Pepe Real Madrid

El oficio más antiguo del mundo

El fútbol ya tenía mucho camino rodado antes de Pepe y seguirá, lo quieran o no los astros, una vez Pepe haya abandonado la práctica del fútbol. Su recorrido por la altisonante élite lo ha realizado de blanco, con un Real Madrid al que ha acompañado en todas las etapas del duelo. A saber: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Durante la primera etapa, Pepe fue a ojos ignorantes un central sobrepagado. Entonces costó treinta millones, cifra ridícula y corta si nos atenemos al siempre prodigioso después. La admirativa presencia de los mass media anticipaba otra apuesta al pozo para una demarcación maldita en el club, sobre todo tras el doble disparo fallido con Walter Samuel y Jonathan Woodgate años atrás. Fabio Cannavaro, que coincidió con el portugués, tampoco hizo honor a su tarjeta y la consorte periodistía lo achacó a la exigencia dual (físico-estrategia) del fútbol español. Pepe se sobrepuso pronto y asentó su dorsal por delante del portero. En los años de la ira se descubrió a un Pepe antagónico, como soñado: fuerte, agresivo y cáustico, incoherente. Junto a esta arrolladora personalidad de central grande desarrolló otra faceta: la de zaguero total. Hacía años que en Madrid un central no corría tanto a bandas, ingrediente imprescindible en ese conjuro, absorbido temporada a temporada, gracias al cual también empezó a elevarse sobre la media un tal Sergio Ramos que se preparaba para abandonar el lateral. Cuando la icónica agresión múltiple al Getafe, titiló un Pepe fuera de sí cuya energía recondujo José Mourinho. Aunque acabaron chirriando por razones naturales, nadie negará que la apuesta del técnico por adaptar a Pepe al centro del campo -decisión heredada del dibujo de Queiroz en Portugal- resultó al final clave en la principal victoria del mourinhismo: detener al que las crónicas veneran como el mejor Barcelona de la historia. Y Pepe era indispensable.

El madridismo logró perdonar al central esas acciones censurables que la opinión pública perseguía con oportuna indignación de pegatina a la vez que toleraba, cuando no incitaba, prácticas similares en los otros. Durante varios años, Pepe era Pepe gracias en parte a esa porción de carácter especial que lo distinguía. Durante esta etapa tuvo lugar el estado de negociación, que el jugador quebró al reaccionar contra su entrenador, alineándose con los aliados. Mourinho lo vio más claro que ninguno: «Pepe está frustrado porque lo ha atropellado un niño». Se refería a Varane, el primero en la línea de sucesión del portugués. Con el desliz frente a la única autoridad del fútbol, Pepe deshizo el concordato con una parte importante de la afición que empezó a desempolvar viejas rencillas. Con todo, siguió siendo útil. Perdió la vehemencia a medida que cumplió años y cuando ya asomaba a la edad que amenaza a los defensas de largo recorrido, encontró el paraíso en la Décima. Luego llegó la Undécima. Seguía siendo importante hasta que el niño volvió de su atasco en la rodilla -similar pesadilla pasó el propio Pepe el año de Pellegrini- y recuperó el lugar en el centro de la defensa. Aunque volvió a hacer de artesano fiel, fue inevitable el paso al penúltimo estado: depresión. Pepe perdió el favor de los técnicos y aun así cumplió hasta la Duodécima. Por detrás, acuciaba la reconfortante promesa de la eternidad en esta sucesión de jerarquías horizontales que históricamente siempre ha viciado los vestuarios de solera. Claro que, a su pesar, la jugada salió al revés y ni tan siquiera la pirotecnia contra el presidente le sirvió para limpiarse el dolor de no firmar el que pretendía como su último gran contrato de blanco. Y se fue al Besiktas.

La cuestión de ver a Pepe a los 34 años jugando en la liga turca funciona de escaparate y moraleja. Los rencorosos todavía le niegan la mayor y llevan a la conversación su día de furia ante el Getafe para, en fin, menoscabar la altura futbolística de su paso por un Real Madrid que por fin dio con un central de garantías para una década. Hay escépticos que lamentan su pérdida con el corazón y la celebran con la cabeza, pues al paso a un lado de un futbolista ya mayor le debería seguir, por definición, el salto de Varane a la línea de liderazgo y quién sabe si no también la aparición de Jesús Vallejo en el rol de apagafuegos juvenil que el francés liderara con esa solvencia extraterrestre a esa misma edad y justo en las peores noches de tormenta. Pese al cambalache naif, es de justicia reconocer que tras la careta palpita una mueca de decepción por cómo se ha abrochado el final de un futbolista tan capital para un equipo tan necesitado de perfiles así en época de dominación rival: parece que todas las partes apoyaron la opción de la ruptura sin que a ésta la siguiera una sola explicación de nivel. Que la vida sigue ya es una enseñanza demasiado cruel en lo mollar como para además frivolizar con ella en lo muy mundano del fútbol: que la particular personalidad de Pepe -y por extensión, de su agente- ha dado al traste con sus últimos retazos de jugador de élite sí es una enseñanza que cualquiera podría extraer y reflexionar para sí. Así, en el último estado del duelo, Pepe aceptó a regañadientes que este deporte, a cierta edad, es elegir entre la bolsa y la vida. Como los futbolistas a veces pueden permitirse estos caprichos, se acabó imponiendo la egolatría. Sus practicantes aplauden su decisión de abandonar una batalla para salir al retiro quedo del anonimato. En otras palabras: el elogio de la cobardía, el oficio más antiguo del mundo.

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