El golazo y algo más

Pasados diez minutos del Alemania-Suecia, la realización lanzó un grafismo singular que se detuvo en la siempre apetecible anécdota: la obscena diferencia de pases totales intentados (130 a 12) entre un equipo y otro. Los comentaristas españoles cayeron en la trampa encantados, condicionados por el religioso fútbol de toque adoptado como principal camino, si no a la victoria, al menos a lo que ellos llamarían espectáculo. «Es significativo», comentaban entre ellos dándose la razón sin oposición. Significativo de qué. Toni Kroos, especialista consumado de la distribución a diversas alturas -quizá el principal especialista mundial en esta faceta-, batió en este mismo partido su récord personal de pases durante la temporada: 121. Sólo falló tres en toda la primera parte, pero uno de ellos propició un ataque en inferioridad que lo obligó a recuperar campo para, segundos después, perder de vista a Ola Toivonen, goleador inesperado. En un parpadeo, había vendido a su país con el error más improbable (promedia un 90% sobrado de acierto en pase partido sí y partido también, en largo, profundidad u horizontal), pues el 0-1 quebraba la participación en Rusia de una Alemania vencida y fría, perseguida por los interrogantes en los últimos meses y especialmente tras la derrota frente a México en la primera jornada. Las cámaras fueron a él con un retintín de western barato, rodeándolo. Se permitió dos miradas al suelo, una pasada de mano por el flequillo y poco más. Hacía un minuto que Gündogan había entrado a sustituir a Sebastian Rudy, hasta entonces impecable ordenando con balón pero superado limpiamente en cada salida vertical de los suecos, exponiendo a los centrales muy lejos de un área no tan dominada por Neuer como antaño. El 0-1 sublevó la ocasión de Alemania de reinterpretarse, aunque el proceso no carburó de inmediato y de hecho Suecia pudo ampliar ventaja justo antes del descanso.

La segunda mitad encumbró a Kroos y no únicamente por el gol, que en su caso es un complemento. De la misma manera que había forzado la recuperación del 0-1 en contra de manera improbable, ganó el partido con otro exotismo, a veinte segundos del final, firmando un golpeo decidido al palo largo de Robin Olsen, quizá mal defendido por una barrera corta. Por el éxtasis en la grada, la cara de Jan Olof Andersson y cómo tensionó Kroos los brazos en una celebración salvaje y violenta que fue portada de todos los medios con vergüenza, parecía justo entender el 2-1 como una de las imágenes icónicas del torneo y quién sabe si no de la historia de los Mundiales. Momentos así sólo pueden resolverlos campeones de manual, ganadores de estos llamados silenciosos -discretos, prudentes, acostumbrados- que faltan muy pocas veces al timbre. Claro que no siempre puede uno darse el festín de remontar un partido decisivo con un golazo en el 95. Un sector literario se ha acomodado en el relato libre de la épica, que muchas veces anula por omisión todo el trabajo anterior a las celebraciones. Kroos sufre lo mismo en el Real Madrid, renovado dueño de Europa con él de guía. No es casualidad. El componente narrativo del 2-1 lo tiene a él de protagonista en el peor trance de su selección, por una entrega blanda y fallida extraña como un fenómeno verdaderamente paranormal, y también en el mejor, sobre todo por el gol pero también por el carácter desbordante de su fútbol de percusión durante la segunda parte. Lejos de extinguirse y dejarse engullir por la desventura, se postuló para estrella de apertura de telediario: impuso el orden a Gündogan, subió el balón y encajó en su área a Suecia, pendiente además de la entrada de Mario Gómez. El golazo cursó la vía de excusa perfecta para el elogio de su monumental partido. «El primer gol fue cosa mía, claro. Pero luego tienes que tener pelotas para jugar así la segunda parte». En la entrevista postpartido, Kroos escribió este mismo artículo en veinte palabras.

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