Estuvo ahí todo el rato

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Cuando José Mourinho dio paso a Raphael Varane en el Real Madrid en primavera de 2013, sabía que tenía algo grande delante. Tanto fue así, que vinculó esta decisión al conato rebelde de Pepe, titular hasta entonces y pieza fija de la última década: «No es fácil para un hombre de 31 años ser atropellado por un niño de 19, pero es la ley de la vida… y el niño es fantástico». Mourinho, primer valedor real de Varane, tenía la llave y no daría un paso atrás. La explosión mediática del central llegó sola, a través de un mes de ensueño con exhibiciones frente al Manchester United y sobre todo ante el Barcelona en Copa en las que dejó, además de dos buenos goles por alto, un descomunal servicio de entradas a tiempo, cortes en carrera y anticipaciones. Algo desmesurado, a ese nivel, contra esos rivales y defendiendo ese escudo, en un futbolista de 20 años recién cumplidos. Por si fuera poco, acababa de debutar con Francia. Claro que la primavera no acabó bien para nadie: diez días después del impulso público de su entrenador, Varane forzó para encimar a un rival y notó enseguida la descarga interna de dolor afilado que se siente cuando algo va mal en el menisco. No pudo jugar la final de Copa que el Real Madrid perdió en casa ante el Atlético y días después, Mourinho y Real Madrid separaban sus caminos con sensaciones tan encontradas que cinco años después se siguen echando de menos.

Varane siguió, pero la sombra de aquella lesión postergó su explosión. La expectativa desatada alrededor de sus decisivos partidos de mitad de temporada fue enfriándose hasta el punto de que incluso se sospechó que nunca sería el mismo y que su prometedora progresión quedaría estancada ahí. Pepe recuperó su lugar con Ancelotti en el banquillo, y a las primeras de cambio la gerontocracia alzó la Décima en Lisboa. Sin embargo, Deschamps lo llevó al Mundial en junio -muchos le atribuyeron un error de marca fatal en el gol de Hümmels que detuvo el camino de Francia en cuartos de final- y en octubre ya había sido capitán. Con 21 años. Varane pisaba entonces un mundo en el que los grandes centrales ya escaseaban y además se encontraban concentrados en los equipos de élite: Gerard Piqué, Thiago Silva, el propio Hümmels, su compañero Sergio Ramos, el primer Gary Cahill conocido. A su lado trotaban contemporáneos, como Marquinhos o Samuel Umtiti -con el que ha ganado el Mundial de Rusia haciendo una de las parejas- que no parecían tanto. La pérdida, hasta cierto punto prevista, de espectacularidad en sus acciones ayudó a rebajar la perspectiva, pero ya en 2014 Varane era un defensa marcado. Fuera de los titulares, la experiencia y presión que conjugaba cada semana en Valdebebas lo estaba convirtiendo en un zaguero más clásico, de riesgo cero y virtud táctica, lejos del velocista portentoso -pero blando y descolocado- que había sido meses antes.

Aunque entonces Sergio Ramos ya era central en el Real Madrid -ahora uno de los mejores de todos los tiempos, por no especificar más-, el lugar a su lado quedaba desierto para un paso último del francés, arropado por Zidane en todo el tiempo que el técnico tuvo que elegir. Desde la retirada de Fernando Hierro, cuyos estertores profesionales aún se pueden visitar en el museo de los horrores del madridismo del siglo XXI, el club había contratado futbolistas incontables en una posición que requiere, además de genio, una naturaleza especialísima resistente al fallo y la atmósfera. Campeones del mundo como Fabio Cannavaro o reputados centrales como Walter Samuel ni se asomaron, en sus tiempos en Madrid, a lo que Varane presagiaba cuando atropelló a Pepe. En lo que reconducía su carrera superando puntuales pero tenaces problemas físicos, Varane seguía creciendo esperando a encontrarse lo suficientemente entero como para impedir cualquier cuchicheo más sobre su regularidad. Todavía es imperfecto porque todavía tiene 25 años, la edad que tenía Ramos cuando el propio Varane debutó con el Real Madrid. Pero a su espalda carga quince títulos de blanco y el reciente Mundial, en el que ha vuelto a destacarse como figura del fútbol actual. No resuena tanto porque ahora tiene más Champions que highlights de YouTube, pero impresiona entender, en 2018, que el central que esperaba toda una generación estuvo ahí todo el rato. Y que a su edad, la mayoría de sus contendientes históricos no habían salido siquiera del banquillo más que para aplaudir un despeje del compañero al que nunca atropellaron.

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