Otegi

Crónica de la náusea


Diría que lo peor del homenaje a Otegi en Anoeta fue en esencia su razón pura, es decir, la propia etimología del insulto a la democracia en aplausos y vítores a un tipo que en diversos momentos de su vida y sin que haya mediado reflexión real ha adornado de palabrería algo tan poco justificable como son asesinatos a sangre fría o atentados con ánimo perverso de enviar mensajes de negociación. Ocurre que en España hace tiempo que lo peor no lo eligen quienes votan sino quienes gobiernan, que pese a la analogía, no tiene en demasiadas ocasiones mucho que ver: por eso a Otegi, político rescatado de la cárcel para la causa vasca que dice va a resucitar –una pena que sólo resuciten los indeseables-, no se le puede observar más como filoterrorista irredento sino como preclaro paladín de la libertad innegociable. La cárcel, como tampoco fue la que las familias de las víctimas que su ETA dejó, además le ha pintado esa cara robusta de superviviente. Lo que le faltaba al populismo: un mártir real. Pero no, lo peor del homenaje a Otegi en Anoeta tampoco fue el recibimiento malsano a la figura retórica de la muerte incondicional o del dolor transparente. Ni tan siquiera, aunque esto podríamos discutirlo, que los medios nacionales libraran una batalla con el rigor que a veces es preciso ganar a cualquier precio cuando de desafíos abiertos tan evidentes se trata, desafíos no a la cambiante y añeja idea de unidad que repudian campistas y viudas bolivarianas, sino a la vida en sí. A la vida que ahora disfrutamos porque un etarra sin pistola es menos etarra, parece. Lo peor del homenaje es esto último, el pulso político que se nos cuela en la rutina con impunidad y sirviéndose del blando brazo del recuerdo.

Que un etarra sin pistola puede llegar a ser tan o más peligroso como sin ella es una advertencia que el mundo siempre deja latir pero que en este país parece estamos ansiosos por comprobar. No digamos ya un etarra con escaño, con micrófono, con voz, con voto, con espacio en televisiones, con libros, semblanzas, editoriales, artículos como este. A los psicópatas hay que honrarlos en muerte, como a los dramaturgos, pero nunca antes, pues se corre el riesgo cierto de atribuirles capacidades que ni soñaron alcanzar. Cuando esta periodista de ETB que no merece más propaganda decidió por su cuenta y riesgo bailotear al asesino consorte en lo que a todos luces parece una irrebatible explosión de autonomía –véase que nunca se censura con las palabras adecuadas, sino con trapos limpios que tapan cadáveres que ya no sangran-, no estaba haciendo más que apología también de ese dolor y esa muerte que en comunidades españolas se ha sentido a cada tiro y cada temblor antes de que irrumpiera la engañosamente moderna amenaza del terrorismo islámico. Medios bailando a terroristas. A gente a quien le cuesta más pedir perdón que pegar un tiro. Y que por si fuera poco son vistos por parte nada despreciable de la población como guías o mecenas del cambio, gente normal, luchadores, militantes del carro dorado de la autodeterminación. Ni que decir tiene que este salpicón de sangre a la independencia catalana a la que Otegi dice apoyar a horcajadas no es más que otro boomerang: con o contra nosotros. Por suerte seguimos más metidos en lo que pasa como para dar con nuestro desayuno en el suelo tras la náusea infinita que los que querríamos considerar nuestros provocan al recordar, con esa indisimulada alegría, a asesinados y mutilados en pos, dicen, de la libertad.

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