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Eterno retorno


Dice Gaizka Garitano que un entrenador es un facilitador de soluciones, el que ayuda a los jugadores a maximizar su rendimiento. Y esto engloba muchas cosas. El que disfruta el privilegio de entrenar a Messi arrastra la penitencia de que cuando gane, ganará por él. Y otra más dolorosa: que será verdad. Sin embargo, Messi, en una de esas pocas cosas que le hacen recordar que es un mortal más, necesita más que nadie del entrenador para que todo su talento se muestre de un golpe a cada segundo. Para que salga a relucir en ese puñado de partidos al año donde su devastadora inercia –la que abarrota su trastero de Ligas y Copas– no siempre es suficiente. El éxito de Luis Enrique en este apartado está fuera de concurso. Lo sacó de la jaula en la que se había convertido para él la demarcación de falso delantero centro y lo mandó a la banda para apisonar Europa desde otro frente, antes de comenzar un tour por todas las coordenadas del campo que le permitiera explicar que él es el juego en sí mismo. Que es la decisión acertada pensada y ejecutada al alimón, con la técnica perfecta y en el momento que toca.

Guardiola insistía en que a Messi solo podía frenarle el aburrimiento, y Luis Enrique no dejó de dibujarle paisajes de calidad para retrasar al máximo ese momento. Conseguir que Suárez, Messi y Neymar hicieran prevalecer el nosotros al yo, que se comprometieran en correr cuando tocaba y que hicieran del altruismo interno su disfrute, valió más que cualquier pizarra como base de los éxitos. Más que nada porque esta creación le permitía incluso equivocarse en tácticas y estrategias, esas que las más de las veces ardían en los incendios que provocaban estos tres. El Barcelona de Luis Enrique como equipo de culto será el Barcelona de los quince meses. Ese lapso de tiempo entre enero de 2015 y marzo de 2016 donde el equipo tocó techo con dos estilos dispares: original e indescifrable el primero –promover el caos hasta convertir el partido en un pinball con una bestia ganadora en cada desembocadura: Piqué en una, la MSN en la otra–, previsible y aplastante el segundo –sometimiento desde el balón, sabiendo el rival no solo que va a morir, sino también cómo va a morir–.

El que disfruta el privilegio de entrenar a Messi arrastra la penitencia de que cuando gane, ganará por él

Pero en el parón de selecciones del pasado marzo se marchó un Barcelona y vino otro. El partido ante el Madrid, sin tener aparente trascendencia, pareció manchar la temporada con el duelo ante el Atlético en Champions a las puertas, y desde entonces Luis Enrique ha ido corto de soluciones en todos los terrenos. Bien por la elección de los fichajes o por la incapacidad de crearles un contexto en el que lucir, el interior que venía a cubrir los minutos que deja de jugar Iniesta –que cada vez serán más– no ha comparecido. Sin un bloque sólido, Sergi Roberto deja de poder esconder detrás de su piel de futbolista inteligente y talentoso el hecho de que no es lateral. Y con Aleix Vidal en esa situación enigmática, no fichar un lateral derecho arrastraba además que la opción de Sergi Roberto como interior dejara de ser tal.

El equipo se acomodó en la mediocridad del juego porque tener a Messi al nivel de estos meses no exigía mucho más para sacar resultados. Sin mecanismos en salida de balón, la presión alta más corriente ponía en problemas al Barcelona, que encontraba respuestas en el hecho de tener a cinco jugadores, uno a cada altura del campo (ter Stegen, Piqué, Busquets, Iniesta y Messi), que piensan el fútbol igual. La baja de Iniesta agudizaba la realidad colectiva y Emery, que lo sabía, la acabó de desnudar. Luis Enrique, consciente de la realidad, sacó a un Iniesta renqueante a modo de caballo de Troya que hiciera dudar a esa posible presión. Pero Emery, que ya era de los poquitos valientes que presionaban al Barcelona de Guardiola en el Camp Nou –en tiempos en los que este equipo había hecho del repliegue asignatura troncal entre el gremio de entrenadores nacionales–, iba a ir a la yugular. Verratti pareció un jugador nacido dentro de cincuenta años caído en un partido de los años sesenta, con cuatro o cinco segundos para pensar, una playa a espaldas de su marca y unas líneas de pase con los mediapuntas tan limpias en mitad de esta que si en lugar de ser el Barcelona es el Ludogorets ahora estaríamos renegando de un formato de competición que deja clasificar a cualquiera.

En el centro del campo culé ha pasado de no ponerse el sol a sucumbir ante medulares como la del Madrid o la del PSG que ni siquiera disponían de mediocentro puro. La vulgarización acelerada del equipo vendrá a salvarla el de siempre. Él dejó el juego de posición como elemento nietzscheano de eterno retorno. Volverá a ser Cruyff el que señale el balón como camino a casa cuando el club se canse de buscar un rumbo.


Foto de portada: libertaddigital.es

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