El gusto de destruir

annihilation netflix 005 2018

Algo incómodo y primitivo desordena el principio de previsibilidad de la industria y deja pistas, entregas, del tumulto creativo que demanda el espectador. Aunque Annihilation (Aniquilación) es la adaptación de una novela de Jeff VanderMeer que además forma parte de una trilogía, la plana idea de enseñarla en pantalla grande arropada por las virguerías sonoras del momento se supone arriesgado, por lo turbio de la metáfora y los alicientes artísticos derivados. De ahí que Netflix, que ha distribuido en solitario la película en España, la redujera con este movimiento al selecto grupo de cine en esencia independiente que sin embargo no puede permitirse vigilar gastos. Aniquilación narra el viaje, también interior, de un grupo de mujeres que se adentra, una vez han fracasado y desaparecido todos los equipos anteriores -se da a entender que en su mayoría formados por hombres- en lo que llaman the shimmer (resplandor, centelleo), una original frontera alienígena tras la cual se va abriendo, firme aunque tranquilo, una realidad extraña. Lo que escribió Éluard: «hay otros mundos, pero están en este». Toda la película es un mensaje en racimo del que prenden muchos desafíos. El primero y más obvio es la inmortalidad: el personaje de Natalie Portman está obsesionado con perpetuar a la especie humana, razón que se descubre en flashbacks pero también en su primera aparición natural, liberada, en la que explica a un grupo de estudiantes cómo se reproducen las células tumorales. Cualquiera diría que esto podría bastar para justificar su interés en la misión eje de la historia, pero como siempre, hay algo más allá.

Se lo debía. Por eso fui

No es casualidad que las mujeres a las que Portman se une en lo que se autodeclara «una misión suicida» tengan algo que perder rumbo al mundo al otro lado del resplandor, donde esperan especies mutantes hostiles, giros pesadillescos y la siempre agotadora alteración del tiempo y el espacio. Se descubre, poco a poco, que la razón de Portman es potente pero doméstica: sospecha que su marido (Oscar Isaac) ha descubierto el affaire que mantuvo con un compañero durante su ausencia de un año en misión secreta, que resultó ser también al otro lado del resplandor y de la que volvió en un urgente estado catatónico. El único superviviente de todos cuantos cruzaron la cortina jabonosa, ahora retenido en un complejo junto a Portman por los secretos que ambos pudieran conocer. La primera escena de ambos juntos no puede ser más explícita, aunque sobre todo se entiende al final: frío y hermético, Isaac no es capaz de responder ni una sola de las preguntas de su pareja. Incluso llega a expresarse en un sospechoso y simple conjunto de obviedades cuando le pregunta cómo ha llegado a casa: «Estaba fuera de la habitación de la cama, vi la puerta abierta y te vi a ti. Y te reconocí por tu cara». No es que la película necesite esconder mucho acerca del estado y la misión de Isaac de vuelta al mundo conocido: pero su incidencia en la quebrada rutina de la bióloga es al final el objeto último de la portentosa necesidad de expiación de Portman. Esto tampoco es sorpresa: «Se lo debía. Por eso fui», son sus palabras al investigador que la interroga a su vuelta del resplandor. Porque, sí: Portman también ha logrado regresar. Es la segunda superviviente.

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Por un momento cabe fantasear con el ímpetu aventurero, acaso kamikaze, de las mujeres de la película para dirigirse a una más que probable desaparición, hasta que se resuelve la desesperación de cada una de ellas en dar respuesta, cuando no solución, a su vacío personal. Como si el resplandor se alimentara a distancia de este pesimismo, que al final embauca también al hombre en sintonía sobre la tierra: porque en Aniquilación hay indirectas de índole humana y eso implica al macrocosmos naturista. El cáncer es una constante indisimulada, hasta el punto de que otras dos protagonistas lo afrontan, de distinta forma pero con similar conclusión, en lo que Portman le busca razones y solución en paralelo: una, Jennifer Jason Leigh, lo padece; otra, Tuva Novotny, perdió a su hija a causa de él. Su alto índice de devastación encaja perfectamente en el frío diálogo que Jason Leigh mantiene con Portman: «Confundes el suicidio con la autodestrucción, casi nadie se suicida pero casi todos nos autodestruimos». Y entre las maneras en que el ser humano elige poner a prueba su durabilidad incluye el matrimonio, porque Jason Leigh sabe más de Portman de lo que a ella definitivamente le gustaría. Aunque en su entrevista con el investigador defiende que «necesitaba volver», Portman también ha ido al resplandor a limpiarse, aunque no necesariamente a morir. Y eso el resplandor también lo sabe.

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El final de Aniquilación es un servicio de matices refinados, ejecución fantástica y soberbia y divertida interpretación. Portman ha perdido a todas sus compañeras, llegando una de ellas (Gina Rodríguez) a amotinarse pretendiendo que el caos absorbiera su galopante angustia. Tras un pesado camino de supervivencia y descubrimientos que la engullen -como el de las plantas que crecen con genes homeóticos que les dan forma humana-, llega por fin al faro donde se originó el resplandor. Es evidente que el faro es casi más una incubadora que un hogar: que su potente imagen como contenedor de vida supera con creces cualquiera de las interpretaciones que como simple edificio puede arrojar. Gana altura el reverso religioso que el propio personaje de Jason Leigh también cuenta entre las opciones que explican el resplandor, y volvemos a la expiación. Las chicas serán guerreras, pero es su naturaleza la que las carga de razones, en este caso, para necesitar respuesta de un aparte desconocido de su dimensión, una representación de la que no regresar a vidas con problemas de carga insoportable. Esta sublimación de la naturaleza humana y su desconcierto consustancial es lo que destaca a Aniquilación como una película de notable atrevimiento, sobre todo gracias al revestimiento y teatro del acto como puro de heroísmo, por cierto una virtud del suicida amparada por pensamientos románticos.

Allí, Portman descubre qué ha pasado realmente con su marido, pero no es suficiente. Encuentra, dentro del cráter que la bola de fuego original surcó en el suelo del faro, a Jason Leigh despidiéndose de ese mundo y del otro. Y de ahí emana la vida: el vórtice alienígena crece, destella y envuelve a Portman, extrayendo una gota de sangre de su piel y replicando su ADN en un doble que imita sus movimientos y la persigue en el faro hasta que la deja inconsciente, o muerta, en su intento de huida. El hermetismo con que Portman responde a las preguntas del investigador durante la película, y que no ha llamado la atención hasta entonces, brilla en ese momento anticipando lo esperado: misión completada al otro lado del faro. «Estaba creando algo nuevo», declara al investigador. Aunque Portman acaba aparentemente con su doble, incendiando y destruyendo el faro, el resplandor ha plantado su semilla. A su vuelta, los médicos se sorprenden: Isaac se ha recuperado milagrosamente. Ella lo ha devuelto literalmente a sus funciones, cualesquiera que sean estas. «No eres Kane, ¿verdad?», pregunta. «Creo que no. Y tú, ¿eres Lena?». La respuesta es un abrazo con un tililar compartido de iris. Como Aniquilación es la primera entrega de una serie de tres -y lo subrepticio de la historia está en realidad muy de relieve- nadie se ha rebanado los sesos buscando explicaciones, pero Garland lo borda adaptando esta amenaza sobre culpa, verdad y presente que guarda más de ciencia que de ficción.

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