Clases


Mientras se definía como entrenador, Zidane ganó una Copa de Europa y se quedó a tiro de una Liga que se le hizo corta. Tras apartarse del camino complejo del Real Madrid protagonista con balón por falta de tiempo –la primavera se echaba encima y el juego del equipo se había estancado– y de alguna pieza en el tablero –como un portero que le otorgara ventajas en la salida de balón–, el técnico francés encontró un atajo competitivo en unas pocas certezas tan simples como difíciles de enfrentar.

Un año después el Madrid original, el Madrid con el que Zidane se jugaría la vida, es el mismo. Mismo once, mismo esquema y ninguna evolución –más allá de la escalada continuada hacia el estrellato de Casemiro y Carvajal–. Y no por fracasar en el intento sino porque no se ha considerado necesario acometerla. Los bastiones siguen siendo la fortaleza atrás, las individualidades arriba, la frescura física, el balón parado y una resiliencia paranormal como colectivo. Los estados de forma o inspiración van marcando el nivel defensivo, la contundencia en ataque o la capacidad para improvisar jugadas, porque entre los cimientos de la idea no se comprende la elaboración de los ataques sino la finalización sin importar el cómo. Es decir, el primer objetivo del ataque no es buscar una ocasión de calidad que nos acerque al gol sino evitar un contraataque. La simplificación lleva al centro al área. Si no existe juego interior que desordene por dentro al rival y permita conseguir superioridad posicional a la hora de centrar, el equipo pasa a depender totalmente de la superioridad cualitativa –cuenta con grandes rematadores–, pues los que cargan el área siempre van a estar en inferioridad numérica respecto a los defensas. Anulado el factor sorpresa, solo la calidad individual, el empuje o el fallo del rival marcaran la cuota de gol a favor en ataque estático, pero el gol en contra estará a salvo.

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Si este Madrid del once de gala busca bajar las pulsaciones al mínimo y jugar a que no pase nada es porque si no pasa nada, gana Zidane. Gana el balón parado, que es el Messi del Madrid. El ‘porque sí’. El derribador de argumentos. Un puñal que carga la mochila, hace grupo, reafirma la idea en la mente de los jugadores y da el visto bueno al ‘ya conseguiremos lucirnos en el próximo partido’. El fútbol del Madrid es tan previsible como previsible es su victoria.

Morata TLJ

Esta idea anuda un once predeterminado y elitista porque cada demarcación delante de la línea defensiva no tiene un rol intercambiable, sino que viene definida absolutamente por las características del jugador en sí. Atender al estado de gracia de un jugador para definir el once iría contra la idea principal, así que tener a los titulares en condiciones para los días grandes lleva a un sistema de rotaciones en el día a día que no deja de mostrarnos el Madrid que podría ser. Los partidos monótonos que suelen traer un bajón de tensión de los hombres importantes los ha transformado Zidane en escenarios de reivindicación para jugadores de calidad, que no entran en un estilo con recorrido donde sería más fácil engranar –combinan la falta de continuidad con la obligación de adaptación a diferentes puestos en diferentes esquemas y planteamientos, con distintos compañeros, etc.– sino que deben valerse por sí mismos para lucir. El talento de estos jugadores de segundo orden y la implicación sin balón que exige Zidane al que quiere tener oportunidades –esa que negocia la BBC dependiendo de la trascendencia de los encuentros– va camino de acabar dando al Madrid ese plus de puntos que valen una Liga, pero también está poniendo en el escaparate la mejor versión de jugadores como Isco, algo que en contraste con el bajo estado de forma de turno de cualquiera de los titulares funcionará como arma arrojadiza el día que se pierda.

Meter a Isco en el once elevaría la creatividad del equipo y el nivel del ataque, pero también lo haría la presencia en el carril central –donde las probabilidades de pérdida aumentan y las consecuencias son más dañinas, más sin tener trabajada una ruta asociativa en la gestación de la jugada–, zona que el Madrid solo pisa de puntillas. El malagueño es un jugador radicalmente distinto a cualquiera de los que jugaron frente al Atlético y su sola entrada cambia el plan. Y el plan es innegociable.

El principal papel de Isco para Zidane es inventar cuando el plan se fisura y el tiempo apremia. Como lo era Cesc para Conte antes de voltear la temporada con el cambio de sistema. Este Madrid, como aquel Chelsea, no está diseñado para crear sino para no fallar. Por eso en la ida frente al Nápoles vimos a James de titular ante la baja de Bale. Porque James va a tener más paciencia para quedar fijo en la banda y menos tendencia a sobar el balón. Por eso Asensio va a la grada sin importar quién esté mejor. Porque en el Madrid de los centros al área y el balón parado, la zurda de James no entiende de ambición, físico o vida privada.


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