Cerrar el círculo

En 2008 se desencadenó un terremoto futbolístico que rajó este deporte de arriba abajo y llevó el juego a una dimensión superior. Las causas fueron varias y todas sucedieron en España. Durante años este país vivió, respiró, masticó cada día la irrupción del Barcelona de Guardiola, la batalla de José Mourinho por intentar amortiguar el impacto de ese equipo, convivió en el día a día de la Liga con dos bestias individuales que superaban la media de gol por partido y presenció la creación y posterior sublimación de los que, uno con balón y otro sin él, quizá sean los dos mejores equipos defensivos de siempre: la España de Del Bosque y el Atlético de Simeone. Aprender a enfrentar lo nunca visto costó Ligas de 100 puntos, pichichis de 45 goles o partidos a los que le sobraba una hora, porque todo el tiempo de estudio, de análisis y de preparación del partido lo hacían saltar por los aires Messi o Cristiano en sí que se ponía a rodar el balón. Todas esas horas muertas intentando encontrar una fórmula para parar el ataque de Guardiola, el contragolpe de Mourinho o para hacerle una ocasión de gol al Atlético acababan normalmente sin premio, pero generaron una cultura táctica que es hoy uno de los patrimonios más grandes que tiene nuestro fútbol.

Pasado este ciclón, el status del entrenador nacional se ha disparado y al futbolista español lo define una condición técnica de base muy alta y sobre todo una comprensión del juego superior que le permite adaptarse a cualquier modelo de juego. El trabajo en paralelo de la selección española desde las categorías inferiores y un formato de competición que permite a los filiales jugar en categoría profesional (Liga 1|2|3) y semiprofesional (2ªB) ha reforzado a este futbolista que acelera su madurez y es exigido competitivamente desde muy pronto. Lo explicaba Albert Celades en una entrevista para El País hace poco más de un año: “Si hacemos una buena sub-16 lograremos un buen recorrido porque todos los técnicos federativos trabajamos sobre el mismo patrón. Cuanto más tiempo estén aquí los chicos, más sencilla será la adaptación. Para ser eficaz en la anticipación —en contra de lo que se hace en las federaciones de Francia o Inglaterra— en España se apuesta por criterios de inteligencia y técnica antes que en parámetros atléticos. ¿Qué sucede? Que hay veces que intuyes que un chico puede tener un recorrido pero en esa edad donde prima tanto el físico todavía no destaca. Tiene un hándicap pero si técnicamente es muy bueno, lo sumamos. Es un peaje que tenemos que pagar y nos compensa para recoger los frutos más adelante. El trabajo formativo es magnífico en muchos clubes. Eso tiene sus frutos. Nosotros en la Federación lo que hacemos es intentar aprovecharnos. En otros países las ligas de filiales no son tan competitivas y eso hace que el salto al profesionalismo sea complicado. Aquí la mayoría de los filiales están en Segunda B y los niños están obligados a jugar contra hombres. Eso curte. En el aspecto competitivo da una ventaja. La mayoría de los sub-21 han pasado por Segunda B o por Segunda. La criba es dura. Los chavales están en sus canteras muy protegidos y les viene bien contrastarse con la realidad del fútbol profesional. Ahí se acaba lo de: ‘¡Venga, va, mañana, venga, va, mañana…!’. El profesionalismo es ya”.

En los últimos años, el Real Madrid se ha aprovechado del contexto y ha priorizado este perfil de jugador español o formado en España para que crezca al abrigo de un grupo de futbolistas para la historia que forjaron su carácter ganador precisamente en esta década tan radicalmente exigente. Esa arrogancia deportiva que no se puede disimular, esa actitud propia del que entiende que la victoria le corresponde y que le permite salir a competir desde una posición mental superior, la han aprendido por imitación los Carvajal, Isco, Casemiro o Lucas Vázquez, de la misma forma que les debería suceder a los Asensio, Ceballos, Odriozola o Mariano Díaz. El fútbol español genera veteranos jóvenes y el Madrid los ha convertido en veteranos ganadores jóvenes, que a los 25 años han normalizado jugar una final de Champions.

