Derecho a creerse grandes

Griezmann Atletico de Madrid Europa League

El fútbol es un algo tan simple que sólo tiene dos formas de explicarse. Una es a través de la ciencia, con geometría y método, una estructura del sudor orientado. La otra, cerril, apela a las vivencias y el sentimiento, la religiosidad, el apego. Intangibles. El Atlético de Madrid de Simeone ha controlado ambos escenarios, pero sólo ha ganado en el primero. Simeone recogió del suelo un equipo que venía de hacer el ridículo, con Godín, Falcao, Koke o Filipe Luis contra el Albacete. Un compañero de redacción salía esa noche de la oficina recitando un corolario familiar: «A mí estos cabrones ya no me engañan más». Vaya si lo hicieron. Ha pasado más tiempo del que muchos querríamos reconocer, por lo que respecta al pertinaz ciclo autoconsciente de la vida. Pero ha sido tiempo bien invertido: el Atlético regresó y peleó contra los mejores, se mimetizó a su manera con ellos, levantó títulos europeos, luchó otros, consiguió una Liga.

A la vez que se hacía peligroso y Simeone diseñaba Zamoras alrededor de una defensa de carrerilla apenas afectada por los retoques, el aficionado, educado para encajar lo peor, disfrutaba a medias de una situación anómala en el siglo y adquiría, a precio de saldo, la homilía del perdedor con suerte. Muchos aficionados veteranos rescatan ese trajín emocional cuando les preguntan: tienen aún más miedo a la victoria que a la derrota, por lo que representa. Estando como está el volumen rojiblanco tan ensimismado con la contracultura -buen negocio-, no es de extrañar que a la larga cualquier título se goce con reticencia. Incluida esta última Europa League, torneo desprestigiado por sus propios protagonistas y cementerio de glorias del fútbol que no alcanza. La virtud atlética esta vez encontró salida en un cuadro amable, de equipos sin fuste, una vez consumada la traición a la única y inalcanzable Champions League cuya genética respetaron sin resultado final.

Gabi, el capitán -futbolista que en condiciones normales trotaría en ratos intrascendentes de no ser por la importancia que da Simeone a las jerarquías reales-, lo llamó mierda al caer ahí de rebote y en el fragor de la victoria, sin embargo, expresó a las cámaras que el triunfo les permitía seguir en lo más alto. José Mourinho pasó por algo similar el pasado año. Es simplemente la osadía de los golpeados, a quienes en caliente no les compensan los dos pasos hacia atrás a cambio de recuperar la sensación, imagino que siempre agradable, de la victoria.

Griezmann, hombre de la final –pero señalado, y con saña, durante las semanas huecas del Atlético de esta temporada-, celebró dos goles con aire a despedida, porque en frío también se ve a sí mismo perdiendo una salud que no corresponde ni a su capacidad ni a su mercado. Podría quedarse en el Atlético siempre que supieran hacer el esfuerzo por valorarle -los últimos movimientos dejan poco margen a la negociación-, pero también podría atreverse a probarse rodeado de ganadores habituales y desquitarse de sufrimiento. Aquí al francés le toca decidir, por concretar, si se queda con el método o con la grada, si se ve capaz de derrocharse o si prefiere darse el homenaje de considerarse enorme. Será el estilete de la fase final de Simeone en el Atlético, la razón de ser de su afición, que en las mismas nunca acaba de tener muy claro si ganar es algo malo o algo peor, por el qué dirán y porque les confundan con esos ricos a los que fingen mantener a distancia, constituyendo la realidad un lastre psicológico mucho más apabullante de lo esperado. De parecer grandes, ya se ha comprobado, depende el resultado y sobre todo la homogeneidad, deportiva y social. El Atlético de Simeone no propone demasiado pero es el mejor del mundo en la omisión de creatividad. Para creerse grandes, en cambio, hacen falta el toque de cercanía con el vulgo que tanto viste la épica colchonera y también, por qué no, atreverse a ser felices de vez en cuando por cuenta propia y sin necesidad de esperar el tropiezo del vecino al que no llegan.

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