Pero el efecto pasó rápido. Emery se deshizo al final como un novato ante la batalla táctica, poderosamente predecible, que Zidane reactivó con los cambios de siempre en los minutos de siempre. Jugaban en la misma dirección persiguiendo retos diferentes: el vulnerable rincón francés.

Neymar, que disfruta en París de todo el protagonismo que no le dejaron en Barcelona, surgió envalentonado con amagos y carreras que siempre acompañaba la caballería que reina en Francia. Le ha perdido el miedo a liderar, como en Narnia las contadas veces que faltaba Leo Messi. Lo disparatado y peligroso de Qatar y el capricho espurio del mercado facilitaron el vaivén estival y así está, buscando la ocasión de ser grande. Mucho tiene que correr para llegar a tiempo de serlo sin que le afeen el retraso. Adrien Rabiot, primer goleador de la eliminatoria, fue en el postpartido la voz de los borrachos de bar castizo: «Es fácil meterle ocho al Dijon, pero es aquí donde tenemos que ser decisivos». Rabiot es un tipo a seguir. Además de lograr enfriar el Bernabéu por unos instantes, garantiza el no siempre bien pagado valor de la honestidad.

Lo que pasa es que en la Champions League pesa mucho la noche. Mientras Emery cuidó su dibujo favorito, el Madrid fiaba la conducción a Isco, vertical, en lo que trataba de no desmembrarse como ocurrió en el desafortunado circuito de rebotes del 0-1. El madridista, que siempre encuentra algún resquicio para reaccionar, zozobró hasta el inocente penalti a Kroos que convirtió Cristiano. El portugués ha vuelto del letargo autoimpuesto para empezar a castigar en su época predilecta. Otro año más, reflejado en el agua fría de su futuro a corto plazo, implicado con el gol. Su fiabilidad es proporcional al vórtice de escepticismo que convoca cuando se queda a cero contra equipos de mitad de tabla hacia abajo. Retomó la pelea con un gol de cazador que subía el 2-1, ya con Asensio y Lucas pelando las necesidades básicas del PSG. A esto ayudó la espiritualidad de la competición.

La idea más innovadora de Emery fue retroceder para dar área de influencia a Mbappé a espaldas de los centrales: subió a Alves, con el movimiento displicente que tan bien funcionó en Turín hasta que, claro, apareció el Real Madrid en primavera. Marcelo, abrochando la certeza de la superioridad, apareció para el 3-1. Zidane pocas veces se vio en situación tan franca para sacar músculo directivo, aunque tiene un problema grave que cortar: el estado, no ya futbolístico sino humano, de Karim Benzema. Desposeído de su pie, ni siquiera encuentra apoyo cuando va al suelo, tribunero. Aunque nunca fue el nueve de la calle, siempre fue el nueve del vestuario. Quizá ese tiempo haya pasado. Quizá la camiseta, a estas alturas de la película, ya le quede holgada. No es el momento de plantearse nada mucho más trascendental, pero Benzema todavía proyecta un rito de intimidación que se dispara, eso sí, cada vez con menos frecuencia.


Foto de portada | @RealEspartaB

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