El fútbol español genera veteranos jóvenes y el Madrid los ha convertido en veteranos ganadores jóvenes

Esta política de fichajes de los últimos cuatro veranos en la que se aceptaba que los buenos ya estaban en el Madrid, que rara vez se buscaría fuera lo que se podía encontrar en España –un portero de primer nivel, el lateral del momento que en su día fue Danilo, un proyecto de atacante desequilibrante como Vinicius o el acceso a la petición expresa de Benítez que fue Kovacic son las únicas excepciones– y que apuesta por dejar tiempo a los que están para convertirse en estrellas en lugar de comprarlas –Marcelo fue suplente en la final de 2014 y ahora sería impensable, Casemiro llegó como capricho de Benítez y ahora no tiene precio en el mercado, Isco ha tenido fases de hacer suyo un equipo con jugadores de más galones que él, etc.– iba encaminada a convertir por fin al Madrid en un club moderno, donde tras la marcha de Ancelotti se dejara de competir de forma caprichosa y se encontrara estímulo en la rutina de la Liga, algo muy difícil de conseguir sin un patrón de juego claro y un sometimiento a él por parte de todos.

bale2018

El fichaje de Benítez en relación a esta política se vio en el club como sinónimo de prestigio, de disciplina interna, de creación de una identidad colectiva, de cercanía con el jugador español y de reavivación de ese gen competitivo que había quedado en suspense tras las semifinales de Champions ante la Juventus. Sin embargo, la puesta en práctica de esta idea conllevaba entregar una plantilla de ese nivel a un técnico maestro en anular el talento rival más que de aprovechar el propio, darle un colectivo pensado para el derroche de calidad al mago de la austeridad, y sobre todo dárselo a alguien que no va a querer entender esa realidad prehistórica de que en el Madrid los jugadores van antes que el entrenador, más que nada porque Benítez no conoce otra fórmula del éxito que no tenga a él mismo como estrella principal. El cese sobrevenido de Benitez forzó una solución improvisada, dejando en segundo plano las características deportivas que se buscaban –ni siquiera el propio Zidane sabe por aquel entonces qué tipo de entrenador es– para decantarse como remedio por una figura con carisma que recordara a los jugadores en qué club estaban. Zidane era otra cosa totalmente distinta a lo ideado en verano, pero los éxitos se sucedían y daban cuerda a un equipo peculiar fundado en el talento y una resiliencia competitiva sin precedentes y cuya principal característica era no tener características.

El proyecto del Madrid ha adquirido toda su coherencia con la llegada de Julen Lopetegui, que además ha sumado a Albert Celades en su cuerpo técnico. El Madrid cierra el círculo y ficha un entrenador con una metodología clara que se funde con el proyecto deportivo. Un técnico que ha presenciado y sido parte de la evolución de estos jugadores, que tiene más información que nadie sobre ellos para poder sacar lo mejor de cada uno. Con la salida de Cristiano y a pesar de que se pierde una individualidad determinante, Lopetegui dispondrá de mayor flexibilidad colectiva y va a tener un estatus en el vestuario que sería menor con el portugués dentro.

La ausencia de Cristiano otorgará a Bale y Benzema el mayor liberador de talento que existe: el derecho a fallar

Sobre el campo, la ausencia de Cristiano otorgará a Bale y Benzema el mayor liberador de talento que existe, que es el derecho a fallar. Cuando hay un líder tan marcado en un equipo, este derecho sólo le pertenece a él. Si una jugada tiene como soluciones buenas pasar al líder o jugártela, el aspirante podrá tener mucha personalidad y jugársela, pero si falla, en la siguiente jugada ante la misma situación decidirá condicionado, con ese miedo que merma el poder mostrarse en toda su plenitud. Decía Marcel Proust que «A veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas», y el fútbol no deja de enseñarnos que el futbolista –como el «Yo y mis circunstancias» de Ortega y Gasset– es él y su contexto. Que hablar del primero sin atender al segundo es ponerte a tiro para que el tiempo se acabe riendo de esas etiquetas que el ser humano necesita ponerle a todo para colmar su mundo de certezas que le den seguridad.

La plantilla del Madrid no es perfecta. Se puede apuntar que el tercer central –Nacho– es el segundo lateral izquierdo y al cuarto –Vallejo– parecieron quedarle grandes los cuartos ante la Juve; que Bale parece tan necesario como poco fiable –ante una lesión prematura quedaría la posibilidad en el mercado de invierno de ir a por un Eden Hazard que acaba contrato en 2020 y no juega Champions–; o que Lopetegui parece que ahorraría tiempo en construir su idea si dispusiera de un mediocentro de pro que aunara agilidad en la asociación, calidad posicional y retorno defensivo –sin su precio de mercado y su traumático pasado, probablemente el hombre hubiera sido Illarramendi–, pero nada de esto saca al plantel del Madrid del podio europeo. Nada asegura títulos inmediatos. Ni fichar a Neymar y Mbappé ni intentar hacer un equipo de entrenador que pueda prolongarse en el tiempo. La diferencia suele ser que la segunda fórmula no necesita de un gol en el último minuto o de ganar una tanda de penaltis en la final de Champions para que el proyecto del verano anterior siga teniendo sentido.


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