Marcelo Sergio Ramos

De vuelta a casa

La ofensa es abierta y libre, en la medida en que el ofendido ejerce un papel activo en el hecho de sentirse ofendido. No es necesariamente inhumano, pero se puede trabajar. Como quiera que sea que la envidia es un impulso natural que dispara la ira, es de un obvio rotundo que el ganador no esté nunca a salvo de las adversativas. Menos si es un ganador habitual. Todavía peor si ha ganado durante décadas. El escenario se oscurece aún más cuando el ofensor es el Real Madrid, ganador de la última liga española. En el dispendio conmemorativo del título que los jugadores ofrecieron a los que trasnocharon, algunos de ellos hicieron un experimento y participaron del derecho a réplica que muchas veces, quedos y leales, se guardan. Acordándose de los rivales que alinearon oraciones contra su felicidad homenajeaban también a esa luz brillante de odio que cruzaba el país desde hacía semanas: aunque generaciones enteras han cruzado alegrías y decepciones, caer en la gracia del madridismo es esperar lo uno y sobreponerse siempre a lo otro. Si algo tiene el Madrid es narrativa de victoria, algo que sólo puede inspirarse, y esta es la segunda simpleza del párrafo, a través de la victoria. Luego no es de extrañar que las victorias blancas, sobre todo cuando empujan a los gángsters a sus madrigueras, queden insuficientes del lado propio y especialmente dolorosas del ajeno.

Luego está el que se puedan discernir azar y precisión: pocos títulos se ganan gracias a la suerte, aunque en una liga la probabilidad de ganar sin merecerlo -esto es, sin intentarlo semana tras semana hasta el final- sea un reflejo. El odio, tan irracional, es un delator fidedigno de grandeza y poco se odia en este país tanto como las cosas bien hechas y sobre todo bien parecidas. De la gestión de Zinedine Zidane al frente del Real Madrid en su primera temporada completa se ha escrito mucho y muy bien, y que en año y medio haya ganado Liga y Champions con el club en su primer viaje en la élite puede dar una idea de lo que espera a la vuelta si el correo se cuida y se razonan las composturas. Cuando voleó a la escuadra de Glasgow en 2002, Marco Asensio tenía seis años: ahora se devuelven paredes en los entrenamientos. Es difícil no comulgar con una figura admirada, no atenderle a razones o seguirle hacia cualquier acantilado. En mitad de los festejos, Isco atribuía al francés la principal responsabilidad del triunfo: lo hacía un futbolista a quien muchos han colgado el cartel de maltratado a las órdenes de un técnico que no siempre confió en él pero que, como la mayoría, lo ha tenido de opción inmediata cuando lo que hacía falta era fútbol. Es mérito de Zidane y mérito de quien apostó por él cuando todavía parecía demasiado pronto.

En el campo se han sobrado cuestiones alfanuméricas de recorrido. Hubo un momento en que flaqueó la consistencia madridista con unos empates de fútbol contado durante los cuales surgió el insaciable monstruo de la manipulación. Todos esos tropiezos se contaron, por cierto, dentro del récord de cuarenta partidos consecutivos imbatido que posicionó al equipo. Uno de los presentes ha sido Sergio Ramos, mejor líder que defensa, rescatador de oficio en momentos puntuales y tampoco por casualidad, protagonista como el alcohol en una fiesta de graduación. Este año, además de servir, ha tenido que cocinar hasta el último tramo de temporada, cuidando de un Keylor desangelado que resurgió precisamente en el rato clave del año, justo tras la derrota por 2-3 en el Bernabéu ante el Barcelona. A los lados se han lucido dos sobresalientes laterales, sin discusión los mejores del mapa, que han dado otra dimensión a la ofensiva blanca, enviada a una velocidad menos que antaño. Donde el cuerpo pediría un rematador, se erigía siempre Cristiano Ronaldo, de 32 años, que llevaba siete sin promediar menos de un tanto por encuentro. Un futbolista que, este año sí, ha empezado a respetar sus naturales límites y ha adecuado los aciertos a las necesidades. Subrayando, sonriente, aquello que le afeaban sus comunes opositores de que no era relevante.

Aunque sólo habían pasado cinco años de la última liga madridista, las fotos de entonces en Cibeles destellan como recuerdos encarnados sobre un pasado desigual y sangrante: hay primeros planos, por ejemplo, de Mourinho y Casillas compartiendo sonrisa. La liga de los récords, cuya icónica celebración de Cristiano en el Camp Nou adorna el final del pasillo paralelo a la unidad digital del Real Madrid, se retorcía como una conjura en el recuerdo a cada título cruzado entre rivales: el madridismo levantaba títulos fuera de casa, como aquellas dos Champions inolvidables que destruyeron a Simeone o el regalo de Bale a los libros de historia con su autopista de vuelta del infierno. Pero faltaba una rúbrica doméstica que reeducara la dimensión de un club condenado a ganar, amenazado por teatralidades y adversarios no siempre deportivos, depuesto de su categoría dentro del país que sigue obligando a los niños a elegir y acostumbrándolos después a ser felices o a tener que familiarizarse con lo mundano y la épica del verso. A ellos los consuela la nimiedad que los disgusta, que es lo que aventuraba Pascal sobre la ofensa: pero lo que de verdad pesa en la historia es que tienen la memoria más corta todavía los madridistas que sus incontables enemigos, lo cual no hace sino redundar en beneficio de un palmarés ganado a golpes secos de autorreivindicación.


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